Capítulo 1. 354
—En
serio, deberías comprarte una isla privada.
Vane
puso los ojos en blanco al oír la solución de Ash a todos los problemas. Según
él, tener un pequeño paraíso perdido y aislado de la civilización en mitad de
la nada era la mejor forma de adoptar una nueva perspectiva ante un obstáculo
irresoluble. Sin embargo, a Vane siempre le había parecido una cobardía, un
modo de escape.
—Si
tanto la quieres, ¿por qué no te la compras tú?
Su
amigo respondió con un tono miserable:
—Porque
estaría muy solo y muy triste sin ti.
Contuvo
el impulso de poner los ojos en blanco de nuevo y se apoyó el móvil en el
hombro para atarse los cordones de las deportivas.
—Llevo
un mes fuera y no oigo tus llantos desde Nueva York.
—Hablando
de eso, ¿qué demonios haces levantado a las seis de la mañana?
—Salir
a correr como todas las mañanas.
—Se
supone que estás de vacaciones.
—Solo
porque me has obligado —dicho esto, frunció el ceño—. Ahora que lo pienso, yo
soy el jefe, no sé por qué demonios te hago caso.
—Porque,
primero, yo también soy el jefe; segundo, somos socios, y, tercero, soy tu
amigo, por lo que,
cuando te doy un consejo, tú lo sigues. Además, necesitabas estas vacaciones. Entre tu
rehabilitación, que Jeremy es un traidor, Anthony un maldito bastardo hijo de
perra y que tus hermanos saben lo que ha pasado, podríamos provocar el
apocalipsis.
Vane
hizo una mueca al pensar en esos dos. Sí, Jeremy podía buscarse un lugar donde
caerse muerto. Y Anthony… Anthony podría pudrirse en el infierno después de que
los gusanos profanaran su cadáver. No, sus ganas de arruinar su cara a base de
golpes no habían disminuido. Sería mejor que se marchara a correr y se
despejara antes de que empezara a planificar su asesinato.
—Me
voy a correr. ¿Necesitas ayuda con la empresa?
—Que
no, que no te preocupes por mí ni por nada. Limítate a disfrutar de tus
vacaciones: aire puro, come, reza, ama y todo eso.
A
Vane se le escapó una media sonrisa.
—Gracias
por encargarte de todo por mí.
—Ey,
tú haces el trabajo pesado, yo solo tengo que poner mi cara bonita, decirles a
nuestros clientes lo que quieren oír y después sacarles la pasta.
—Como
una puta —lo picó Vane con malicia.
Ash
se rio.
—Tal
vez, pero al menos soy muy cara y ni siquiera tengo que desnudarme —dicho esto,
su tono se suavizó—. Me alegra ver que estás mejor que la última vez que
hablamos. Llámame cuando quieras, no importa la hora. Tu puta siempre estará
disponible para ti.
Vane
arrugó la nariz.
—Eso
ha sonado fatal.
—Sí,
¿verdad? Perdona, siento auténtico amor fraternal hacia ti, pero, aunque soy
muy consciente de que estás más caliente que un volcán en erupción, por alguna
razón incomprensible, nunca me he sentido atraído de un modo sexual hacia ti.
—Ahora
me dirás que tenemos una conexión profunda y mística, ¿verdad? —dijo rodando
los ojos.
—Bueno,
fuiste el primer hombre con el que dormí —suspiró—. Habría sido un bonito
momento si no fuera porque estábamos más atentos a ese mapache que se había
colado en la habitación.
Vane
ensanchó su sonrisa, recordando el día en que entró en la universidad y conoció
a su excéntrico compañero de cuarto. Ash era tan abierto y alegre que resultaba
difícil no quererlo, aunque a veces fuera un poco rarito. Se hicieron muy
buenos amigos mientras estudiaban y su relación continuó tras acabar sus
respectivas carreras, por lo que, en cuanto tuvieron la oportunidad, crearon
una empresa juntos. De eso hacía ya tres años, y la verdad es que acertaron al
hacerlo.
—Él
solo quería ser tu amigo —se burló.
—Teniendo
en cuenta el modo en que enseñaba los dientes, juraría que no —dicho esto, hizo
una pequeña pausa y dejó escapar un suspiro frustrado—. Perdona, pero alguien
ha adelantado mi reunión con los arrogantes, egocéntricos e impacientes altos mandos
de nuestro país. Te dejo que descanses.
—De
acuerdo, Ash. Gracias por todo.
—¡A
mandar! —y colgó.
Vane
se metió el móvil en el bolsillo y trató de no pensar en asuntos del trabajo,
eso solo lo estresaría. En cuanto sus clientes les hacían un encargo, a los dos
o tres días pedían que les fuera entregado antes del tiempo acordado. Y, aunque
él comprendía sus motivos, la maquinaria y los trabajadores no podían ir más
rápidos, y se negaba rotundamente a explotarlos hasta el agotamiento.
Por
suerte, Ash siempre había sabido cómo manejar la situación. Mientras él
diseñaba e investigaba los productos que podría crear, su amigo era quien
trataba con los clientes. Él tenía la calma y las dotes sociales necesarias
para dejarlos contentos al mismo tiempo que la empresa se beneficiaba. Por otro
lado, Vane no tenía paciencia con ellos y estaba más acostumbrado a dar órdenes
que llegar a acuerdos. No, era mejor dejarle eso a Ash, era bueno y hasta ahora
les había ido muy bien en el negocio gracias a su trabajo en equipo.
—¿Cómo
van las cosas en el Lobo Azul?
Vane
se giró al escuchar la voz de Max a su espalda. Su hermano acababa de salir por
la puerta principal con Sam, una hembra de pastor alemán, a la que sujetaba con
una correa. Inmediatamente, Bear y Nocturn salieron para saludarle. Este último,
un magnífico ejemplar de dóberman de cola larga y orejas caídas, le dio un
lametón a modo de saludo, saltó los cuatro escalones del porche y movió las
patas con impaciencia, iniciando ese bailecito que hacían los perros cuando
querían jugar o salir a la calle. Bear, su pastor belga de pelo corto y color
arena, se entretuvo dándole afectivos lametones antes de sentarse fielmente a
su lado con las orejas levantadas, mirando a Nocturn. Vane sabía que estaba
deseando salir a correr también, pero no se movería de su lado a menos que él
se lo ordenara.
Se
levantó y le hizo un gesto que indicaba que se marchaban. Al instante, Bear
saltó del porche y empezó a dar vueltas alrededor del terreno lleno de árboles
y cubierto de hojas otoñales que envolvían su casa a las afueras de Jackson.
Nocturn se unió a él entre saltos de alegría.
Max
y él, por otro lado, empezaron a estirar.
—Ash
se está haciendo cargo de todo.
Su
empresa se llamaba Blue Wolf Technology Corporation, pero la mayoría lo reducía
a BWT Corporation. En su familia, simplemente decían el Lobo Azul.
Max
le dio una palmada en la espalda.
—Te
dije que no te preocuparas. Ash sabe lo que hace.
—Lo
sé, pero nunca había estado tanto tiempo lejos del trabajo.
—Todo
irá bien —le sonrió—. He hablado con los chicos, hemos pensado en hacer una
barbacoa. Zane dice que podríamos reunir a toda la tropa, hace bastante tiempo
que no estamos todos juntos.
Vane
levantó una ceja. Había terminado de estirar y ahora se subía la cremallera de
su chaqueta. Era septiembre y, aunque no hacía tanto frío como en los futuros
meses de invierno, ya había empezado a refrescar.
—¿Y
pretendes que todos vengan aquí? Somos al menos unas treinta personas.
—Tu
casa es grande —argumentó Max con una gran sonrisa.
Empezaron
a trotar por el camino. Estaban muy cerca del Parque Nacional de Grand Teton,
por lo que altos pinos y abedules se alzaban en todo su esplendor hacia el
cielo, mientras que algunos álamos y sauces bordeaban el camino, cuyas hojas
caídas cubrían el suelo de colores cálidos que desaparecerían en cuanto llegara
el invierno.
Bear
y Nocturn les adelantaron con rapidez, saltando y jugando. Sam iba junto a
ellos a buen paso, todavía sujeta por la correa que llevaba Max.
Vane
meditó unos segundos lo de la barbacoa y esbozó una pequeña sonrisa.
—Lo
cierto es que estaría bien. Hace tiempo que no los veo.
Max
soltó un grito alegre y se abalanzó sobre él para revolverle el pelo.
—¡Así
me gusta! Quiero ver a mi hermano fuera de casa y divertirse.
—Ya
salgo de casa.
—Solo para correr y
jugar con Bear.
Vamos,
Vane, sé que no te hacía mucha ilusión coger vacaciones, pero has estado
muy agobiado con todo lo que ha pasado. Podemos aprovechar para reunir a la
familia y amigos, irnos a caminar a las montañas, remar, hacer alpinismo…
—Dudo
que Ethan me deje hacer alpinismo —le recordó.
Ethan
O’Kean era su médico personal. Tres años atrás, tuvo un incidente en el que su brazo
y costado izquierdos quedaron completamente paralizados. Ahora, había
recuperado bastante movilidad, pero todavía no podía controlar del todo su
brazo.
Ethan fue el médico que estuvo a cargo de su rehabilitación y, tras el primer
año, Vane le ofreció trabajar para él. En Nueva York, Ethan tenía su propia
casa, pero en Jackson su hogar estaba aislado, así que ahora vivía con él y con
Max.
Este
hizo una mueca.
—Cierto,
lo olvidaba. A primera vista, parece que te hayas recuperado del todo. Este mes
no has tenido ningún ataque, ¿verdad?
Vane
se estremeció.
—No.
—Nunca
habías estado tanto tiempo sin tener uno. —Su rostro se iluminó—. Tal vez no
vuelvas a tenerlos.
—Hay
más posibilidades de que recupere toda la movilidad del brazo a que deje de
tener ataques.
—No
debes perder la esperanza.
—Soy
realista, sé lo que me pasa y lo que dijo el médico. Ethan también cree que los
tendré toda la vida, pero que tal vez con el tiempo solo sufra uno de vez en
cuando.
Max
lo miró unos segundos con tristeza, pero, casi al instante, recuperó su buen
humor.
—Mira
el lado bueno, si te maquillamos un poco y te echamos tomate por encima
parecerías un zombi. Podríamos grabarlo y difundirlo por internet. A lo mejor
los de The Walking Dead te
dan un papel.
Vane
sonrió. Esa era una de las cualidades que más apreciaba de su hermano y una de
las razones por las que no lo había echado de casa a pesar de estar en un mal
momento. Max siempre buscaba el lado positivo de las cosas, y, si no lo
encontraba, ridiculizaba el problema para que pareciera más pequeño. Su
compañía le había ayudado mucho a superar lo de Jeremy.
De
repente, Bear y Nocturn dejaron de jugar y olfatearon. Entonces, levantaron las
orejas y empezaron a ladrar antes de salir corriendo.
—¡Nocturn!
¡Bear! —gritó Max.
Sam
también alzó las orejas y ladró al mismo tiempo que tiraba de la correa.
El
rostro de Vane se volvió sombrío.
—Han
encontrado algo, sigámosles —y echó a correr.
Max
lo siguió con un gemido.
—Por
favor, por favor, que no sea un cadáver.
Fueron
tras los perros todo lo rápido que les permitieron las piernas. Tras recorrer
unos veinte metros, se pararon en seco. Bear y Nocturn se habían detenido junto
a una manta gruesa que parecía envolver un cuerpo. Los dos perdieron el color
de la cara.
—No
me jodas —jadeó Max.
Se
acercaron con rapidez. Habrían sido más cautelosos si no fuera porque Bear y
Nocturn habían sido entrenados rigurosamente como perros militares. Podían
seguir cualquier olor, detectar drogas y explosivos, luchar contra un hombre
armado y conocían tácticas de rescate. Lo primero que habían hecho había sido
darle unos toquecitos al cuerpo y un par de lametones, para ver si lo
despertaban. En caso contrario, de haber estado solos, lo habrían llevado a un
lugar seguro y habrían ladrado para pedir ayuda o buscar un rastro humano para
alertarlos de que había un hombre herido. Afortunadamente, Vane y Max estaban
allí para hacerse cargo de la situación.
El
primero se agachó junto al cuerpo y apartó la manta. Se trataba de un hombre,
tal y como había sospechado por su tamaño. Puso dos dedos sobre su cuello y
esperó. Su cuerpo se relajó al encontrar su pulso.
—Sigue
con vida, pero tiene la piel muy fría. —Lo cubrió mejor con la manta al mismo
tiempo que pensaba a toda velocidad—. Max, ve corriendo a la casa, coge la
camioneta y despierta a Ethan, que traiga el botiquín de primeros auxilios y
que lo examine mientras lo llevamos a la casa.
Max
asintió, le tendió la correa de Sam y se fue corriendo tras llamar a Nocturn.
El perro obedeció sin pensarlo y salió disparado tras su dueño. Mientras tanto,
Vane se aseguró de que el hombre estaba bien tapado y buscó un modo de darle
todo el calor posible.
—Sam,
ven aquí. Eso es, buena chica. Ahora, túmbate.
Ella
obedeció dócilmente, recostándose junto al hombre. Después, Vane llamó a Bear y
repitió el procedimiento. La temperatura corporal de los perros debería
ayudarlo a retener todo el calor posible mientras Max venía de camino.
Se
levantó y miró a su alrededor, buscando alguna pista que le dijera cómo había
llegado hasta allí. Le costó unos segundos detectar un rastro apenas medio
metro más adelante, entre las hojas. Fue hasta allí y las apartó, encontrando
huellas de neumáticos. Tras analizarlas detenidamente, se dio cuenta de que
eran demasiado grandes como para pertenecer a un coche o una moto. Un vehículo
grande había parado ahí, tal vez un camión.
Siguió
buscando más pistas y le resultó fácil encontrarlas. Dos pares de huellas de
botas militares se hundían en el suelo. Otro par de huellas, esta vez de
deportivas, estaban más separadas y habían lanzado tierra, su dueño había
corrido unos metros. El último par eran significativamente más pequeñas y tampoco
eran botas militares.
Su
mente ató cabos de forma automática: tres hombres y una mujer, si tenía que
juzgar por las tallas de los zapatos, dos de ellos habían transportado algo
pesado teniendo en cuenta su profundidad, y uno de ellos había corrido por
alguna razón.
Inquieto
por las conclusiones que se asomaban a su cabeza, se dirigió al cuerpo del
hombre y lo destapó un instante para medir la planta del pie con su mano.
Después, regresó al lugar donde estaban las huellas y las midió. La de uno de
los hombres que había cargado con algo pesado era la que más se aproximaba a su
talla, pero unos centímetros lo delataban. El hombre no había pisado el suelo.
Eso
le dejaba con todo tipo de escenarios escalofriantes. ¿Secuestro? No, si fuera
así no lo habrían dejado allí tirado. ¿Asesinato? Tal vez. No se atrevía a
destaparlo del todo para buscar heridas, temía que cogiera más frío y pillara
una hipotermia.
El
rugido de la Ranger hizo que se volviera. Max iba a toda velocidad sobre un
suelo cubierto de hojas que podría hacer que resbalara y perdiera el control
sobre el coche. Sin embargo, Vane sabía que eso no pasaría, no con su hermano
al volante. Aún no se había creado un vehículo que su hermano no pudiera
manejar.
Max
dio un volantazo cuando encontró un espacio lo suficientemente amplio para
maniobrar y giró el coche. La parte trasera, que usaban normalmente para
transportar leña, quedó a un escaso metro del cuerpo. Ethan iba cogido por un
arnés que estaba pegado a lo que sería la pared que se encontraba justo detrás
de los asientos de la parte trasera. El viaje no parecía haber sido de su
agrado, a juzgar por la expresión angustiosa de su rostro, pero esta
desapareció en el instante en el que el vehículo se detuvo. Se desenganchó
rápidamente del arnés y bajó de un salto de la camioneta con el botiquín de
primeros auxilios en la mano.
—¿Cómo
está? —le preguntó mientras se agachaba junto al hombre y le apartaba la manta
para examinarlo.
—Vivo,
pero helado. No me he atrevido a verlo yo mismo por miedo a que se enfriara
más.
Ethan
maldijo al darse cuenta de que su paciente estaba totalmente desnudo. Le echó
un vistazo rápido, comprobó su ritmo cardíaco y su respiración y asintió.
—A
primera vista, parece estar bien, pero tenemos que llevarlo a la casa y taparlo
con mantas antes de que su temperatura baje demasiado. ¡Max, échanos una mano!
Max
se bajó al instante del coche y corrió hacia ellos. Vane y él cogieron al
hombre y lo levantaron con dificultad. Pesaba una tonelada, debía de pesar unos
noventa quilos por lo menos.
—¡Joder!
¿Qué demonios come? Pesa más que Zane —maldijo Max.
Necesitaron
más de tiempo del esperado para subirlo a la camioneta y la ayuda de Ethan,
pero, al final, lograron colocarlo lo más cómodo posible sobre la manta gruesa.
El médico había traído otra de casa para ponérsela por encima, de forma que
pudiera examinarlo con más facilidad sin que se enfriara.
—Vane,
necesito que estés conmigo para sujetar la manta mientras veo qué le ocurre.
Él
asintió.
—Bien.
Max, mete a los perros y vámonos cagando leches.
—¡Sí!
En
menos de un minuto, arrancó el coche y salió a toda pastilla en dirección a
casa. Mientras tanto, Ethan se había enganchado al arnés y buscaba
minuciosamente cualquier signo de malestar en el desconocido. Vane, por su
parte, sujetaba la manta con una mano y con la otra se aferraba al borde de la
camioneta. Había dejado que Ethan se pusiera el único arnés porque era el
médico y porque él ya estaba acostumbrado a viajar en la parte trasera de
cualquier vehículo con Max.
—No
detecto huesos rotos —dijo Ethan más para sí mismo que para él—, pero veo
algunos moretones y unas pocas cicatrices. Lo han golpeado.
—¿Cicatrices?
—Esa palabra hizo que se le disparara el corazón—. ¿Puedo verlas?
Ethan
retiró un poco la manta para que pudiera contemplar su torso. Tenía dos cortes
largos en el pecho, uno que atravesaba su pectoral izquierdo y otro que bajaba
desde su clavícula hasta el derecho, que casi alcanzaba su abdomen. También
tenía algunos moretones, la mayoría amarillentos, pero otros eran azules, por
lo que lo habían golpeado hacía poco. Sin embargo, lo que más le impactó fueron
tres marcas blancas en su estómago: una por debajo del ombligo, otra cerca del
costado derecho y la última estaba sobre el abdominal superior izquierdo, justo
debajo del pecho.
Una
palabra soez salió de sus labios.
—Mírale
las muñecas.
Ethan
obedeció y palideció.
—Marcas
de ligaduras.
—Le
han torturado.
El
joven doctor perdió todo el color de la cara.
—¿Estás
seguro?
Vane
lo miró a los ojos apretando los puños.
—Son
las mismas marcas que tiene Shawn.
Ethan
se estremeció notablemente. Él era médico, estaba acostumbrado a ver litros de
sangre, órganos moribundos y cualquier cosa que podría resultarle asquerosa a
alguien que no estuviera lo bastante familiarizado con la anatomía. Sin
embargo, la violencia siempre le había horrorizado. El primer año de
rehabilitación, cuando le hablaba de las cosas que vio en Afganistán, hubo
momentos en los que ni siquiera podía seguir escuchando.
Vio
cómo tomaba una respiración profunda y siguió haciendo su trabajo.
—No
veo nada más aparte de todo esto, tendría que hacerle varios análisis para
saber que está bien —dicho esto, frunció el ceño—. Espera. —Hizo una pausa,
estrechando los ojos, concentrándose en algo—. Tiene un pinchazo.
—¿Alguna
idea de qué puede ser?
—Por
su temperatura corporal me imagino que lleva aquí poco más de una hora, como
mínimo, tal vez dos, y su pulso es estable, así que me atrevería a decir que no
es nada mortal. —Retrocedió un poco con el ceño fruncido—. Pero no soy un
experto. Necesito sacar una muestra de su sangre.
—¿Tienes
todo lo que necesitas aquí?
—Para
hacerle un examen completo, no, pero sabremos si tiene alguna sustancia
extraña.
—Los
perros lo olerían si fuera mortal —reflexionó Vane.
—De
todos modos, será más fácil saber si está bien cuando despierte.
Sus
palabras hicieron que recordara algo. Él estuvo inconsciente y no lo había
visto, pero Zane le había hablado de algunos soldados a los que habían
torturado y que, al regresar, no eran los mismos. Les habían hecho tanto daño
que se volvían inestables. Peligrosos. Shawn fue incapaz de hablar durante un
mes.
—Cuando
despierte, no quiero que estés presente.
Ethan
levantó la mirada y lo fulminó.
—Soy
médico, sé lo que hago.
—Él
podría no estar bien, Ethan. Si le han torturado, estará a la defensiva,
desconfiará de nosotros, nos verá como el enemigo. Max y yo nos haremos cargo
en primer lugar. No tengo ni idea de si ha recibido formación militar o
cualquier otra cosa parecida, pero parece tan alto como Zane y pesará unos
noventa quilos. Tú no sabes luchar, te hará pedazos.
Al
comprender que tan solo estaba mirando por su bienestar, Ethan se calmó, aunque
le dedicó una mirada preocupada.
—Tú
tampoco deberías enfrentarte a él. Tu brazo puede soportar ciertos ejercicios
físicos, pero no está listo para un combate.
—Max
es fuerte, pero no tiene la misma fuerza que Zane y mucho menos la que debe
tener este tipo. Me necesita.
Ethan
asintió.
—¿Iréis
armados?
—Es
mejor que no. Podría sentirse amenazado y atacar. No te preocupes, entre los
dos podremos con él si no es razonable al principio.
Para
cuando terminó de hablar, habían llegado a su casa. Max frenó de golpe, dejó
que bajaran los perros y se dirigió a la parte de atrás para ayudarlo a bajar
al desconocido. Ethan, por su parte, cogió su botiquín y la manta y fue
abriéndoles las puertas. Tardaron bastante en meterlo dentro, era muy pesado e
iban con cuidado para no hacerle daño, así que les costó diez minutos enteros
subirlo hasta el segundo piso y dejarlo en la cama de la habitación que solía
usar Zane cuando estaba de visita.
Max
se apoyó en la pared y resopló.
—¡Uff!
Habrá que ponerlo a dieta o algo.
Vane
soltó una carcajada que sonó más a un jadeo que a otra cosa. Pese a estar
cansado, fue hacia la cómoda y rebuscó en sus cajones. Al final, sacó una
enorme camiseta blanca de manga larga y unos pantalones de chándal.
—¿Crees
que esto le vendrá bien?
Su
hermano abrió los ojos con horror.
—¿Pretendes
que vuelva a moverlo?
—No
vamos a dejarlo ahí desnudo —gruñó.
Max
le echó un buen vistazo al extraño. Después, lo miró con una gran sonrisa.
—Oye,
pues a mí no me importaría. No había visto semejante espectáculo de músculos
desde que estábamos en el ejército.
Vane
frunció el ceño, pero contempló el cuerpo del hombre con detenimiento. Mediría
poco más de metro noventa de altura y, tal y como había dicho Max, era todo
músculo. Sus grandes y tonificados brazos hacían honor a su ancha espalda y su
pecho amplio, seguido por un vientre cuyos abdominales parecían ser tan duros
como una roca. Las largas piernas parecían igualmente fuertes, como el resto de
su cuerpo, y tenía la piel de un tono bronceado que parecía invitarlo a pasar
la lengua por su cuerpo. Su rostro era muy masculino, viril, con la mandíbula
cuadrada y los labios llenos. Lo único que lamentó fue que tuviera el pelo
rapado. Le encantaba hundir los dedos en el cabello de un amante mientras
hacían el amor. Sin embargo, se olvidó rápidamente de eso al reparar en la
extraña forma de su nariz; era más ancha y plana, le recordaba a la que tenían
los indígenas de Avatar. Aun
así, eso no le quitaba ni un ápice de atractivo. Era lo más sexy que había
visto nunca.
Miró
a su hermano levantando una ceja y con una sonrisa de medio lado.
—Vale,
admito que es lo más caliente que he visto en mi vida, pero va a coger una
hipotermia como nos quedemos mirando sus músculos más tiempo.
Max
gimió, pero se acercó, y, entre los dos y Ethan, lograron ponerle la ropa.
Después, lo cubrió con las sábanas y las mantas.
—Voy
a coger las muestras que necesito —dijo el médico—. También cogeré algo de ADN,
a ver si averiguamos quién es, aunque eso llevará tiempo. Tengo que enviarla a
un laboratorio.
Vane
asintió.
—Hazlo.
—Ethan
se acercó de nuevo al extraño y él se retiró de la habitación tras hacerle un
gesto a Max para que lo siguiera. En cuanto estuvieron fuera de la estancia, habló
en un tono bajo y serio—.
Tiene marcas de golpes y de ligaduras y cicatrices similares a las de Shawn.
El
rostro de su hermano se volvió blanco.
—¿Crees
que le han torturado?
—Diría
que sí. He visto huellas en el lugar donde fue encontrado, tres hombres y una
mujer. Iban en un vehículo grande, tal vez un camión, me gustaría que les
echaras un vistazo por si pudieras identificarlo.
Max
asintió, ahora totalmente serio.
—Cuenta
con ello.
—Nuestro
desconocido no pisó el suelo, su talla no coincide con las huellas. —Hizo una
pausa, bajando la vista—. Eso es lo único que me desconcierta. Parece que le
hayan dejado allí sin más.
El
otro hombre también frunció el ceño.
—Si
intentaban matarlo y ocultar el cuerpo no lo habrían dejado ahí tirado. Mierda,
este lugar está un poco aislado y podría funcionar, pero solo si lo enterraran.
Y lo dejaron allí.
—Y
con una manta —reflexionó Vane—. Cualquiera diría que no querían que muriera.
—Pero
eso no tiene sentido.
Justo
en ese momento, Ethan salió de la habitación con un par de pequeños tubos en la
mano.
—He
cogido muestras de todo lo que he podido. En breve podré deciros lo que le han
inyectado —y se dirigió al último piso de la casa, donde Vane había mandado
hacer reformas para convertir una de las salas en algo parecido a una clínica.
Allí, Ethan tenía el material necesario para realizar algunas operaciones
sencillas en caso de emergencia y algunos artilugios de laboratorio.
Vane
cerró la habitación de su invitado y llevó a su hermano al gran salón de la
planta baja. Sam estaba tumbada sobre la esponjosa alfombra color chocolate,
mientras que Bear y Nocturn jugaban un poco más alejados, frente a la chimenea.
Max
retomó la conversación.
—No
lo entiendo. ¿Lo torturan y después lo dejan por ahí tirado? Es como si
quisieran que lo encontraran.
Vane
caminó de un lado a otro, pensando. Sin embargo, nada de lo que cruzaba por su
mente tenía sentido.
—Solo
hay dos motivos por los que se tortura a la gente, para conseguir información o
por placer. En el primer caso, una vez le hubieran extraído lo que necesitaban,
o bien lo habrían matado o lo habrían dejado marchar para hacerles saber a sus
enemigos que tienen lo que buscaban. En el segundo, un enfermo de esa clase
habría torturado a su víctima hasta matarla.
—Su
retorcido juego solo tiene sentido si su presa está viva —añadió Max—. Mientras
respire, podrá seguir con su perversión, pero no la dejaría escapar. ¿Un
prisionero de guerra o algo parecido?
Vane
se pasó una mano por el pelo.
—No
lo sé. Tampoco me encaja. Lo habrían devuelto a sus enemigos en vez de dejarlo
aquí.
Se
quedaron en silencio, buscando otras posibles alternativas. Max fue el primero
en romperlo.
—¿Y
si no son profesionales? Tal vez intentaron matarlo con lo que sea que le hayan
inyectado.
—Yo
diría que no.
La
voz de Ethan desde el piso superior hizo que los dos hombres se asomaran por
las escaleras. Ethan bajaba rápidamente con un papel en la mano.
—Acabo
de tener los resultados. Le han dado unos sedantes. Son bastante fuertes, pero
no morirá. Aunque tardará un buen rato en despertarse. —Frunció el ceño y los
miró—. ¿Estáis especulando sobre lo que ha pasado?
—Si
lo han torturado, hay personas por aquí cerca que podrían ser peligrosas
—explicó Vane.
Ethan
se estremeció.
—¿No
deberíamos llamar a la policía?
—Solo
tenemos conjeturas —dijo Max, encogiéndose de hombros—. No podemos llamarlos
sin saber lo que ha pasado. Tendremos más información cuando se despierte.
—Hablando
de eso, Max… —empezó Vane, pero su hermano lo interrumpió:
—Sí,
lo sé. —Le dedicó una sonrisa carente de alegría—. Nos cubriremos el uno al
otro, como en los viejos tiempos.
Vane
hizo una mueca.
—Al
menos, esta vez no nos enfrentamos a tres docenas de talibanes.
Supo
al despertar que lo habían sedado. Otra vez. Reconocía la sensación entumecida
de sus músculos, la debilidad que se había apoderado de su cuerpo. Aun así,
forzó su mente a reaccionar. Lo último que recordaba era haber estado durmiendo
en su celda, junto al resto de machos, cuando alguien había abierto las
compuertas. Había pensado que se trataba de un técnico o guardia que quería
golpearlos de nuevo, pero, entonces, había olido el humo y eso lo había puesto
alerta. Los médicos les habían amenazado innumerables veces con utilizar el gas
contra ellos si no obedecían. Había estado seguro de que iba a morir.
Pero
solo lo habían sedado.
Abrió
los ojos, esperando encontrarse en la habitación donde llevaban a las hembras
para que criaran con él. Sin embargo, todo estaba a oscuras. Gracias a su
excelente visión, eso no era un problema, pero le extrañó que no estuviera bien
iluminado. A los técnicos les gustaba mirar y los guardias también estaban
presentes tras el cristal por si uno de los dos se negaba a la monta.
En
cuanto fue consciente de su alrededor, frunció el ceño. La habitación era de
color castaño, un color que solo había visto en el pelo o los ojos de su gente
o los humanos, así que se quedó confuso por un instante. Poco a poco, se dio
cuenta de que el lugar en el que estaba era muy extraño: todas las paredes eran
del mismo tono marrón, mientras que el suelo era más claro, no parecía frío
como el de su celda. También notó que su cama no era un colchón sobre el suelo,
sino que estaba más alto, alguien le había añadido unas patas cortas como las
de las mesas, y sus mantas no tenían ese horrible tacto rugoso, eran muy suaves
y lo mantenían caliente. Vio una mesita a su lado, con… unos hierros largos y
que sostenían algo que le recordaba a las luces que estaban pegadas a la sala
donde había estado encerrado, y también… una cosa cuadrada que… no sabía lo que
era.
Gruñendo,
se levantó con lentitud. Su cuerpo aún no respondía bien, seguía bajo los
efectos del sedante. Pero el hecho de ser capaz de moverse le hizo darse cuenta
de que no estaba restringido. Confundido, se miró las manos y, entonces, vio
que tenía algo puesto. ¿Qué…?
Se
cogió el trozo de tela con ambas manos, horrorizado. ¿Por qué llevaba ropa
puesta? Solo los humanos la llevaban, ¿por qué se la habían dado? ¿Dónde
estaba? ¿Qué hacía en ese lugar? ¿Se trataba de un nuevo juego humano? ¿Qué
tramaban esta vez?
Alarmado,
salió de la cama a toda prisa, resbalando en el proceso y cayendo al suelo.
Gruñó con fuerza, frustrado. Todavía no tenía el control de su cuerpo. Odiaba
la sensación de vulnerabilidad, de estar a su merced, pero ellos eran buenos en
eso. Disfrutaban viendo cómo su gente se arrastraba por el suelo, luchando por
defenderse, por sobrevivir un poco más.
Furioso,
se apoyó sobre sus manos y rodillas y se incorporó despacio, intentando
controlarse. Le llamó la atención la textura bajo sus palmas. No estaba fría,
era suave y agradable, algo que le extrañó. Lo olfateó, tratando de buscar cualquier
aroma que le resultara familiar, pero los olores eran totalmente desconocidos,
aunque no eran ofensivos.
Confuso,
intentando comprender lo que pretendían, se giró en busca de alguna pista,
buscando su truco. Entonces, se le paró el corazón.
Había
una pared de cristal que le mostraba lo que había al otro lado, pero jamás
había visto nada igual. Paso a paso, tambaleante, se acercó a la increíble
visión que se extendía ante sus ojos. Estaba oscuro, pero no era una oscuridad
total; una luz blanca, redonda y brillante, iluminaba tenuemente desde las
alturas todo cuanto su vista pudiera abarcar. Contempló… No sabía lo que era,
pero parecían enormes e imponentes, jamás había visto nada tan grande, pero se
recortaban contra la oscuridad en forma triangular o redondeada. Más cerca de
él, se extendían cientos, miles de… palos recubiertos de un espeso manto verde.
Y, junto a la luz blanca, en lo alto, vio miles de otras luces, mucho más
pequeñas, pero brillantes y titilantes, que convertían la gélida oscuridad en
algo cálido y hermoso.
Jamás
había visto nada como aquello. Su corazón palpitaba más fuerte que nunca, pero
no era la misma sensación que le producían las drogas que le administraban los
médicos. Era natural, como si… como si supiera algo que él desconocía.
Tres
golpes en la puerta hicieron que diera un salto y perdiera el equilibrio.
Contuvo un gemido de dolor y se colocó a cuatro patas en una postura defensiva,
aunque no sin tambalearse antes.
Un
humano entró en la habitación. Le sorprendió verlo vestido sin el uniforme de
los guardias, o con la ropa blanca que usaban los técnicos y médicos, por lo
que no podía identificarlo. En vez de eso, llevaba la parte superior del cuerpo
cubierto por una prenda oscura que dejaba parte de su clavícula al descubierto.
Sus piernas estaban enfundadas en unos pantalones, pero no eran anchos, sino
que se ajustaban perfectamente a sus muslos. Le asombró ver que solo llevaba
puestos los calcetines en los pies, aunque no tuvo nada que ver con la
consternación que sintió al darse cuenta de que entraba totalmente desprotegido
en su nueva celda… y con un plato de comida en las manos.
Su
estómago rugió cuando captó el suculento olor de la carne y algo más. Olfateó
el aire, tratando de averiguar lo que era. Sin embargo, en cuanto el humano
avanzó unos pasos, lo vigiló, esperando algún insulto, humillación, amenaza o
simplemente el precio por la comida.
Para
su más absoluta sorpresa, le dedicó una pequeña sonrisa.
—Me
alegra ver que estás en pie. —Miró el plato y empezó a señalarle los
ingredientes—. Te he preparado carne asada con puré de patatas. Si no te gusta,
se puede hacer otra cosa, solo tienes que decirlo. Debes de estar hambriento.
—Lo dejó sobre la mesita y después dirigió su vista hacia él, aunque mantuvo la
distancia—. Mi nombre es Vane. Supongo que tendrás muchas preguntas, no tengas
reparo en hacerlas o pedir cualquier cosa que necesites. —Hizo una pausa,
mirando a su alrededor, y señaló esa cosa cuadrada—. Si no estás bien con lo
que llevas puesto, puedes coger lo que quieras de la cómoda, a Zane no le
importará —dicho esto, volvió a la puerta—. Te la dejo abierta por si quieres
bajar, pero, si quieres intimidad, puedes cerrarla, no entraré sin pedirte
permiso. Buenas noches.
Y
se fue, dejándolo con la boca abierta. ¿Le estaba dejando salir? ¿Sin drogas ni
retenciones? ¿Sin amenazar a uno de los suyos?
Receloso
por la situación, se acercó al plato de comida. Inhaló, recogiendo el olor,
pero no detectó las drogas que a veces ponían en la comida. También vio que le
había dejado un recipiente con agua.
Observó
el plato con el ceño fruncido. La carne que solían dejarle era roja y
sangrienta, pero los filetes que tenía delante eran de un tono castaño oscuro y
olían más que bien. Al lado, había algo blando y blanco que no había visto
antes. Desconfiado, lo tocó rápidamente en un dedo, pero se deshizo al acto,
manchándose. Por unos instantes, contempló la yema de su dedo, donde había
restos de aquella cosa. Inspirando hondo, se arriesgó a probarlo. Lo único que
sucedió fue que aumentó su apetito. Estaba bueno y no notó nada raro, así que
cogió los filetes, los mezcló con la nueva comida y se los llevó a la boca. No
tuvo que hacer pedazos la carne con sus colmillos, le bastó con masticar un
poco para poder comérsela. Estaba jugosa y tierna y no tenía el sabor metálico
de la sangre.
Cuando
terminó, se sintió satisfecho con su comida por primera vez en su vida. Los
guardias solo le daban el alimento necesario para mantener su fuerza, aunque no
el suficiente para saciarlo. ¿Por qué el humano había preparado algo tan
delicioso para él? ¿Era una nueva clase de tortura?
Puesto
que ya había comido, se dirigió a la cosa cuadrada que el humano había llamado
cómoda. La olfateó antes que nada, buscando el olor a explosivos, pólvora o
gas, pero no olía a nada que conociera. Extrañado, analizó su textura. Era más
suave que el suelo y tampoco estaba frío. Lo tocó por todas partes, analizando,
buscando su utilidad. Cuando enganchó la mano en algo parecido al pomo de una
puerta y tiró, casi dio un salto hacia atrás. Al mirar en su interior, solo vio
más ropa.
Curioso,
pasó la mano por las prendas, descubriendo nuevas texturas, unas le gustaron
más que otras. También las olió, pero no captó el olor de ningún humano, sino
el de algo dulce y delicado. Después, tiró del resto de pomos, encontrando solo
más ropa y, en el último, calzado.
Sin
saber qué hacer con todo aquello, lo dejó ahí e investigó el resto de la
habitación. Ahora ya no notaba su cuerpo tan pesado, aunque estaba bastante
seguro de que si hacía movimientos bruscos podría perder el equilibrio. Examinó
cada rincón, primero buscando las cámaras que solían vigilar todos sus
movimientos, pero no encontró ninguna. No comprendió por qué. Tampoco vio
cadenas que sirvieran para retenerlo y mantenerlo inmovilizado.
Su
nueva celda parecía segura, al menos. Era muy diferente a la que había tenido
hasta ahora, pero seguía sin entender el motivo. ¿Qué estaban haciendo los
humanos? ¿Por qué no había otros machos con él? Algunas veces los habían
aislado los unos de los otros para castigarlos, pero el humano había dejado la
puerta abierta.
La
miró con abierta desconfianza. ¿Y si habían decidido acabar con él? ¿Habrían
colocado explosivos bajo el suelo? No sería la primera vez… No, no era posible,
el humano había tenido que pasar por ahí para entrar en la habitación. Aun así,
seguía sin fiarse. Fue de nuevo a la cómoda y cogió una de las zapatillas, se
escondió tras la cama para evitar herirse a causa de una explosión y la lanzó
al otro lado de la puerta. No ocurrió nada.
Su
ceño se acentuó aún más, pero, al final, se decidió a averiguar lo que le
aguardaba al otro lado. Rodeó el colchón y avanzó un paso, luego otro, y otro,
y otro más. De repente, estaba fuera de la celda.
Miró
a los lados, encontrando únicamente más habitaciones y unas escaleras que
subían y bajaban. Las había visto muchas veces cuando lo habían sedado,
dejándolo consciente, pero nunca había estado tan cerca de ellas. Olfateó el
aire, buscando el rastro de los guardias que solían vigilarlo a él y a los
otros machos, pero tan solo detectó el olor de tres hombres y… algo más que
nunca había olido y que al parecer se movía por todo el pasadizo.
Se
acercó lentamente a las escaleras y se asomó. De nuevo, le sorprendió
encontrarse con una sala enorme, con una pared de cristal en un lado y las
demás de tonos rojizos. El humano estaba allí, sentado sobre algo blanco y
blando que le recordaba a un colchón doblado. Había otras dos cosas similares
enfrente de su captor y entre ambos, rodeando una mesa baja y del mismo color.
En uno de los lados, había otra mesita que tenía un enorme televisor, el más
grande que había visto nunca. El suelo era similar al de su nueva celda, pero
tenía una especie de gran manta redonda, cuya textura, a simple vista, le
recordaba a la esponja que usaba para lavarse. La iluminación era tenue, algo
que lo extrañaba, ya que los médicos tendían a dejar todas las luces encendidas
para vigilarlos mejor. Además, la única que había provenía de un agujero en la
pared, donde apreció con desconfianza un pequeño fuego encendido. En el otro
extremo, vislumbró también una mesa alta y con seis sillas, pero parecían mucho
más cómodas que las que había visto hasta entonces. También había una especie
de barras horizontales en las paredes que sostenían objetos cuadrados,
alargados y curvados, o con formas que jamás cruzaron su imaginación.
De
repente, se sintió perdido y asustado. ¿Dónde estaba? ¿Qué habían hecho con los
demás? ¿Qué querían hacer con él esta vez? Había oído que a algunos machos los
destinaban a lugares extraños y desconocidos para ver cómo reaccionaban a un
nuevo entorno y su forma de desenvolverse y sobrevivir. ¿Se trataba de eso?
Dirigió
su vista hacia el humano, que lo observaba con atención y cautela. No había
visto retenciones y antes no le había parecido que fuera armado, así que,
¿pretendían que luchara con él para ver si era capaz de matarlo? No estaba
seguro de ello. Siempre que había tenido la ocasión, había matado a los
guardias y técnicos que habían intentado hacerle daño a él o a otro de los
suyos, especialmente a sus hembras.
Sabían
que les arrancaría la garganta. Ahora no estaba encadenado ni encerrado, ni
habían cogido a uno de los suyos para amenazarlo.
Contempló
al humano con atención. Era alto, aunque él le sacaba una cabeza, y tenía una
buena masa muscular, de espaldas anchas y fuertes brazos, pero su cintura era
estrecha, como si fuera delgado, un contraste que le intrigó ya que nunca había
visto un cuerpo así. Los guardias que solían tratar con su gente eran muy
grandes y robustos y la mayoría de técnicos y médicos eran escuálidos o anchos
de tripa. El tono de su piel era dorado y llevaba el pelo castaño oscuro
ondulado y largo hasta los hombros, dejándolo sorprendido. Los hombres humanos
no llevaban el cabello tan largo, era algo que solo había visto en mujeres, así
que, por un momento, tuvo que repasar su cuerpo para asegurarse de que estaba
frente a un macho humano.
Una
vez realizado su examen con el ceño fruncido por la confusión, se concentró en
su rostro. Sus facciones eran suaves, tal vez por la expresión poco hostil de
su rostro, pero muy masculinas. Los pómulos eran altos, la boca firme y con
labios finos de color rosado, y la nariz proporcionada, rasgo que delataba que
era un ser humano. Sus ojos azules eran claros y brillantes, y parecían estar
observándolo con la misma desconfianza y curiosidad con la que él lo hacía. No
vio el desprecio o el miedo típico que mostraban la mayoría de los humanos, eso
volvió a llamar su atención.
—¿Quién
eres? —se decidió a preguntar por fin. Necesitaba respuestas, el humano no se
las daría, pero al menos podría adivinar su propósito a medida que hablaba.
Este
esbozó una media sonrisa.
—Mi
nombre es Vane —contestó con un tono de voz suave. Le recordó a la forma de
hablar de los técnicos cuando querían tener sexo con sus hembras—. ¿Por qué no
bajas? Será más cómodo para los dos y podré responder a todas tus preguntas.
Al
menos, parecía dispuesto a hablar. Mejor para él.
Miró
los escalones con recelo. Nunca había caminado sobre una escalera, pero no le
daba la impresión de que fuera muy complicado. Afortunadamente, tenía una barra
al lado, así que la agarró con fuerza, analizando el estado de su cuerpo. Se
sentía más fuerte tras haber comido y los sedantes ya no parecían hacer tanto
efecto.
Un
último vistazo abajo y se atrevió a poner un pie en el primer escalón. Bajó el
otro. Parecía seguro, así que repitió el proceso con lentitud, deteniéndose
cada poco para vigilar al humano, esperando que le diera prisas o lo insultara
por ir tan despacio. Sin embargo, este solo lo miraba sentado en el mismo
lugar. Cuando por fin pisó el suelo, miró hacia arriba un momento, analizando
la altura, sintiéndose satisfecho por haberlo conseguido sin que hubiera caído
o resbalado y aliviado porque no se tratara de una trampa.
Centró
su atención en el humano de nuevo. Este señaló con una mano esa cosa parecida a
un colchón, pero más alta y con un respaldo.
—¿Quieres
sentarte? Estarás más cómodo.
Observó
un instante el objeto y calculó la distancia que lo separaba del hombre.
Demasiado cerca.
—Estoy
bien aquí —gruñó. Esperó que su captor le ordenara que se acercara o que lo
insultara, pero, en vez de eso, se encogió de hombros. No hizo amago de moverse
de donde estaba, algo que agradeció.
—Como
quieras. Estoy seguro de que tienes muchas preguntas que hacerme.
Se
debatió un segundo entre las miles de cosas que quería saber. Al final, se
decantó por la más sencilla y la que podía darle más información.
—¿Dónde
estoy?
—En
mi casa.
Su
respuesta lo confundió. Pese a que comprendía la palabra, no estaba seguro de
lo que quería decir.
—¿Casa?
El
humano desvió los ojos a su alrededor, parecía estar buscando un modo de
explicarse.
—Vivo
aquí —dicho esto, frunció el ceño—. ¿No eres americano? ¿Hablas otra lengua?
Él
retrocedió un poco.
—¿Otra
lengua?
—Otro
idioma. Yo hablo inglés, ¿qué hablas tú?
Frustrado,
dejó escapar un gruñido.
—¿Me
estás llamando estúpido?
El
humano se sobresaltó.
—Claro
que no. Estoy intentando comunicarme contigo. —No dijo nada, esperando a que le
diera más información—. Trato de entender lo que te ha pasado.
Sus
palabras hicieron que reaccionara. Se miró de arriba abajo, buscando cualquier
signo de que estuviera herido o de que algo en él hubiera cambiado. No parecía
tener nada fuera de lo normal.
—¿Qué
me ha pasado? ¿Qué pruebas me habéis hecho esta vez?
El
macho humano frunció el ceño.
—¿Pruebas?
Él
gruñó con fuerza, mostrándole sus afilados dientes en ademán amenazador. Eso
debería asustarlo lo suficiente como para que hablara, sobre todo estando libre
y pudiendo lanzarse sobre él. Sin embargo, el humano tan solo se levantó de un
salto y lo miró con los ojos muy abiertos.
—Joder,
tienes colmillos.
—Claro
que los tengo —dicho esto, ladeó la cabeza, pensativo—. ¿Eres uno de los
nuevos? —Eso tendría más sentido. Explicaría por qué le había dejado suelto sin
más.
El
hombre alzó las manos con las palmas extendidas hacia él, como si quisiera
calmarlo. Gruñó más fuerte y se agazapó, retándolo a que se acercara, pero no
lo hizo.
—No,
no lo soy. Cálmate y escúchame. Te encontré cerca de mi casa, tirado en el
suelo e inconsciente. Te traje aquí para asegurarme de que estabas bien. Si no
fuera así, ¿por qué te habría dado de comer y dejado que descansaras aquí?
Intentó
procesar todo cuanto le decía, pero le resultó difícil. Los humanos eran sus
enemigos, no ayudaban a su gente. Abusaban de ellos hasta que tenían lo que
querían o dejaban de serles útiles. Sin embargo, tenía razón en que no le había
atado y que le había alimentado, se había molestado incluso en darle una buena
comida. Joder, hasta había permitido que llevara su ropa puesta. Los médicos y
técnicos nunca habían dejado que llevaran nada para cubrir sus cuerpos. Además,
ese hombre parecía bastante confuso en lo referente a él a juzgar por cómo se
había sorprendido al ver sus colmillos.
Los
ocultó, se irguió y se cruzó de brazos. Muy bien, seguiría su juego, escucharía
cada palabra y después decidiría si matarlo o no.
—De
acuerdo, habla.
El
humano se relajó notablemente.
—¿Por
qué no me dices antes que nada cómo te llamas?
Se
abstuvo de gruñir. En vez de intentar persuadirlo para que no acabara con su
vida, parecía tener muchas ganas de cabrearlo.
—354
—respondió con un gruñido.
Su
captor frunció el ceño.
—¿Perdona?
Semejante
palabra dirigida a él lo confundió, pero, aun así, se subió la camiseta y
señaló la zona de su pecho donde llevaba su número.
—354.
Vane
se quedó con la boca abierta. Ya se había fijado antes en el tatuaje de su
pectoral derecho, consistente en el número por el que respondía el desconocido
junto a la palabra Mercile en letras mayúsculas. Creía que tan solo era un
ornamento, algo que tenía significado para él, pero…
No.
Simplemente, no era posible.
—¿Quieres
decir que no tienes nombre?
Su
invitado gruñó otra vez, mostrándole los largos colmillos.
—Los
nombres son para los humanos. Mi gente usa números.
Su
respuesta hizo que palideciera.
—¿Has
dicho gente? Espera, ¿hay más como tú? ¿Dónde están?
—Esperaba
que tú respondieras a eso —dijo, frunciendo el ceño—. ¿No sabes dónde están los
demás? ¿Qué les han hecho?
Vane
necesitó un momento para calmarse. Estaba alarmado, el hombre al que habían
rescatado no era en absoluto lo que esperaba. Contó hasta diez en silencio,
inspiró hondo y volvió a mirarlo. Su enorme y musculoso cuerpo estaba tenso,
algo que esperaba. Se encontraba en un lugar extraño con un completo
desconocido que probablemente fuera una amenaza.
—No
lo sé —respondió con suavidad—, pero sigue hablando y tal vez pueda
descubrirlo. Hay unas cosas que necesito saber.
Las
aletas de su nariz se abrieron, dando a entender que no le gustaba, pero, aun
así, se mantuvo en su lugar y se limitó a mirarlo.
Escogió
las preguntas con cuidado.
—Te
han mantenido encerrado en contra de tu voluntad, ¿verdad? —Este asintió—.
¿Durante cuánto tiempo?
—Desde
que tengo memoria.
Mierda.
Era peor de lo que pensaba.
—La
forma de tu nariz y esos colmillos… ¿Cuándo notaste que te cambiaron?
—Siempre
los tuve. Mis colmillos se hicieron más grandes según iba creciendo.
Joder.
¡Joder, joder, joder! Siempre había habido rumores al respecto, pero se negaba
a creer que hubiera gente tan desalmada como para hacer algo así.
—¿Qué
hacían con vosotros? ¿Os sometían a alguna especie de pruebas?
El
desconocido gruñó, levantando ligeramente el labio superior, revelando sus
increíbles caninos.
—Todo
el tiempo.
—¿Sabes
para qué eran? Explícame qué os hacían.
—Tú
ya lo sabes.
Vane
lo miró fijamente a los ojos, deseando que viera que era sincero.
—No,
no lo sé. Sé que es difícil para ti creerme y que no tienes motivos para
hacerlo, pero estoy intentando ayudarte. Dame la oportunidad de demostrarte que
lo que digo es cierto.
Vio
la duda en los ojos de su invitado, que se miró las muñecas un momento. Casi
podía adivinar lo que estaba pensando; estaba suelto y le había parecido
confuso cuando le había traído la comida. Si había pasado toda su vida como él
creía, probablemente sus captores no le habrían dejado ir por ahí sin algún
tipo de ataduras, por no hablar de cómo le habrían estado alimentando.
Tras
unos segundos más de duda, 354 suspiró y empezó a hablar:
—Cada
uno de nosotros hacemos pruebas distintas. A algunos los atan y los golpean
hasta que están demasiado débiles para moverse y después les ponen unas
inyecciones o líquidos. Ellos nunca nos dicen nada, pero sabemos que sirven
para que nos recuperemos más rápido, aunque a veces fallan. A otros los drogan
y los obligan a luchar entre ellos, creo que los humanos disfrutan viendo cómo
nos hacemos daño los unos a los otros. A mí me usan para las pruebas de cría.
—¿Pruebas
de cría? —preguntó Vane, confuso.
El
dolor era evidente en la mirada de 354 cuando se lo explicó.
—Obligan
a nuestras hembras a tener sexo con nosotros.
—Dios
mío. —Apenas
se dio cuenta de que había sido él quien había hablado. Apostaría lo que fuera
a que su rostro estaba blanco como la cera, horrorizado. Cuanto más sabía, peor
veía las cosas—.
¿No podéis hacer nada para evitarlo?
354
sacudió la cabeza con tristeza.
—Ninguno de
nosotros tocaría a nuestras mujeres en contra de su voluntad, pero, si no
obedecemos, dejan entrar a los guardias para que nos hagan daño. A veces ni
siquiera podemos evitarlo porque nos atan o nos drogan.
—¿Os
drogan? —preguntó con la voz ahogada. Intuía lo que quería decir, pero su mente
no podía acabar de procesarlo.
—Nos
inyectan drogas para que estemos muy excitados si nos negamos a tomar una
hembra durante mucho tiempo. Son tan fuertes que apenas mantenemos el control
sobre nosotros mismos, podríamos llegar a matarlas si ellas no nos dejan
montarlas o tratan de luchar.
Vane
tuvo que tragar saliva antes de seguir con la conversación.
—¿Alguna
vez te las dieron a ti?
Por
desgracia, 354 asintió.
—Me
las dieron una vez, cuando era joven y me negué a montar una hembra. Ella
estaba aterrorizada cuando me vio, algunas de nuestras mujeres no son lo
bastante fuertes para soportar todos los abusos y pruebas a las que las
someten. Yo no quería hacerle daño, pero me durmieron y me inyectaron la droga
de cría. No recuerdo nada de lo que pasó, cuando desperté, volvía a estar en mi
celda, pero yo olía a sexo, sangre y a esa hembra. —Se estremeció—. Creo que se
resistió y la maté.
Vane
aspiró aire por la boca y trató de pensar. No iba a juzgarlo por lo que pudo
haber pasado, no era consciente de sus actos y la culpa era de esos malnacidos
que tenían a toda aquella pobre gente encerrada.
Tratando
de no perder los nervios por los inquietantes relatos, se concentró en algo que
había llamado su atención.
—Has
dicho que olías a sexo, sangre y esa mujer —comentó. 354 levantó la vista hacia
él—. Realmente… ¿puedes oler esas cosas?
El
hombre asintió y frunció el ceño.
—Los
médicos suelen decir que nuestros sentidos son mejores que los de los humanos,
especialmente el del olfato. No sé lo que oléis vosotros, pero yo lo noto todo
—dicho esto, olfateó ruidosamente—. Los olores de aquí me son desconocidos, así
que no podría decir lo que estoy oliendo, pero sé con seguridad que hay dos
machos humanos más aparte de ti y… tres cosas que se mueven por todo este
sitio.
Vane
abrió los ojos como platos.
—¿Puedes
oler todo eso?
—Sí.
—De repente, 354 arrugó la nariz y lo miró con recelo—. ¿Quiénes son esos
hombres? ¿Qué hacen aquí?
Supo
inmediatamente lo que estaba pensando. Levantó las manos, un gesto que le
demostraba que no iba armado y que normalmente resultaba tranquilizador.
—Son
mi hermano Max y mi amigo Ethan. Ellos están aquí para ayudarte también, pero
he pensado que te sentirías mejor si solo veías a uno de nosotros. No quería
agobiarte.
354
ladeó la cabeza, dudoso.
—¿No
habrá pruebas?
—Te
prometo que nadie te hará daño. Es cierto que te encontré cerca de mi casa y
que no sabía nada de lo que os hacían a ti y a tu gente, pero ahora que soy
consciente, haré todo lo que pueda para encontrarlos. —Hizo una pausa,
dejando que el hombre asimilara sus palabras—. Si necesitas cualquier cosa, solo
tienes que pedirla, ya sea comida, ropa o lo que sea.
Su
invitado todavía parecía confuso mientras miraba de un lado a otro, tal vez
pensando qué hacer. Vane no dijo nada, esperó a que se decidiera para poder
calmarlo o saciar su curiosidad. Finalmente, 354 lo miró frunciendo el ceño.
—¿Qué
son esas cosas que se mueven por tu casa? Nunca había olido nada igual.
Le
alegró saber que la curiosidad ganaba al miedo y la desconfianza por el
momento. Era una buena señal.
—Son
perros.
Nada
más oír esa palabra, 354 se tensó y gruñó con fuerza, mostrando los colmillos.
—¿Me
estás llamando perro?
Vane
se sintió perdido, no sabía qué había hecho mal.
—¿Qué?
No, solo he dicho que aquí hay perros.
—Perro es un insulto. Los humanos me llaman
así.
Ahora
sí lo había entendido. Utilizó un tono suave y pausado, intentando calmarlo de
nuevo. 354 era grande y fuerte, estaba bastante seguro de que en una
confrontación física podría salir perdiendo. Además, si Max se metía de por
medio, sería el otro hombre el que saldría herido y no era una buena
experiencia si quería que confiara en él.
—¿Ellos
te insultaban? ¿Qué más te decían?
Él
volvió a gruñir.
—Decían
que era un animal.
Vane
sintió una opresión en el pecho. En realidad, la había sentido desde que se
había hecho una idea de cómo había sido toda su vida hasta ahora. Sin embargo,
no era un buen momento para rendirse a sus emociones. Antes que nada, debía
tranquilizarlo, volver a conectar con él.
—Los
animales no tienen nada de malo. Son seres vivos, que respiran y sienten como
lo hacemos tú y yo. Los perros son un tipo de animal, no son un insulto, ¿lo
entiendes?
354
ocultó los colmillos y volvió a arrugar la frente, confundido de nuevo.
—¿Seres
vivos?
—¿Te
gustaría ver uno? No te harán daño, son muy buenos y cariñosos.
Tras
unos segundos de duda, 354 asintió con cautela. Se agazapó y tensó los
músculos, que abultaron la camiseta que llevaba puesta. No se movió de esa
posición, pero Vane sabía que estaba listo para atacar en caso de que se
tratara de una amenaza.
Dispuesto
a mostrarle que podía confiar en él, giró la cabeza y gritó:
—¡Sam!
354
observó con los ojos muy abiertos al ser que bajaba las escaleras contiguas a
cuatro patas. Jamás había visto nada igual, parecía que no había nada en aquel
lugar que conociera. Tenía pelo por todas partes, oscuro y de una especie de
tono rubio claro pero fuerte. La cabeza era alargada como su nariz, bajo la
cual vio una boca llena de colmillos, sus orejas terminaban en punta y en sus
patas detectó uñas largas y desgastadas, muy diferentes a las de los humanos.
Pero lo que atrajo la atención de sus ojos era una cosa larga y peluda que se
movía tras su trasero.
¿Eso
era un perro? No estaba seguro de cómo reaccionar. Olfateó el aire, captando su
olor, sintiéndose más tranquilo al identificarlo… hasta que este imitó su
movimiento, moviendo la nariz en su dirección. ¿Por qué había hecho eso?
Este
se sentó tranquilamente junto al humano, que le rascó detrás de las orejas.
—354,
esta es Samantha, pero todos la llamamos Sam. Es mucho más tranquila que los
otros dos que están arriba, por eso la he escogido a ella. ¿Has visto cómo
olfatea hacia ti? Los perros tienen un sentido del olfato muy agudo, solo
quiere saber quién eres. ¿Puede acercarse?
Él
deseaba que lo hiciera. Sentía mucha curiosidad y, por alguna razón, no le
parecía tan amenazante como el humano. Así que asintió, aún sobre sus manos y
pies, listo por si tenía que apartarse, pero, esta vez, relajó un poco su
postura.
Sam
se acercó agachando las orejas y rehuyendo su mirada. Él comprendió al instante
el mensaje, no quería desafiarlo mirándolo a los ojos y le pedía permiso para
acercarse. Lo permitió y dejó que pasara su nariz a escasos centímetros de su
pecho, del mismo modo que él olisqueó su espalda. Se dio cuenta de que era una
hembra y que no estaba herida o enferma, los humanos parecían tratarla bien.
De
repente, ella levantó la cabeza y le lamió la cara. Se apartó de inmediato y
frunció el ceño, sin comprender lo que había pasado.
La
suave risa del humano lo distrajo. Él sonreía.
—Eso
significa que le gustas.
354
parpadeó y levantó una mano, manteniéndola en el aire. Sam puso su cabeza bajo
sus dedos, dejando que la tocara. De inmediato, su curiosidad aumentó. La tocó
con suavidad, examinando su pelo espeso, acariciando su espalda, pecho y patas.
A medida que lo hacía, se dio cuenta de que estaba en buena forma y bien
alimentada. Eso lo sorprendió. Los humanos que había allí no la habían golpeado ni
permitido que pasara hambre, eran buenos con ella. El hecho de que pudieran ser
amables con cualquiera que no fuera de su misma especie lo dejó con la boca
abierta.
—¿Hay
más perros como Sam? —Quería
asegurarse de que ellos estaban tan sanos como la hembra.
—Sí,
pero son más enérgicos.
Volvió
a mirar al humano, sin comprender.
—¿Enérgicos?
—Significa
que saltan y corren todo el tiempo. Les gusta.
—Está
bien.
El
hombre asintió y gritó dos nuevos nombres:
—¡Bear!
¡Nocturn!
Dos
perros más salieron. A diferencia de Sam, bajaron las escaleras a toda
velocidad y se pararon en seco junto al humano, moviendo esa cosa que tenían
tras los cuartos traseros. Parecían felices de estar a su lado, aunque no
tardaron en sentir su presencia y mover la cabeza en su dirección, buscando su
olor.
Alzó
la vista para mirar al hombre, que lo contemplaba a su vez.
—¿Pueden
acercarse? Son un poco más nerviosos, pero no te harán daño.
Que
un humano le pidiera permiso le resultaba de lo más extraño y desconcertante.
Ellos gritaban y daban órdenes, se burlaban de él, lo insultaban y le
amenazaban. El tal Vane no lo hacía. Le hablaba con suavidad, como si temiera
espantarlo, y no le había encadenado o encerrado. Incluso le había dado de
comer y dejado que llevara ropa.
Todavía
no sabía si se trataba de una trampa de los médicos o no, pero, de ser así, se
habían arriesgado mucho dejándolo suelto. Demasiado. Nunca lo habían hecho.
Quería
creer en ese humano.
Parecía
sincero cuando le había descrito las torturas a las que sometían a su gente,
pero ya les habían engañado demasiadas veces. Se ganaban su confianza para que no los
mataran, les prometían que los sacarían de sus jaulas y que nadie
volvería a hacerles daño… pero siempre mentían.
Unos
pocos humanos los trataban mejor que otros. Cooper, uno de los técnicos que le
sacaba muestras de sangre, nunca les había pegado ni amenazado, incluso había
evitado que otros lo hicieran. Y, aun así, había sido por puro egoísmo. Ellos
eran más valiosos para los humanos vivos que muertos, aunque seguía sin
comprender el motivo.
Observó
a su nuevo captor, preguntándose si tal vez era más parecido a Cooper que a los
otros. Puede que lo necesitara para alguna otra prueba. Los médicos a veces
probaban cosas nuevas con ellos, y era posible que esta vez necesitaran dejarlo
suelto.
Incapaz
de decantarse por una opción, decidió mantener las distancias con Vane. Fuera lo que
fuera lo que ocurría, acabaría averiguándolo. Por ahora, solo había tres humanos
en la casa, podría manejarlos si se veía en la necesidad de luchar contra ellos.
Dirigió
la vista hacia los perros. Uno de ellos era bastante parecido a Sam, pero tenía
el pelo más corto y de color rubio claro con la nariz negra. El otro era
totalmente oscuro, con las patas, el pecho, el vientre y parte de la cara de
color marrón rojizo. Sus orejas eran más largas y caían a ambos lados de su
cabeza, y eso que no dejaba de moverse tras su trasero y que empezaba a ponerlo
nervioso era más fino.
Miró
a Vane e hizo un gesto afirmativo. Este les dio unas palmaditas en los costados
y fueron trotando hacia él. A diferencia de Sam, fueron directos a olerlo, sin
pedirle permiso, algo que lo habría incitado a atacar si no fuera porque la
hembra ya le había demostrado que los perros no eran una amenaza para él. Dejó
que lo olisquearan a la vez que él hacía lo propio. Eran machos y tampoco notó
enfermedades o heridas. En cuanto pudo tocarlos, buscó señales de que pasaran
hambre o los hubieran maltratado, pero estaban tan sanos como Sam. Eso le
agradó. Al menos, a ellos no les hacían daño.
—El
negro es Nocturn y el otro es Bear —le dijo Vane de repente. Al oír su nombre,
Bear levantó las orejas y fue a su lado. El humano se agachó para poder
acariciarlo, aunque seguía mirándolo—. ¿Te gustan?
Él
asintió, permitiendo que Nocturn le lamiera la cara.
—¿Por
qué los tienes?
Vane
se encogió de hombros.
—En
mi familia siempre nos han gustado los perros. Cuando mis hermanos y yo fuimos
lo bastante mayores y responsables, mi padre nos llevó a una perrera y nos dejó
escoger uno a cada uno. Yo elegí a Bear.
—¿Qué
significa responsable? ¿Y qué es una perrera?
—Significa
que eres capaz de cuidar de alguien o encargarte de algo durante mucho tiempo.
—Hizo una pausa y frunció el ceño—. Las perreras son lugares donde recogen a
los perros que no tienen hogar.
354
asintió, absorbiendo sus palabras. Si Vane estaba dispuesto a responder a sus
preguntas, aprendería todo cuanto pudiera.
—¿Por
qué elegiste a Bear?
El
humano observó al animal con una sonrisa. No era de desprecio o crueldad,
parecía… sincera. El gesto lo intrigó, nunca había visto a nadie sonriendo así.
—Me contaron que
alguien lo había abandonado junto a sus hermanos. Fue el único que consiguieron
salvar, los otros murieron de frío. En cuanto lo cogí en brazos, se acurrucó en
mi pecho y se quedó dormido. Lo quise al instante.
354
supo que eso era cierto y que, de hecho, el sentimiento parecía mutuo. No olía
el miedo en Bear cuando estaba cerca de Vane, sino que intentaba mantener el
mayor contacto físico posible con él. Tras unas cuantas caricias, el perro se
tumbó a su lado. El humano se sentó, dejándolo con la boca abierta, para que
Bear pudiera apoyar la cabeza en su regazo. Algo estaba mal con ese macho, los
técnicos o guardias no se arriesgarían a poner su culo en el suelo, les quitaba
demasiada movilidad en el caso de que su gente atacara y estuviera sin
retenciones.
O
tal vez decía la verdad.
Apartó
ese pensamiento, poco dispuesto a confiar en ese humano, a pesar de que se lo
estaba poniendo difícil. Ninguno había actuado como él y parecía amable con los
perros, los quería a juzgar por el cariño que reflejaban sus ojos al mirarlos.
—¿Hay
algo más que quieras saber o que necesites? —le preguntó de repente,
apartándolo de sus dudas—. ¿Te has quedado con hambre? ¿Tienes frío con esa
ropa?
De
nuevo, sus preguntas lograron dejarlo con la boca abierta. Ningún técnico le
había preguntado jamás si quería más comida u otra manta para cubrirse.
¿Pretendía ganarse su confianza siendo más amable con él que la mayoría de los humanos?
Aunque así fuera, nunca le habría liberado de sus ataduras. Vane parecía
fuerte, aunque no más que los guardias que solían vigilarlo. No podría con él
si decidía matarlo.
“Paciencia”,
se dijo a sí mismo. Lo mejor que podía hacer por el momento era aprovechar que
estaba libre de sus cadenas; aprendería las reglas de ese nuevo juego y
acabaría descubriendo lo que pretendía Vane.
—Estoy
bien. Por ahora.
Este
asintió.
—De
acuerdo. Mañana conocerás a Max y a Ethan. —Hizo una pausa y lo miró con la
duda en los ojos—. A menos que quieras conocerlos ahora, están en la cocina
comiendo.
354
arrugó la nariz.
—¿Qué
clase de humanos son?
Vane
lo observó con cierta comprensión. Era como si entendiera su recelo.
—Son
como yo. No te harán daño y están aquí para ayudarte.
Tras
una pausa, sacudió la cabeza. Tenía muchas cosas en las que pensar y ya tenía
suficiente con un humano desconcertante. Quería reflexionar sobre Vane antes de
enfrentarse a los otros dos, aunque no estar seguro de si le dejaría tranquilo
si decidía no conocerlos en ese instante.
—No.
En
vez de enfadarse, el macho hizo un gesto afirmativo.
—Entendido.
En ese caso, te dejaré descansar.
—¿Vas
a encerrarme ahora? —No pudo evitar preguntarlo. Los técnicos lo metían en su
jaula cuando habían terminado con las pruebas.
—Nadie
va a hacerte daño aquí, 354. Puedes moverte por toda la casa si quieres,
comerás cuando tengas hambre y descansarás cuando estés cansado. Cualquier cosa
que necesites, puedes pedírmela a mí, a Max o a Ethan.
Él
se quedó un momento sin saber qué hacer. Necesitaba dormir un poco, dejar que
los sedantes desaparecieran de su cuerpo… y quería volver a ver aquello que
había al otro lado del cristal. Esperaba que los otros humanos de la casa no le
quitaran esa visión, era lo más bello que jamás había visto.
Miró
hacia abajo, a Sam y Nocturn, y después a Bear.
—¿Puedo
llevarme a los perros? —Ellos le reportaban cierta seguridad. Su modo de
comportarse le recordaba a la de su gente.
Vane
se encogió de hombros.
—Bear
querrá dormir conmigo y Nocturn con mi hermano Max. Pero Sam irá contigo, le
vendrá bien un poco de compañía —dicho esto, buscó con la mirada a la perra—.
Ve con él, Sam.
354
asintió y empezó a subir las escaleras, aferrándose de nuevo a la barra,
temiendo resbalarse o caerse. Sam no se apartó de su lado durante todo el
trayecto, mirándolo de vez en cuando, como si se asegurara de que estaba bien.
Cuando llegó al final, volvió la vista atrás para ver lo que hacía Vane. Para
su sorpresa, no estaba vigilando si se daba la vuelta y lo atacaba, sino que
acariciaba tiernamente a Bear y Nocturn, dedicándoles suaves palabras de cariño
que jamás había oído en boca de un humano.
Por
un instante, se preguntó si realmente le estaría diciendo la verdad. Si era
cierto que quería ayudarlo a él y los demás. Si por primera vez se había
encontrado con un buen humano… habría esperanza para su gente.
Sacudió
la cabeza, recordándose a sí mismo lo improbable que era. Aun así, no pudo
evitar tener dudas, teniendo en cuenta el modo en el que le había tratado y su
forma suave de hablarle. Aunque, probablemente, cuando despertara volvería a
estar atado.
Con
un gruñido, se dio la vuelta y se metió en su habitación. Solo podía esperar.

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