Cacería
Esta
vez, Izuku no corría por el bosque. No había gritos ni lágrimas, sin embargo,
tampoco sonreía.
Suspiró
mientras intentaba apartar cualquier pensamiento negativo. Estaba de camino a
la madriguera de Katsuki para pasar Halloween con él, como todos los años. Llevaba
las costillas sangrientas y los huesos cocidos, como siempre, y, como ya era
costumbre, cenarían mientras veían las películas de miedo de ese año y
discutirían por qué las japonesas eran claramente superiores a la exasperante
sencillez de las americanas, basadas en sustos que, oh, sorpresa, todos veían
venir.
No
quería que Kacchan se preocupara por él. Solo quería pasar un buen rato con su
mejor amigo, divertirse y celebrar su festividad favorita desde que era niño.
Por un rato, quería olvidar los últimos dos meses, los más horribles de su
vida.
El
invierno pasado, tosió sangre por primera vez. Al principio, parecía que solo
era su bronquitis, que había empeorado temporalmente, pero cuando los ataques
respiratorios se hicieron más fuertes y la sangre se convirtió en una
constante, tuvieron que hacerle un examen más exhaustivo.
Tenía
EPOC. Enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Sus vías respiratorias estaban
obstruidas.
Su
caso no era especialmente grave ya que la causa parecía ser su genética más que
haber estado expuesto a la contaminación o al tabaco. Tendría una vida normal,
aparte de que siempre tendría ataques respiratorios y necesitaría su inhalador,
pero eso ya lo había asumido desde niño, cuando le diagnosticaron la bronquitis
crónica.
Tendría
una vida normal… Aunque ya no podría cumplir su sueño. Su enfermedad no era
compatible con el trabajo de bombero. Sus pulmones empeorarían con la
inhalación de humo.
Tantos
años cuidándose y preparándose para hacer las pruebas de la academia… a la
basura. Fue duro y… frustrante. Siempre hubo la posibilidad de que, con su
físico, no pudiera pasar las pruebas, pero, al menos, había deseado hacer el
intento, no quedarse con la duda de que tal vez hubiera podido llegar ahí.
Pero,
una vez detectaron la EPOC, eso ya no fue posible.
Y,
luego, estaba Kacchan. O, mejor dicho, sus sentimientos por él.
De
forma instintiva, se llevó los dedos al collar que le regaló tres años atrás,
ya ceñido a su cuello desde su ceremonia de mayoría de edad.
Pese
a su estado de ánimo, fue incapaz de no sonreír al pensar en ese día. Siempre
sería de sus favoritos.
En
aquel entonces, ya sabía que se había enamorado de él. Al principio, lo puso
muy nervioso, temiendo que eso arruinaría su amistad, pero, tras una búsqueda
en internet, pensó (o se convenció, más bien) de que no era más que un tonto
enamoramiento adolescente que acabaría pasando de largo y se quedaría como una
graciosa anécdota de la que se reiría más tarde.
Después
de todo, no era difícil enamorarse de Kacchan, lo tenía comprobado. A los
diecisiete años ya estaba totalmente recuperado de su enfermedad y no quedaban
signos en su cuerpo que pudieran dar señal alguna de que la había padecido. Ya
no estaba delgado, ahora era atlético y se le habían ensanchado la espalda y
los hombros. No era tan robusto como Kirishima, pero competía con él sin
problemas en lo que a fuerza bruta se refería. Tampoco superaba en velocidad a
Kaminari, sin embargo, era más astuto, inteligente y hábil. En los últimos
años, había ganado todas las competiciones deportivas de su escuela con una
arrogante sonrisa, demostrando a todos esos “extras” que lo habían
menospreciado cuando estuvo enfermo que seguía siendo mejor que ellos.
Además,
tenía un olfato increíble. Sus habilidades para rastrear y cazar estaban muy
por encima de los demás, tan solo superado por los adultos y por pura falta de
experiencia. Aun así, no cabía duda de que tenía talento y habilidad, estaba
seguro, como todos los demás, de que la UA lo aceptaría para ingresar en el
programa de rescate. Había muchos cambiantes allí y alguien como Kacchan, que
tenía un gran olfato, sería genial para encontrar personas desaparecidas en
montañas.
Por
tanto, que hubiera tenido tantos pretendientes ese último año no era de
extrañar. Las lobas y lobeles revoloteaban constantemente a su alrededor a
pesar de la mala leche con la que su amigo trataba de ahuyentarlos. A Izuku le
llamaba mucho la atención, los hombres lobo tenían carácter, pero no tanto como
Kacchan, que tendía a intimidarlos, y, aun así, tras un tiempo acababan
volviendo tras él.
Se
preguntaba a menudo si era algo instintivo por el hecho de que Kacchan sería el
alfa de la manada o era simplemente por su físico, habilidades y fuerte
personalidad. No le sorprendería, tampoco.
Fuera
como fuera, Kacchan los rechazaba a todos. Solía decirle que no iba a perder el
tiempo con unos extras que lo habían despreciado en el pasado. Totalmente
comprensible, también.
Nunca
se lo dijo, pero eso lo alivió. No tanto por estar enamorado de él, sino porque
no quería que se atara a alguien que no estuvo a su lado cuando más le hacía
falta.
Así,
el día de su ceremonia de mayoría de edad, él y su madre fueron invitados a
asistir. La gran mayoría de invitados eran los miembros de la manada, pero ya
no era extraño que los jóvenes lobos trajeran como invitados a humanos u otros
cambiantes, por lo que su presencia no fue una sorpresa.
Y,
como prometió, Izuku se puso el collar que le había entregado años atrás. Al
principio, eso lo puso nervioso, ya que todos los lobos lo miraron
sorprendidos, otros soltaron risillas y le dijeron que era un doncel
afortunado, pero ninguno quiso decirle el significado. Los pocos que fueron
comunicativos con él le hicieron saber que no era algo que un lobo le regalaría
a cualquiera y que debía sentirse honrado porque Katsuki, siendo como era, se
lo hubiera dado.
Aunque
lo que lo tranquilizó fue ver la aprobación en la mirada de los padres de Kacchan.
Le aseguraron que no tenía de qué preocuparse y que a su hijo le haría muy
feliz que lo hubiera aceptado. De modo que dejó de preocuparse y solo esperó a
que su amigo saliera para su ceremonia.
Y,
tal y como le dijeron Mitsuki y Masaru, cuando Kacchan lo vio, sus ojos
cambiaron de color al instante y esbozó la sonrisa más grande que le había
visto nunca. De hecho, ignoró todos los protocolos de la ceremonia para
lanzarse sobre él y abrazarlo.
Entonces,
se lo mostró. Kacchan también tenía otro collar, rojo, pero con sus nombres y
la fecha en la que se conocieron. Igual que el suyo.
Le
hizo muy feliz. A Kacchan le echaron una bronca de mil demonios por interrumpir
su propia ceremonia, pero Izuku sabía que no podía importarle menos y pasó
mucho rato mirándolo con esa sonrisa, como si le hubiera hecho el mejor regalo
posible.
De
hecho, en cuanto terminaron todas las formalidades, Kacchan volvió a abrazarlo
con fuerza y ya no se separó de él en toda la tarde. Izuku pensó que tal vez
podía aprovecharse de su buen humor para sonsacarle lo que querían decir los
collares, pero su amigo se rio, le dijo que no picaría, que, hasta Halloween,
no soltaría prenda, y, luego, lo abrazó otra vez y le dio las gracias por haber
cumplido su promesa.
Desde
entonces, Kacchan había llevado puesto ese collar, por lo que Izuku tampoco se
quitó el suyo. Porque empezó a sospechar lo que querían decir y por qué todo el
mundo parecía tan contento por ellos, hasta Kaminari y Kirishima les dieron una
efusiva enhorabuena.
Además,
Kacchan empezó a ser más cariñoso con él. De repente, sus salidas cuando
estaban solos empezaron a parecerse más a citas que a dos amigos divirtiéndose
juntos. A menudo lo tomaba de la mano, lo abrazaba y en un par de ocasiones
hasta lo había besado en la frente.
Era
normal que Izuku se hubiera hecho falsas esperanzas… ¿no?
O
tal vez le estaba dando demasiadas vueltas, ya no podía estar seguro. Sabía que
no podía fiarse por completo de alguien como Tsubaki, la cual, estaba
convencido, iba detrás de Kacchan… Pero…
¿Y
si tenía razón?
¿Y
si, incluso si fuera correspondido, no era adecuado para él?
Suspiró,
apretando el collar con fuerza, intentando ignorar el dolor que se estaba
haciendo un hueco en su pecho y las punzadas que golpeaban su cabeza. Últimamente,
le sucedía mucho. Eran ya tantas cosas que a veces sentía que iba a estallar,
incluso estaba convencido de que su aumento de ataques respiratorios estaba
relacionado con toda la niebla que oscurecía su mente. Podía lidiar con su
enfermedad y hacer frente a su sueño roto, pero lo de Kacchan…
Realmente
había creído que había algo entre ellos. Cómo lo tomaba de la mano cuando
habían salido por el pueblo o ido de senderismo a las montañas, el modo en el
que lo abrazaba cuando estaban en la madriguera viendo alguna película o
incluso la forma tierna en la que lo miraba a veces. Aquella vez que lo besó en
la frente después de acompañarlo a casa el día siguiente a su ceremonia de
mayoría de edad, con esos ojos brillantes, ahora dorados en vez de azules,
debido a que ya era un lobo adulto.
Y
ese verano…
Uf,
mejor no pensar en ello. Izuku siempre había pensado que era un romántico
empedernido hasta que Kacchan insistió en pasar más tiempo en el agua que en
tierra firme, ya fuera en una piscina, la playa o un río. Verlo sin camiseta
sin sonrojarse o que le hormigueara la piel ya era difícil, pero cuando el
contacto físico empezó a estar involucrado, más de lo debido en su opinión, fue
inevitable que empezara a investigar ciertos contenidos adultos sobre hombres
lobo.
Resultado:
usar camiseta de baño para esconder sus pezones y usar todo tipo de productos
aromáticos más fuertes para esconder lo mojado que se ponía cada vez que
Kacchan le decía de ir a cualquier lado donde hubiera agua, desde champú y gel
hasta colonias naturales. Y, a pesar de eso, maldición, estaba seguro de que el
muy canalla se había dado cuenta de todos modos. Maldita sea, es que estaba
convencido de que lo usó a su favor para jugar con él, acorralarlo y cazarlo
cuando le convenía para acabar abrazados y demasiado cerca para los términos de
amistad que él tenía en su cabeza.
Es
decir, todo, absolutamente TODO parecía gritar que ahí había algo. Puede que él
no tuviera ni idea de cómo coquetear, pero eso ya parecía algo evidente.
Sin
embargo, entonces, cuando se convencía de eso otra vez, la conversación de
Tsubaki aparecía en su cabeza de nuevo. Y vuelta a empezar. Inseguridades,
malestar, depresión. Luego, intentaba convencerse de hablar con Kacchan para
despejar todas sus dudas, pero el miedo lo retenía.
¿Y
si Tsubaki tenía razón?
Su
enamoramiento ya no parecía tan adolescente. El rechazo dolería más que un
simple capricho amoroso. No podría ver a Kacchan, al menos, no durante un
tiempo. Tendría que plantearse estudiar lejos de la UA, tal vez incluso trasladarse
a una residencia de estudiantes para no coincidir cuando estuvieran en casa.
Todo en un intento de preservar su amistad, aunque sabía que, si se confesaba,
ya nunca sería lo mismo.
Gruñó
cuando el dolor de cabeza se intensificó y se llevó la mano a la frente.
Debía
calmarse, despejar la mente. Esa noche no le daría más vueltas a nada. No
quería. Por una vez en dos meses, solo quería pasarlo bien con Kacchan.
Casi
agradeció que un roce suave en la vegetación lo distrajera. Conocía ese tipo de
sonido.
Se
detuvo y miró a su alrededor. A primera vista, todo parecía normal. Las hojas
de los cedros susurraban por la fría brisa de la tarde y los arbustos se
balanceaban a ambos lados de un camino despejado. Sin embargo, había un par de
helechos que se sacudían con más fuerza que el resto.
—¿Kacchan?
¿Kirishima? ¿Kaminari? —preguntó. Sabía que eran más de uno. Tal vez sus amigos
querían jugar a cazarlo, aunque hoy no le habían avisado.
Era
raro, al menos en Kacchan. Él se lo habría dicho para que pudiera usar todo su
arsenal de trampas para ralentizarlos.
—Vaya,
no tiene mal oído.
Izuku
frunció el ceño. No reconocía la voz.
De
entre los arbustos, aparecieron una loba y dos lobeles. La primera tenía el
pelo azulado largo hasta la cintura y su corte era erizado y salvaje. Llevaba
unos vaqueros cortos sobre unas mallas negras y una chaqueta color verde oliva
con una gran capucha de pelo. Uno de los lobeles tenía el cabello blanco y
corto e iba vestido con una cazadora gris y pantalones ajustados, mientras que
el otro tenía el pelo largo hasta los hombros y oscuro, llevaba un jersey negro
de cuello alto y unos vaqueros que le daban a su figura un aire muy estilizado.
Pese
a que no tenían posturas amenazantes, Izuku presintió que no eran amistosos.
Tal vez porque ella se deslizó hacia el camino despejado mientras que los otros
dos seguían posicionados a ambos lados, entre la vegetación, como si cubrieran
los flancos.
Le
recordaba a Kacchan cuando cazaba con Kirishima y Kaminari.
—¿Quiénes
sois? —preguntó, reteniendo el impulso de echar un pie hacia atrás. Sabía que
se darían cuenta enseguida y no quería activar sus instintos de caza.
La
loba sonrió de medio lado y cruzó los brazos a la altura del pecho. Le dio mala
espina.
—Somos
de la manada de Bakugo.
Él
ladeó la cabeza. Sí, lo había sospechado por las orejas y las colas. Su manada
era la única en ese territorio.
—Y…
¿Queréis algo?
Ella
se encogió de hombros.
—Solo
veníamos a decirte que ha cancelado vuestros planes —dicho esto, lo miró con
malicia—. Va a venir a la cacería de esta noche.
Izuku
frunció el ceño.
Las
cacerías eran reuniones donde las lobas y lobeles buscaban pareja para pasar el
celo. Por lo que había leído, solían ser civilizadas, pero, en ocasiones, los
más jóvenes solían jugar a perseguir a lobas y lobeles por el bosque, o, en
casos más extremos, dos lobos peleaban entre sí por la misma persona.
Además,
tenían otro propósito. Los hombres lobo se apareaban de por vida, por lo que no
tenían relaciones espontáneas, ni de una noche, ni de amigos con derecho a roce
o cualquier otro término que indicara que no era algo serio. Siempre que salían
con alguien, lo hacían de cara a algo que pudiera durar toda la vida.
De
modo que las cacerías eran una forma de buscar una pareja compatible para
convertirse en un compañero. No siempre se encontraban a la primera, pero era
seguro que, durante el celo, la pareja permanecía junta como una especie de
ensayo de cara a la convivencia y un fuerte compromiso.
Solían
celebrarse cada tres meses, pero Kacchan nunca había asistido a una, a pesar de
que la edad de consentimiento era a partir de los dieciséis.
—Lo
dudo —dijo—. Me lo habría dicho.
La
loba puso los ojos en blanco, sin dejar de sonreír.
—Oh,
claro. Le habría dicho al cachorrito humano que siempre lo persigue que, en vez
de seguir con su infantil tradición, va a pasar una noche caliente con alguien
capaz de satisfacer sus necesidades.
Los
lobeles rieron, pero Izuku no se inmutó.
—Me
refería a que me habría dicho que se cancelan nuestros planes —replicó, seco.
No
le importaba darles la sensación de que perseguía a Kacchan. Él mismo se sentía
de ese modo a veces; su amigo había sufrido una horrible enfermedad, la había
superado y ahora estaba mejor que nunca. Además, era un hombre lobo, tenía sus
sentidos, garras, colmillos, reflejos, fuerza, velocidad…
En
cambio, Izuku no tenía nada. No tendría ni una posibilidad contra un cambiante
a menos que fuera armado o muy buen luchador, y ni siquiera podía aspirar a
eso. No desde que su salud empeoró.
Salvo
durante la enfermedad de Kacchan, siempre pensó que estaba por detrás de él.
Pero
eso no quería decir que fuera alguna especie de perrito faldero. Era su amigo y
estaba orgulloso de ser de los pocos a los que aceptaba cerca. Incluso si era
un humano débil y patético, sabía que Kacchan siempre lo había apreciado mucho
y que atesoraba su amistad.
En
realidad, lo que más le molestaba de esos tres era que pensaran que era idiota.
¿De verdad creían que iba a aceptar su palabra sin más? ¿Desde cuándo Kacchan
enviaría a unos tipos que ni siquiera eran amigos suyos para darle un mensaje
que le podría haber dado él mismo?
La
loba ya no sonreía y los lobeles agacharon un poco la cabeza con las orejas
bajadas. El de pelo blanco gruñó:
—¿Acaso
te dice todo lo que hace? ¿Tan cercanos creéis que sois?
Izuku
le lanzó una mirada de pocos amigos.
—Kacchan
no necesita mensajeros —dicho esto, les enseñó el móvil—. ¿Queréis que le
llamemos y le preguntemos?
De
repente, algo golpeó su brazo y su móvil salió volando.
Izuku
se quedó congelado. Conocía bien la velocidad de los lobos, pero no esperaba
que hicieran eso.
—¿De
qué va esto? —le preguntó a la loba, que le había arrebatado el teléfono.
Sus
aires de superioridad se habían esfumado. Ahora lo miraba con evidente
disgusto.
—Deja
de perseguir a Bakugo, joder. No te lo diré otra vez. No eres apto para él.
Izuku
parpadeó.
—¿Qué?
Ella
gruñó y lo agarró por la chaqueta, enseñándole los colmillos.
—Me
molestas. Odio el modo en el que hueles siempre que estás cerca de él, es
insoportable. ¿No ves que solo siente lástima por ti? No eres más que un
pequeño humano enfermo al que ha acogido bajo su ala por lástima. —Lo sacudió—.
¿Qué puedes hacer por él? No entras en celo, no puedes defenderte solo, no
puedes cazar, ¡ni siquiera puedes correr sin que te dé un estúpido ataque!
—gritó molesta, arrojándolo al suelo.
Izuku
maldijo en su fuero interno y miró rápidamente a su alrededor. No entendía a qué
demonios venía eso de repente, pero no iba a quedarse a averiguarlo. La loba
parecía agresiva y los lobeles la seguían. Se estaban acercando demasiado para
su gusto.
¿Qué
podía hacer? Un tres contra uno no era viable, ni siquiera lo sería contra uno
solo. Podía intentar escapar, pero no había traído sus trampas olfativas para despistarlos.
Podría rodar por tierra y la hierba, pero, para eso, antes tenía que alejarse
de ellos y necesitaría al menos un minuto para ocultar su aroma. Y esos tres no
se lo darían.
¿Buscaba
ayuda? Kacchan debería estar de camino. Odiaba tener que darles la razón a esos
tres sobre que no podía hacer nada solo contra un cambiante, pero era la
maldita realidad y no era tan tonto ni orgulloso como para intentar demostrar
lo contrario.
Se
puso en pie de un salto, pero uno de los lobeles lo agarró por el cuello de la
chaqueta y lo lanzó contra la loba. Ella le dio una patada baja en los pies que
lo tumbó al instante con un golpe fuerte.
Sí,
en cuanto a su plan de buscar ayuda, estaría bien si tuviera una mínima
oportunidad de recuperar su teléfono y llamar a Kacchan, o de correr en
dirección a su casa.
No
tenía buena pinta.
De
repente, la loba ya estaba encima de él, enseñándole los dientes.
—No
sé qué demonios ve en ti. No eres más que una ovejita asustada. Tsubaki es
perfecta para él y tú vas a dejar de estar en medio.
¿Tsubaki?
¿Todo esto era por ella? Pero ¿por qué ahora? Así, sin venir a cuento.
No
lo entendía. Él no le había dicho nada a Kacchan sobre sus sentimientos. Entonces,
¿a qué venía este ataque? ¿Tsubaki los había enviado? ¿Creía que era una amenaza?
La
loba lo cogió del pelo y lo obligó a levantar la cabeza, haciendo que soltara
un gemido de dolor.
—Mírame,
ovejita —le ordenó. Sus ojos violáceos estaban cambiando de color a azules—.
Las presas no pueden estar con su depredador, ¿lo entiendes? Mantente alejado
de él o te comeremos.
Al
escuchar eso, Izuku se quedó paralizado por un momento.
No
fue por miedo. Fue por rabia.
Era
cierto que había pensado en marcharse si era rechazado, pero todavía no había
decidido nada. También que era débil y patético en comparación a un cambiante,
y que Kacchan probablemente se merecía a alguien tan genial como él, aunque
dudaba que esa persona fuera Tsubaki.
Pero
¿alejarse de él porque otro se lo decía? ¿Renunciar a su amistad así sin más?
¿Al vínculo más preciado que tenía?
Ni
hablar.
Una
presa asustada es una presa fácil. Si algo te da miedo, grítale, insúltale y
mándalo al infierno.
…
A la mierda. Tal vez era más estúpido y orgulloso de lo que creía.
—Haré
lo que me dé la gana, extra de mierda —masculló, fulminándola con la mirada.
La
loba parpadeó y echó la cabeza hacia atrás.
—¿Cómo
has dicho?
—¡Me
has oído, perra! —dijo antes de darle un certero puñetazo en la nariz que la
lanzó hacia atrás.
Izuku
no perdió el tiempo y se abalanzó sobre ella. Los lobeles estaban tan
boquiabiertos que les costó reaccionar, pero, al final, se acabaron lanzando
sobre él, intentando apartarlo.
Sabía
que no tenía la más mínima oportunidad. Sin embargo, ya que no podía escapar ni
luchar, al menos no sería el único que saldría magullado de allí.
Como
diría Kacchan, si lo golpeaban, solo tenía que golpear más fuerte aún.
—¿Qué
mierda quieres? —preguntó Katsuki con los brazos en jarra—. Tengo cosas que
hacer.
La
loba se cruzó de brazos con expresión seria. Tenía una estatura media y era de
constitución delgada y fina, diferente de la mayoría de las lobas, que eran un
poco más atléticas. Sin embargo, no había que dejarse engañar; las habilidades
de Tsubaki estaban por encima del resto de sus compañeros de clase, razón por
la que le había tocado aguantarla ese año a la hora de hacer trabajos
conjuntos.
Por
ello y por su aspecto, era la más popular. El contraste entre su piel pálida de
porcelana y su cabello negro medianoche, brillante y liso, probablemente debía
de considerarse espectacular. Además, en la parte izquierda tenía mechones rojo
fuego muy llamativos que combinaban con el pelaje de sus orejas y su cola,
negro con reflejos rojizos.
Para
Katsuki, sin embargo, solo era una extra más. De hecho, él no le prestó
atención a sus leggins negros que realzaban sus piernas largas, que terminaban
en unas botas de color caoba, ni al jersey ancho de rayas negras y marrones que
dejaba su clavícula al descubierto. Era evidente que se había vestido para la
cacería y que estaba buscando un candidato para ser su compañero.
No,
él solo prestaba atención al modo estratégico en que sacudía la cola, lanzando
el olor de su celo hacia él.
Le
gruñó con fuerza, enseñando los colmillos.
—¿Me
tomas por idiota? Ese truco no te funcionará conmigo.
Tsubaki
movió de forma distraída su cabello y sus pestañas revolotearon cuando parpadeó
hacia él. Sus ojos oscuros brillaron con algunas pinceladas doradas.
—Nunca
he pensado que lo fueras, Bakugo. Sin embargo, los dos sabemos lo que el celo
produce en los machos. Está bien, no puedes evitarlo.
Katsuki
controló su respiración para aspirar el aroma lo menos posible.
Joder,
no era la primera vez que una loba le hacía eso, pero lo molestaba a niveles
tan estratosféricos que el verdadero desafío no era evitar abalanzarse sobre
ellas para follar, sino contener las ganas de enzarzarse a hostia limpia con
ellas.
Se
llevó una mano al collar y tiró de él para que Tsubaki tuviera una buena
visión.
—¿Ves
esto? ¿Sabes lo que significa? ¿Sí? Pues que te joda otro —dicho esto, dio
media vuelta para irse.
Estaba
en el bosque de camino a su madriguera cuando esa extra lo había parado. Como
si él no tuviera nada mejor que hacer que prestarle su atención.
Ese
día era importante, joder. Deku estaba pasando por una mala racha de la que
parecía no saber cómo salir y él iba a ponerle fin. El nerd parecía tan abatido
que parecía haber olvidado incluso que hoy le diría el significado de sus
collares, aunque estaba seguro de que lo intuía. Esa noche iba a confirmárselo
e iban a hablar largo y tendido de lo que implicaría a partir de ahora. No
esperaba que, con eso, se recuperara de la noche a la mañana de las noticias
sobre su enfermedad, pero, al menos, quería que supiera que siempre lo tendría
a su lado para ayudarlo y cuidarlo.
Llevaba
toda la semana pensando en cómo hacerlo, aunque sus ideas siempre terminaban de
la misma forma, por lo que, a la mierda, simplemente le quitaría esa mirada
triste en los ojos a la fuerza. Deku no podría luchar contra eso, lo había
comprobado.
Sin
embargo, Tsubaki se interpuso en su camino. Su cola se movió de forma delicada
en círculos.
—Por
favor, Bakugo, pasa este celo conmigo. Somos muy compatibles, sé que podríamos
ser buenos compañeros.
Katsuki
tuvo que reunir cada gota de fuerza de voluntad para no sacudirla de forma
violenta y sin que hubiera sangre involucrada. En momentos como aquel,
lamentaba que su especie se hubiera vuelto más civilizada. Un siglo atrás, la
habría zarpeado e inmovilizado en el suelo por lo que estaba haciendo.
¿Cómo
de jodido era que ella pudiera usar su celo para provocarlo y él no pudiera
simplemente lanzarla por los aires? Ni siquiera lo haría con toda su fuerza.
Había tenido la desgracia de tenerla pegada ese año en sus clases porque eran
los mejores, tanto en notas como habilidades, así que sabía de sobra que sería
capaz de aterrizar sin hacerse mucho daño.
Pero
no. Ahí estaba ella haciendo que su polla luchara contra sus pantalones y él no
podía ponerle las garras encima. La vida era una mierda a veces.
Aun
así, no se contuvo a la hora de hacerla a un lado con más fuerza de la
necesaria para seguir adelante, pero ella vio venir el movimiento y rebotó en
el suelo, regresando al camino, frente a él. Su cola se puso tiesa un instante
antes de volver a hacer delicados círculos.
Katsuki
resopló:
—¿Eres
imbécil? ¿Qué coño tengo que hacer para que me dejes en paz? Tengo collar, así
que no estoy en vuestro jodido catálogo de parejas potenciales para el
apareamiento, de modo que déjame en paz de una puta vez.
Ella
no se movió de donde estaba. Aun así, su mirada se volvió más cautelosa.
—Tu
collar no significa nada si él no sabe lo que es.
La
cola de Katsuki se erizó, sus orejas se movieron hacia delante. No pudo evitar
que sus manos se convirtieran en garras, pero, eso sí, le enseñó los colmillos
a propósito.
—Deku
no es de tu jodida incumbencia.
Tsubaki
comprendió la amenaza y, esta vez, retrocedió un paso con la cabeza gacha y las
orejas pegadas a la cabeza en una posición sumisa.
—Lo
es para la manada. Bakugo, tú serás el…
Katsuki
dio un paso hacia ella con un fuerte ladrido. Sus ojos se habían vuelto dorados
y brillaban con fuerza.
—Basta.
Ya sé cuál es tu mentalidad de mierda, no eres la primera que viene a soltarme
esas gilipolleces, pero está decidido. —Se aceró un paso más, cerniéndose sobre
ella en toda su altura—. No vuelvas a molestarme. Si te he aguantado hasta
ahora, ha sido porque no tengo más remedio, ya que estamos en la misma clase,
pero en unos meses, se acabó.
Tsubaki
frunció el ceño. No cedió esta vez y alzó las orejas, aunque no las echó hacia
delante. No quería desafiarlo, pero tampoco iba a dejarlo estar como si nada.
—Sigo
siendo la mejor opción, Bakugo. Lo sabes.
—No
sabes una mierda sobre mí.
—Mi
celo te afecta —dijo ella, lamiéndose los labios y descendiendo la mirada por
su pecho—. No finjas que no lo hace.
Katsuki
resopló y dio un paso hacia atrás, poniendo los ojos en blanco y cruzando los
brazos.
—Genial,
otra que se cree que estoy al nivel de los lobos que se vuelven locos por joder
por el celo. —La miró casi con aburrimiento. Sus ojos regresaron a su tono
rojizo—. Sí, estoy cachondo, ¿y qué? Soy un lobo y tengo olfato, no te sientas
tan orgullosa de ti misma.
Ella
relajó su postura, sacudiendo todavía su cola de forma que el olor de su
excitación fuera hacia Katsuki. ¿Quería jugar a esa mierda? Por él estaba bien.
Le demostraría que estaba por encima de su jodido celo.
—A
eso es a lo que voy —dijo Tsubaki haciendo un gesto con la mano, como si
quisiera remarcar una obviedad—. Tú eres un lobo, él no.
Katsuki
hizo un sonido exasperado.
—Si
tengo que perder un minuto más con mierdas evidentes, me voy.
—No
puede ser lo que necesitas.
Él
fingió un bostezo.
—¿En
serio vas a usar ese argumento? Me decepciona y aburre a la vez.
—Nunca
entenderá tus instintos.
Esta
vez, Katsuki la fulminó con la mirada.
—No
hables de lo que no sabes.
Tsubaki
ladeó la cabeza.
—Incluso
aunque lo comprenda, no podrá seguirte el ritmo. Correr, cazar…
—Yo
no necesito perritos falderos como tú, Pelorayas —replicó Katsuki antes de
sacarse el móvil del bolsillo y mirar la hora. Hizo una mueca—. Se te acabó el
tiempo. Me largo.
La
loba dio dos pasos hacia él, sacudiendo la cola con más fuerza.
—No
puedes hacerlo —gruñó ella—. Tus instintos acabarán dominándote.
Katsuki
le lanzó su sonrisa más arrogante.
—Mírame
—dicho esto, aspiró aire profundamente, y, ante la mirada atónita de Tsubaki,
resopló como si nada y se señaló la nariz—. No soy idiota, sé que has estado
esparciendo el aroma de tu celo alrededor. ¿Y? Puedes hacer que me ponga duro
como una piedra, y, aun así, no follaré contigo.
Por
primera vez, la calma en el rostro de Tsubaki se resquebrajó y sus ojos se
abrieron, incrédulos.
—No
puede ser.
Katsuki
se ajustó la mochila al hombro.
—Eres
imbécil si crees que los instintos lo son todo. Al final, soy yo quien toma las
decisiones. —Le enseñó el dedo medio mientras se marchaba, aunque no antes de
lanzarle una advertencia—. No te me acerques a menos que sea para algo de
clase.
—¡Espera!
—gritó Tsubaki—. ¡No puedes…!
No
pudo terminar de hablar, un grito tembloroso y agudo la interrumpió. Parecía
querer imitar un aullido.
Todo
el pelaje de Katsuki se erizó.
Deku.
Antes
de pensarlo, ya estaba corriendo por el bosque con el corazón acelerado y los
sentidos agudizados al máximo. Escuchó a Tsubaki ir tras él, pero no le
importaba siempre y cuando no se metiera en su camino. Lo primero era llegar
hasta Deku, él no habría hecho esa mierda de aullido a menos que estuviera en
problemas.
Una
brisa le trajo su aroma.
Sangre.
Gruñó
y se puso a cuatro patas para ser más rápido e ir agazapado, evitando así ser
visto al instante, ocultándose entre los arbustos. Olía a otros tres lobos con
él, una hembra y dos donceles, envueltos en esa mierda de aroma a celo. Le
sorprendió de forma agradable detectar su sangre también. No pudo contener una
sonrisa ladeada.
¿Deku
se metía en una pelea sin avisarlo? ¿Y contra tres hombres lobo? Eso era de mal
gusto, nerd. Sabía lo mucho que disfrutaba de una buena pelea.
No
tardó en escuchar los gruñidos, maldiciones y un desagradable chillido de dolor
que no pertenecía a Izuku.
Al
acercarse lo suficiente, la escena lo chocó tanto que estuvo a punto de
detenerse solo para verlo mejor.
¿Ese
era Deku sobre una loba? ¿Le estaba mordiendo la puta oreja? ¿Y cómo demonios
había atrapado la cabeza de un lobel con una pierna para patearle la cara con
la otra? Encima, estaba tirando de la cola del otro, que intentaba apartarlo de
los otros dos tirándole del pelo.
Puta
mierda, era el mejor jodido espectáculo que había visto. Una parte de él habría
aplaudido y apostado todo su dinero por Deku.
La
otra parte iba a reventarlos a hostias.
—¡DEKU!
—rugió.
Los
cuatro se detuvieron para ver cómo Katsuki acortaba la distancia entre ellos en
cuestión de segundos. Aun así, fue tiempo suficiente para que los tres extras
de mierda palidecieran aterrorizados y que el rostro de Izuku se convirtiera en
puro alivio.
Sacó
sus garras mientras saltaba hacia ellos con una enorme y sádica sonrisa. ¿Qué
mejor forma de empezar Halloween que destrozando a tres idiotas?
Izuku
debió de aflojar su agarre al verlo, porque el lobel al que había cogido por la
cola se escabulló. La loba aprovechó y le dio un cabezazo en el mentón que lo
distrajo lo suficiente como para que el otro lobel escapara también. Luego,
ella los giró y se colocó sobre el doncel, sacando sus garras y dejándolas sobre
su cara.
Katsuki
aterrizó frente a ella a cuatro patas y le gruñó con rabia, mostrando los
colmillos. Ya no sonreía. Ahora la mataría de verdad.
—¡Estás
muerta, perra! —le ladró.
La
loba sangraba profusamente por la nariz y tenía la oreja izquierda hecha una
mierda por los mordiscos de Izuku. Sus ojos eran azules y lo fulminaba con la
vista.
—No
te acerques —jadeó—, o le haré daño.
—Que
te lo has creído —masculló Izuku, dándole un rodillazo en el culo que la lanzó
hacia delante.
El
doncel fue rápido y los hizo girar de nuevo, quedándose arriba en una posición
dominante. Iba a lanzarse sobre ella de nuevo, pero Katsuki fue más rápido y lo
agarró por la cintura, elevándolo sin dificultad y alejándolo de los tres
lobos. Después, lo dejó en el suelo y se posicionó delante, cubriéndolo con su
cuerpo.
—A
mi espalda, Deku —gruñó Katsuki.
Deku
resopló, pero no se movió de donde estaba. Buen chico.
La
loba lo señaló con un dedo.
—¡No
te escondas ahora, ovejita! ¡Pelea!
—Pelea
mejor con alguien con garras, Azulita —sonrió Katsuki—. Albino y Afeminado
pueden unirse también.
Los
lobeles se quedaron resguardados tras dos árboles. El olor de su miedo llegaba
desde allí.
Katsuki
supo que tenía esa pelea ganada.
—¡Rin!
Frunció
el ceño al ver a Pelorayas acercarse a Azulita. La rodeó con un brazo por los
hombros. La otra hembra suavizó sus rasgos.
—Yuko,
lo siento.
Katsuki
gruñó con fuerza, ensanchando su pecho y con la cola erizada por completo. Sus
orejas estaban echadas hacia delante.
—¿Qué
mierda es esto? ¿Una jodida emboscada?
En
vez de responder, Tsubaki buscó con los ojos a Izuku. Katsuki procuró
mantenerlo escondido tras su cuerpo.
—Te
he hecho una puta pregunta, Pelorayas.
Ella
apretó los labios.
—Quería
demostrar que no era para ti.
Katsuki
respiraba con fuerza, casi resoplando por la ira. Sus ojos dorados brillaban.
—Yo
os mato…
De
repente, Izuku empezó a toser con fuerza y Katsuki sintió cómo su cuerpo
descendía. Al darse la vuelta, el doncel estaba de rodillas, tosiendo de forma
horrible, como si se le hubiera atragantado algo en la garganta. En sus manos
había unas gotas de sangre.
—Mierda,
no —maldijo, agachándose a su lado e instándolo a sentarse. Puso su espalda
recta y le echó la cabeza hacia atrás—. Vamos, Izuku, respira.
Él
lo intentó mientras Katsuki rebuscaba en su bolsillo derecho, encontrando su
inhalador con facilidad.
Izuku
no consiguió respirar por su propia cuenta. Su tos seguía siendo terrible. Al
final, el propio doncel le pidió que le acercara el inhalador.
Katsuki
lo sacudió antes de ayudarlo con la primera dosis. Izuku la tomó y después
intentó respirar de forma pausada.
—¿Está
bien? —preguntó Rin, acercándose un poco. Parecía realmente preocupada.
Katsuki
alzó la mano libre para callarla. Estaba contando en su cabeza, calculando el
minuto, igual que hacía Izuku mientras seguía haciendo un esfuerzo titánico por
mantener una respiración lenta, aunque todavía se le escapaba alguna tos. Por
suerte, no sonaba tan mal como antes.
Cuando
el minuto pasó, Katsuki le dio la segunda dosis.
Izuku
tomó una respiración profunda y se apoyó contra Katsuki, que le rodeó los
hombros con un brazo.
—¿Estás
bien?
El
doncel asintió y se dejó caer la espalda contra el pecho de Katsuki, que le
rodeó la cintura con un brazo en ademán protector.
—¿Necesita
algo?
El
lobo le lanzó una mirada asesina a Tsubaki. Ella, Azulita y los dos lobeles se
habían acercado. Todos parecían asustados.
—¿De
vosotros? Que os larguéis.
Tsubaki
bajó la vista y agachó las orejas.
—No
era nuestra intención que fuera tan lejos.
—¿Y
cuál era vuestra jodida intención? ¿Ah? —ladró, estrechando a Izuku un poco más
contra sí—. ¿Tres contra uno? ¡No me jodas! Incluso contra otro lobo sería
juego sucio.
—Solo
queríamos asustarlo un poco —admitió Azulita, mirando el suelo y con las orejas
contra la cabeza—. No esperaba que peleara.
—¿Y
qué otra puta cosa podía hacer? —les gritó, cada vez más enfadado. Si no se
había levantado ya para partirles la cara era porque todavía le preocupaba Deku.
Aún respiraba con pesadez y estaba un poco tembloroso.
Espera,
¿temblores? Eso era nuevo.
Antes
de que pudiera procesar ese pensamiento, Izuku empezó a sacudirse con
violencia.
—¿Izuku?
—lo llamó.
Su
cuerpo cayó en sus brazos entre fuertes espasmos. Sus ojos se encontraron al
mismo tiempo que empezó a salir espuma de su boca. Un brillo de reconocimiento
apareció en los ojos de Katsuki, que se apagaron hasta volver a ser rojos.
—No.
Mierda, ¡no! —gritó antes de dejarlo sobre tumbado sobre el suelo. Izuku se
sacudió con más fuerza, su garganta empezó a hacer sonidos de asfixia.
—¿Qué
le pasa? —preguntó un aterrorizado Albino.
—¡Se
está ahogando! —respondió a la vez que le echaba la cabeza hacia atrás y le
abría la boca. Izuku puso los ojos en blanco.
—¡Dale
el inhalador! —chilló Pelorayas.
—¡Ahora
no sirve! —replicó Katsuki—. ¡La mucosa de mierda está obstruyendo su garganta!
¡Necesita atención médica! —Los miró con los ojos muy abiertos y señaló el
pueblo—. ¡Buscad a mi madre! ¡Decidle que…!
Se
interrumpió cuando un ruido desgarró la garganta de Izuku. Arqueó la espalda,
su cuello se hinchaba y relajaba, como si fuera a vomitar, pero, de repente, su
cuerpo quedó laxo y sus ojos se vaciaron mientras más espuma resbalaba por sus
labios.
Azulita
se llevó las manos a la boca y los lobeles se echaron a temblar. Pelorayas
estaba muy pálida y el horror era fácil de leer en su expresión.
—Está…
—¡No,
joder! —gritó Katsuki antes de rugirles—. ¡Buscad a mi madre, ya!
Los
cuatro salieron disparados de allí. Katsuki juró que escuchó un sollozo ahogado
por parte de Azulita.
Sin
pérdida de tiempo, sacó el móvil y marcó el número de su madre.
—Vieja,
soy yo. ¿Ah? ¡No, no necesito más de tus consejos de mierda para eso! —Hizo una
pausa en la que gruñó—. No, gracias por eso. Oye, cuatro lobos idiotas se han
estado metiendo con Izuku. —Otra pausa que hizo sonreír a Katsuki—. Me parece
genial porque los he enviado a casa. Luego te lo cuento. Sí, Deku está bien, ha
hecho lo de la espuma.
—Mi
espíritu los perseguirá hasta los confines del mundo… —recitó este con una voz
muerta mientras levantaba los brazos como si fuera un zombi. Sus ojos aún
parecían perfectamente vacíos.
Katsuki
le dio un manotazo, aunque su sonrisa se ensanchó.
—Límpiate
esa mierda, Deku.
Esta
vez, el doncel soltó una carcajada y sus ojos volvieron a brillar con
diversión.
Katsuki
le prestó atención de nuevo a su madre. Frunció el ceño.
—¿Qué?
Cuando he llegado eran tres contra uno, se lo merecían. —Una pausa en la que
Katsuki relajó su postura—. Sí, eso funciona para mí. No, no vamos a repetirlo
por ahí, estaremos en la madriguera. Sí, gracias. Adiós. —Colgó y se giró hacia
Izuku con los ojos brillantes—. Eso ha sido jodidamente retorcido.
Este
se había sentado y se estaba limpiando la espuma con un pañuelo. Sonreía.
—Has
dicho que se lo merecían.
—Sí,
joder, has estado genial —dijo tirando de él para abrazarlo mientras se echaba
a reír.
A
Izuku se le escapó una carcajada.
—Tú
también lo has hecho muy bien, Kacchan.
—Por
un segundo, me asustaste.
—Sabía
que te darías cuenta enseguida.
Katsuki
rio con fuerza antes de separarse y mirarlo con intensidad. Había tonos dorados
entre sus irises rojos.
—Estoy
jodidamente orgulloso. Tres contra uno, y estabas ganando. —Soltó otra
carcajada mientras la malicia se asomaba en su sonrisa—. Mierda, pienso
contárselo a todo el mundo. Ha sido grandioso, cuando lo vi, casi no me lo
podía creer.
Izuku
le dio un puñetazo amistoso en el hombro.
—Fuiste
tú el que me dijo que una presa asustada es una presa fácil. Solo seguí tus
consejos.
El
dorado empezó a prevalecer en los irises rojos de Katsuki. Le sonrió de un modo
más suave, contemplando a Izuku como si fuera capaz de ver más de lo que al
doncel le gustaría. Hizo que se sonrojara enseguida, por lo que apartó la
vista.
—Esto
hay que celebrarlo —dijo Katsuki.
Izuku
vio por el rabillo del ojo que se ponía en pie. Él se movió más lento,
necesitando un segundo para recuperarse y que su corazón volviera a su sitio.
Entonces,
las manos de Katsuki aparecieron ante sus ojos, ofreciéndose a ayudarlo.
Incapaz de rechazarlo, las tomó y el lobo lo levantó con facilidad. Cuando
estuvieron de frente, Katsuki tomó su rostro con una mano y lo sujetó.
Pese
a que se dio cuenta de que estaba buscando heridas, Izuku no pudo evitar que su
sonrojo se acentuara.
—No
parece que te hayan hecho mucho daño —dijo con el ceño fruncido, examinándolo y
moviendo su rostro de un lado a otro con cuidado—. Me preocupé cuando olí la
sangre.
—S-solo
son unos rasguños —intentó decir con naturalidad, aunque hasta él se dio cuenta
de que sonó nervioso.
Katsuki
lo observó durante tres segundos más y después asintió para sí mismo antes de
soltarlo. Izuku suspiró aliviado cuando fue a recoger su mochila, realmente
necesitaba un minuto para calmarse.
—Vamos
a mi madriguera —dijo Katsuki, pasando por su lado—. Te curaré esas heridas y
seguiremos con nuestros planes. Bastante nos han jodido ya —gruñó a la vez que
se estremecía dentro su abrigo—. Me muero de hambre y la temperatura está
bajando.
Izuku
sonrió.
—Me
parece bien.
Katsuki
lo esperó y, antes de darse cuenta, y sin haberse recuperado de la carrera que
estaba haciendo su corazón, lo cogió de la mano para guiarlo, a pesar de que
Izuku conocía de sobra el camino.
Su
rostro lo traicionó de nuevo, estaba convencido. Al mirar a Katsuki, este
sonreía satisfecho.

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