Cacería

 


Esta vez, Izuku no corría por el bosque. No había gritos ni lágrimas, sin embargo, tampoco sonreía.

Suspiró mientras intentaba apartar cualquier pensamiento negativo. Estaba de camino a la madriguera de Katsuki para pasar Halloween con él, como todos los años. Llevaba las costillas sangrientas y los huesos cocidos, como siempre, y, como ya era costumbre, cenarían mientras veían las películas de miedo de ese año y discutirían por qué las japonesas eran claramente superiores a la exasperante sencillez de las americanas, basadas en sustos que, oh, sorpresa, todos veían venir.

No quería que Kacchan se preocupara por él. Solo quería pasar un buen rato con su mejor amigo, divertirse y celebrar su festividad favorita desde que era niño. Por un rato, quería olvidar los últimos dos meses, los más horribles de su vida.

El invierno pasado, tosió sangre por primera vez. Al principio, parecía que solo era su bronquitis, que había empeorado temporalmente, pero cuando los ataques respiratorios se hicieron más fuertes y la sangre se convirtió en una constante, tuvieron que hacerle un examen más exhaustivo.

Tenía EPOC. Enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Sus vías respiratorias estaban obstruidas.

Su caso no era especialmente grave ya que la causa parecía ser su genética más que haber estado expuesto a la contaminación o al tabaco. Tendría una vida normal, aparte de que siempre tendría ataques respiratorios y necesitaría su inhalador, pero eso ya lo había asumido desde niño, cuando le diagnosticaron la bronquitis crónica.

Tendría una vida normal… Aunque ya no podría cumplir su sueño. Su enfermedad no era compatible con el trabajo de bombero. Sus pulmones empeorarían con la inhalación de humo.

Tantos años cuidándose y preparándose para hacer las pruebas de la academia… a la basura. Fue duro y… frustrante. Siempre hubo la posibilidad de que, con su físico, no pudiera pasar las pruebas, pero, al menos, había deseado hacer el intento, no quedarse con la duda de que tal vez hubiera podido llegar ahí.

Pero, una vez detectaron la EPOC, eso ya no fue posible.

Y, luego, estaba Kacchan. O, mejor dicho, sus sentimientos por él.

De forma instintiva, se llevó los dedos al collar que le regaló tres años atrás, ya ceñido a su cuello desde su ceremonia de mayoría de edad.

Pese a su estado de ánimo, fue incapaz de no sonreír al pensar en ese día. Siempre sería de sus favoritos.

En aquel entonces, ya sabía que se había enamorado de él. Al principio, lo puso muy nervioso, temiendo que eso arruinaría su amistad, pero, tras una búsqueda en internet, pensó (o se convenció, más bien) de que no era más que un tonto enamoramiento adolescente que acabaría pasando de largo y se quedaría como una graciosa anécdota de la que se reiría más tarde.

Después de todo, no era difícil enamorarse de Kacchan, lo tenía comprobado. A los diecisiete años ya estaba totalmente recuperado de su enfermedad y no quedaban signos en su cuerpo que pudieran dar señal alguna de que la había padecido. Ya no estaba delgado, ahora era atlético y se le habían ensanchado la espalda y los hombros. No era tan robusto como Kirishima, pero competía con él sin problemas en lo que a fuerza bruta se refería. Tampoco superaba en velocidad a Kaminari, sin embargo, era más astuto, inteligente y hábil. En los últimos años, había ganado todas las competiciones deportivas de su escuela con una arrogante sonrisa, demostrando a todos esos “extras” que lo habían menospreciado cuando estuvo enfermo que seguía siendo mejor que ellos.

Además, tenía un olfato increíble. Sus habilidades para rastrear y cazar estaban muy por encima de los demás, tan solo superado por los adultos y por pura falta de experiencia. Aun así, no cabía duda de que tenía talento y habilidad, estaba seguro, como todos los demás, de que la UA lo aceptaría para ingresar en el programa de rescate. Había muchos cambiantes allí y alguien como Kacchan, que tenía un gran olfato, sería genial para encontrar personas desaparecidas en montañas.

Por tanto, que hubiera tenido tantos pretendientes ese último año no era de extrañar. Las lobas y lobeles revoloteaban constantemente a su alrededor a pesar de la mala leche con la que su amigo trataba de ahuyentarlos. A Izuku le llamaba mucho la atención, los hombres lobo tenían carácter, pero no tanto como Kacchan, que tendía a intimidarlos, y, aun así, tras un tiempo acababan volviendo tras él.

Se preguntaba a menudo si era algo instintivo por el hecho de que Kacchan sería el alfa de la manada o era simplemente por su físico, habilidades y fuerte personalidad. No le sorprendería, tampoco.

Fuera como fuera, Kacchan los rechazaba a todos. Solía decirle que no iba a perder el tiempo con unos extras que lo habían despreciado en el pasado. Totalmente comprensible, también.

Nunca se lo dijo, pero eso lo alivió. No tanto por estar enamorado de él, sino porque no quería que se atara a alguien que no estuvo a su lado cuando más le hacía falta.

Así, el día de su ceremonia de mayoría de edad, él y su madre fueron invitados a asistir. La gran mayoría de invitados eran los miembros de la manada, pero ya no era extraño que los jóvenes lobos trajeran como invitados a humanos u otros cambiantes, por lo que su presencia no fue una sorpresa.

Y, como prometió, Izuku se puso el collar que le había entregado años atrás. Al principio, eso lo puso nervioso, ya que todos los lobos lo miraron sorprendidos, otros soltaron risillas y le dijeron que era un doncel afortunado, pero ninguno quiso decirle el significado. Los pocos que fueron comunicativos con él le hicieron saber que no era algo que un lobo le regalaría a cualquiera y que debía sentirse honrado porque Katsuki, siendo como era, se lo hubiera dado.

Aunque lo que lo tranquilizó fue ver la aprobación en la mirada de los padres de Kacchan. Le aseguraron que no tenía de qué preocuparse y que a su hijo le haría muy feliz que lo hubiera aceptado. De modo que dejó de preocuparse y solo esperó a que su amigo saliera para su ceremonia.

Y, tal y como le dijeron Mitsuki y Masaru, cuando Kacchan lo vio, sus ojos cambiaron de color al instante y esbozó la sonrisa más grande que le había visto nunca. De hecho, ignoró todos los protocolos de la ceremonia para lanzarse sobre él y abrazarlo.

Entonces, se lo mostró. Kacchan también tenía otro collar, rojo, pero con sus nombres y la fecha en la que se conocieron. Igual que el suyo.

Le hizo muy feliz. A Kacchan le echaron una bronca de mil demonios por interrumpir su propia ceremonia, pero Izuku sabía que no podía importarle menos y pasó mucho rato mirándolo con esa sonrisa, como si le hubiera hecho el mejor regalo posible.

De hecho, en cuanto terminaron todas las formalidades, Kacchan volvió a abrazarlo con fuerza y ya no se separó de él en toda la tarde. Izuku pensó que tal vez podía aprovecharse de su buen humor para sonsacarle lo que querían decir los collares, pero su amigo se rio, le dijo que no picaría, que, hasta Halloween, no soltaría prenda, y, luego, lo abrazó otra vez y le dio las gracias por haber cumplido su promesa.

Desde entonces, Kacchan había llevado puesto ese collar, por lo que Izuku tampoco se quitó el suyo. Porque empezó a sospechar lo que querían decir y por qué todo el mundo parecía tan contento por ellos, hasta Kaminari y Kirishima les dieron una efusiva enhorabuena.

Además, Kacchan empezó a ser más cariñoso con él. De repente, sus salidas cuando estaban solos empezaron a parecerse más a citas que a dos amigos divirtiéndose juntos. A menudo lo tomaba de la mano, lo abrazaba y en un par de ocasiones hasta lo había besado en la frente.

Era normal que Izuku se hubiera hecho falsas esperanzas… ¿no?

O tal vez le estaba dando demasiadas vueltas, ya no podía estar seguro. Sabía que no podía fiarse por completo de alguien como Tsubaki, la cual, estaba convencido, iba detrás de Kacchan… Pero…

¿Y si tenía razón?

¿Y si, incluso si fuera correspondido, no era adecuado para él?

Suspiró, apretando el collar con fuerza, intentando ignorar el dolor que se estaba haciendo un hueco en su pecho y las punzadas que golpeaban su cabeza. Últimamente, le sucedía mucho. Eran ya tantas cosas que a veces sentía que iba a estallar, incluso estaba convencido de que su aumento de ataques respiratorios estaba relacionado con toda la niebla que oscurecía su mente. Podía lidiar con su enfermedad y hacer frente a su sueño roto, pero lo de Kacchan…

Realmente había creído que había algo entre ellos. Cómo lo tomaba de la mano cuando habían salido por el pueblo o ido de senderismo a las montañas, el modo en el que lo abrazaba cuando estaban en la madriguera viendo alguna película o incluso la forma tierna en la que lo miraba a veces. Aquella vez que lo besó en la frente después de acompañarlo a casa el día siguiente a su ceremonia de mayoría de edad, con esos ojos brillantes, ahora dorados en vez de azules, debido a que ya era un lobo adulto.

Y ese verano…

Uf, mejor no pensar en ello. Izuku siempre había pensado que era un romántico empedernido hasta que Kacchan insistió en pasar más tiempo en el agua que en tierra firme, ya fuera en una piscina, la playa o un río. Verlo sin camiseta sin sonrojarse o que le hormigueara la piel ya era difícil, pero cuando el contacto físico empezó a estar involucrado, más de lo debido en su opinión, fue inevitable que empezara a investigar ciertos contenidos adultos sobre hombres lobo.

Resultado: usar camiseta de baño para esconder sus pezones y usar todo tipo de productos aromáticos más fuertes para esconder lo mojado que se ponía cada vez que Kacchan le decía de ir a cualquier lado donde hubiera agua, desde champú y gel hasta colonias naturales. Y, a pesar de eso, maldición, estaba seguro de que el muy canalla se había dado cuenta de todos modos. Maldita sea, es que estaba convencido de que lo usó a su favor para jugar con él, acorralarlo y cazarlo cuando le convenía para acabar abrazados y demasiado cerca para los términos de amistad que él tenía en su cabeza.

Es decir, todo, absolutamente TODO parecía gritar que ahí había algo. Puede que él no tuviera ni idea de cómo coquetear, pero eso ya parecía algo evidente.

Sin embargo, entonces, cuando se convencía de eso otra vez, la conversación de Tsubaki aparecía en su cabeza de nuevo. Y vuelta a empezar. Inseguridades, malestar, depresión. Luego, intentaba convencerse de hablar con Kacchan para despejar todas sus dudas, pero el miedo lo retenía.

¿Y si Tsubaki tenía razón?

Su enamoramiento ya no parecía tan adolescente. El rechazo dolería más que un simple capricho amoroso. No podría ver a Kacchan, al menos, no durante un tiempo. Tendría que plantearse estudiar lejos de la UA, tal vez incluso trasladarse a una residencia de estudiantes para no coincidir cuando estuvieran en casa. Todo en un intento de preservar su amistad, aunque sabía que, si se confesaba, ya nunca sería lo mismo.

Gruñó cuando el dolor de cabeza se intensificó y se llevó la mano a la frente.

Debía calmarse, despejar la mente. Esa noche no le daría más vueltas a nada. No quería. Por una vez en dos meses, solo quería pasarlo bien con Kacchan.

Casi agradeció que un roce suave en la vegetación lo distrajera. Conocía ese tipo de sonido.

Se detuvo y miró a su alrededor. A primera vista, todo parecía normal. Las hojas de los cedros susurraban por la fría brisa de la tarde y los arbustos se balanceaban a ambos lados de un camino despejado. Sin embargo, había un par de helechos que se sacudían con más fuerza que el resto.

—¿Kacchan? ¿Kirishima? ¿Kaminari? —preguntó. Sabía que eran más de uno. Tal vez sus amigos querían jugar a cazarlo, aunque hoy no le habían avisado.

Era raro, al menos en Kacchan. Él se lo habría dicho para que pudiera usar todo su arsenal de trampas para ralentizarlos.

—Vaya, no tiene mal oído.

Izuku frunció el ceño. No reconocía la voz.

De entre los arbustos, aparecieron una loba y dos lobeles. La primera tenía el pelo azulado largo hasta la cintura y su corte era erizado y salvaje. Llevaba unos vaqueros cortos sobre unas mallas negras y una chaqueta color verde oliva con una gran capucha de pelo. Uno de los lobeles tenía el cabello blanco y corto e iba vestido con una cazadora gris y pantalones ajustados, mientras que el otro tenía el pelo largo hasta los hombros y oscuro, llevaba un jersey negro de cuello alto y unos vaqueros que le daban a su figura un aire muy estilizado.

Pese a que no tenían posturas amenazantes, Izuku presintió que no eran amistosos. Tal vez porque ella se deslizó hacia el camino despejado mientras que los otros dos seguían posicionados a ambos lados, entre la vegetación, como si cubrieran los flancos.

Le recordaba a Kacchan cuando cazaba con Kirishima y Kaminari.

—¿Quiénes sois? —preguntó, reteniendo el impulso de echar un pie hacia atrás. Sabía que se darían cuenta enseguida y no quería activar sus instintos de caza.

La loba sonrió de medio lado y cruzó los brazos a la altura del pecho. Le dio mala espina.

—Somos de la manada de Bakugo.

Él ladeó la cabeza. Sí, lo había sospechado por las orejas y las colas. Su manada era la única en ese territorio.

—Y… ¿Queréis algo?

Ella se encogió de hombros.

—Solo veníamos a decirte que ha cancelado vuestros planes —dicho esto, lo miró con malicia—. Va a venir a la cacería de esta noche.

Izuku frunció el ceño.

Las cacerías eran reuniones donde las lobas y lobeles buscaban pareja para pasar el celo. Por lo que había leído, solían ser civilizadas, pero, en ocasiones, los más jóvenes solían jugar a perseguir a lobas y lobeles por el bosque, o, en casos más extremos, dos lobos peleaban entre sí por la misma persona.

Además, tenían otro propósito. Los hombres lobo se apareaban de por vida, por lo que no tenían relaciones espontáneas, ni de una noche, ni de amigos con derecho a roce o cualquier otro término que indicara que no era algo serio. Siempre que salían con alguien, lo hacían de cara a algo que pudiera durar toda la vida.

De modo que las cacerías eran una forma de buscar una pareja compatible para convertirse en un compañero. No siempre se encontraban a la primera, pero era seguro que, durante el celo, la pareja permanecía junta como una especie de ensayo de cara a la convivencia y un fuerte compromiso.

Solían celebrarse cada tres meses, pero Kacchan nunca había asistido a una, a pesar de que la edad de consentimiento era a partir de los dieciséis.

—Lo dudo —dijo—. Me lo habría dicho.

La loba puso los ojos en blanco, sin dejar de sonreír.

—Oh, claro. Le habría dicho al cachorrito humano que siempre lo persigue que, en vez de seguir con su infantil tradición, va a pasar una noche caliente con alguien capaz de satisfacer sus necesidades.

Los lobeles rieron, pero Izuku no se inmutó.

—Me refería a que me habría dicho que se cancelan nuestros planes —replicó, seco.

No le importaba darles la sensación de que perseguía a Kacchan. Él mismo se sentía de ese modo a veces; su amigo había sufrido una horrible enfermedad, la había superado y ahora estaba mejor que nunca. Además, era un hombre lobo, tenía sus sentidos, garras, colmillos, reflejos, fuerza, velocidad…

En cambio, Izuku no tenía nada. No tendría ni una posibilidad contra un cambiante a menos que fuera armado o muy buen luchador, y ni siquiera podía aspirar a eso. No desde que su salud empeoró.

Salvo durante la enfermedad de Kacchan, siempre pensó que estaba por detrás de él.

Pero eso no quería decir que fuera alguna especie de perrito faldero. Era su amigo y estaba orgulloso de ser de los pocos a los que aceptaba cerca. Incluso si era un humano débil y patético, sabía que Kacchan siempre lo había apreciado mucho y que atesoraba su amistad.

En realidad, lo que más le molestaba de esos tres era que pensaran que era idiota. ¿De verdad creían que iba a aceptar su palabra sin más? ¿Desde cuándo Kacchan enviaría a unos tipos que ni siquiera eran amigos suyos para darle un mensaje que le podría haber dado él mismo?

La loba ya no sonreía y los lobeles agacharon un poco la cabeza con las orejas bajadas. El de pelo blanco gruñó:

—¿Acaso te dice todo lo que hace? ¿Tan cercanos creéis que sois?

Izuku le lanzó una mirada de pocos amigos.

—Kacchan no necesita mensajeros —dicho esto, les enseñó el móvil—. ¿Queréis que le llamemos y le preguntemos?

De repente, algo golpeó su brazo y su móvil salió volando.

Izuku se quedó congelado. Conocía bien la velocidad de los lobos, pero no esperaba que hicieran eso.

—¿De qué va esto? —le preguntó a la loba, que le había arrebatado el teléfono.

Sus aires de superioridad se habían esfumado. Ahora lo miraba con evidente disgusto.

—Deja de perseguir a Bakugo, joder. No te lo diré otra vez. No eres apto para él.

Izuku parpadeó.

—¿Qué?

Ella gruñó y lo agarró por la chaqueta, enseñándole los colmillos.

—Me molestas. Odio el modo en el que hueles siempre que estás cerca de él, es insoportable. ¿No ves que solo siente lástima por ti? No eres más que un pequeño humano enfermo al que ha acogido bajo su ala por lástima. —Lo sacudió—. ¿Qué puedes hacer por él? No entras en celo, no puedes defenderte solo, no puedes cazar, ¡ni siquiera puedes correr sin que te dé un estúpido ataque! —gritó molesta, arrojándolo al suelo.

Izuku maldijo en su fuero interno y miró rápidamente a su alrededor. No entendía a qué demonios venía eso de repente, pero no iba a quedarse a averiguarlo. La loba parecía agresiva y los lobeles la seguían. Se estaban acercando demasiado para su gusto.

¿Qué podía hacer? Un tres contra uno no era viable, ni siquiera lo sería contra uno solo. Podía intentar escapar, pero no había traído sus trampas olfativas para despistarlos. Podría rodar por tierra y la hierba, pero, para eso, antes tenía que alejarse de ellos y necesitaría al menos un minuto para ocultar su aroma. Y esos tres no se lo darían.

¿Buscaba ayuda? Kacchan debería estar de camino. Odiaba tener que darles la razón a esos tres sobre que no podía hacer nada solo contra un cambiante, pero era la maldita realidad y no era tan tonto ni orgulloso como para intentar demostrar lo contrario.

Se puso en pie de un salto, pero uno de los lobeles lo agarró por el cuello de la chaqueta y lo lanzó contra la loba. Ella le dio una patada baja en los pies que lo tumbó al instante con un golpe fuerte.

Sí, en cuanto a su plan de buscar ayuda, estaría bien si tuviera una mínima oportunidad de recuperar su teléfono y llamar a Kacchan, o de correr en dirección a su casa.

No tenía buena pinta.

De repente, la loba ya estaba encima de él, enseñándole los dientes.

—No sé qué demonios ve en ti. No eres más que una ovejita asustada. Tsubaki es perfecta para él y tú vas a dejar de estar en medio.

¿Tsubaki? ¿Todo esto era por ella? Pero ¿por qué ahora? Así, sin venir a cuento.

No lo entendía. Él no le había dicho nada a Kacchan sobre sus sentimientos. Entonces, ¿a qué venía este ataque? ¿Tsubaki los había enviado? ¿Creía que era una amenaza?

La loba lo cogió del pelo y lo obligó a levantar la cabeza, haciendo que soltara un gemido de dolor.

—Mírame, ovejita —le ordenó. Sus ojos violáceos estaban cambiando de color a azules—. Las presas no pueden estar con su depredador, ¿lo entiendes? Mantente alejado de él o te comeremos.

Al escuchar eso, Izuku se quedó paralizado por un momento.

No fue por miedo. Fue por rabia.

Era cierto que había pensado en marcharse si era rechazado, pero todavía no había decidido nada. También que era débil y patético en comparación a un cambiante, y que Kacchan probablemente se merecía a alguien tan genial como él, aunque dudaba que esa persona fuera Tsubaki.

Pero ¿alejarse de él porque otro se lo decía? ¿Renunciar a su amistad así sin más? ¿Al vínculo más preciado que tenía?

Ni hablar.

Una presa asustada es una presa fácil. Si algo te da miedo, grítale, insúltale y mándalo al infierno.

… A la mierda. Tal vez era más estúpido y orgulloso de lo que creía.

—Haré lo que me dé la gana, extra de mierda —masculló, fulminándola con la mirada.

La loba parpadeó y echó la cabeza hacia atrás.

—¿Cómo has dicho?

—¡Me has oído, perra! —dijo antes de darle un certero puñetazo en la nariz que la lanzó hacia atrás.

Izuku no perdió el tiempo y se abalanzó sobre ella. Los lobeles estaban tan boquiabiertos que les costó reaccionar, pero, al final, se acabaron lanzando sobre él, intentando apartarlo.

Sabía que no tenía la más mínima oportunidad. Sin embargo, ya que no podía escapar ni luchar, al menos no sería el único que saldría magullado de allí.

Como diría Kacchan, si lo golpeaban, solo tenía que golpear más fuerte aún.

 

 

—¿Qué mierda quieres? —preguntó Katsuki con los brazos en jarra—. Tengo cosas que hacer.

La loba se cruzó de brazos con expresión seria. Tenía una estatura media y era de constitución delgada y fina, diferente de la mayoría de las lobas, que eran un poco más atléticas. Sin embargo, no había que dejarse engañar; las habilidades de Tsubaki estaban por encima del resto de sus compañeros de clase, razón por la que le había tocado aguantarla ese año a la hora de hacer trabajos conjuntos.

Por ello y por su aspecto, era la más popular. El contraste entre su piel pálida de porcelana y su cabello negro medianoche, brillante y liso, probablemente debía de considerarse espectacular. Además, en la parte izquierda tenía mechones rojo fuego muy llamativos que combinaban con el pelaje de sus orejas y su cola, negro con reflejos rojizos.

Para Katsuki, sin embargo, solo era una extra más. De hecho, él no le prestó atención a sus leggins negros que realzaban sus piernas largas, que terminaban en unas botas de color caoba, ni al jersey ancho de rayas negras y marrones que dejaba su clavícula al descubierto. Era evidente que se había vestido para la cacería y que estaba buscando un candidato para ser su compañero.

No, él solo prestaba atención al modo estratégico en que sacudía la cola, lanzando el olor de su celo hacia él.

Le gruñó con fuerza, enseñando los colmillos.

—¿Me tomas por idiota? Ese truco no te funcionará conmigo.

Tsubaki movió de forma distraída su cabello y sus pestañas revolotearon cuando parpadeó hacia él. Sus ojos oscuros brillaron con algunas pinceladas doradas.

—Nunca he pensado que lo fueras, Bakugo. Sin embargo, los dos sabemos lo que el celo produce en los machos. Está bien, no puedes evitarlo.

Katsuki controló su respiración para aspirar el aroma lo menos posible.

Joder, no era la primera vez que una loba le hacía eso, pero lo molestaba a niveles tan estratosféricos que el verdadero desafío no era evitar abalanzarse sobre ellas para follar, sino contener las ganas de enzarzarse a hostia limpia con ellas.

Se llevó una mano al collar y tiró de él para que Tsubaki tuviera una buena visión.

—¿Ves esto? ¿Sabes lo que significa? ¿Sí? Pues que te joda otro —dicho esto, dio media vuelta para irse.

Estaba en el bosque de camino a su madriguera cuando esa extra lo había parado. Como si él no tuviera nada mejor que hacer que prestarle su atención.

Ese día era importante, joder. Deku estaba pasando por una mala racha de la que parecía no saber cómo salir y él iba a ponerle fin. El nerd parecía tan abatido que parecía haber olvidado incluso que hoy le diría el significado de sus collares, aunque estaba seguro de que lo intuía. Esa noche iba a confirmárselo e iban a hablar largo y tendido de lo que implicaría a partir de ahora. No esperaba que, con eso, se recuperara de la noche a la mañana de las noticias sobre su enfermedad, pero, al menos, quería que supiera que siempre lo tendría a su lado para ayudarlo y cuidarlo.

Llevaba toda la semana pensando en cómo hacerlo, aunque sus ideas siempre terminaban de la misma forma, por lo que, a la mierda, simplemente le quitaría esa mirada triste en los ojos a la fuerza. Deku no podría luchar contra eso, lo había comprobado.

Sin embargo, Tsubaki se interpuso en su camino. Su cola se movió de forma delicada en círculos.

—Por favor, Bakugo, pasa este celo conmigo. Somos muy compatibles, sé que podríamos ser buenos compañeros.

Katsuki tuvo que reunir cada gota de fuerza de voluntad para no sacudirla de forma violenta y sin que hubiera sangre involucrada. En momentos como aquel, lamentaba que su especie se hubiera vuelto más civilizada. Un siglo atrás, la habría zarpeado e inmovilizado en el suelo por lo que estaba haciendo.

¿Cómo de jodido era que ella pudiera usar su celo para provocarlo y él no pudiera simplemente lanzarla por los aires? Ni siquiera lo haría con toda su fuerza. Había tenido la desgracia de tenerla pegada ese año en sus clases porque eran los mejores, tanto en notas como habilidades, así que sabía de sobra que sería capaz de aterrizar sin hacerse mucho daño.

Pero no. Ahí estaba ella haciendo que su polla luchara contra sus pantalones y él no podía ponerle las garras encima. La vida era una mierda a veces.

Aun así, no se contuvo a la hora de hacerla a un lado con más fuerza de la necesaria para seguir adelante, pero ella vio venir el movimiento y rebotó en el suelo, regresando al camino, frente a él. Su cola se puso tiesa un instante antes de volver a hacer delicados círculos.

Katsuki resopló:

—¿Eres imbécil? ¿Qué coño tengo que hacer para que me dejes en paz? Tengo collar, así que no estoy en vuestro jodido catálogo de parejas potenciales para el apareamiento, de modo que déjame en paz de una puta vez.

Ella no se movió de donde estaba. Aun así, su mirada se volvió más cautelosa.

—Tu collar no significa nada si él no sabe lo que es.

La cola de Katsuki se erizó, sus orejas se movieron hacia delante. No pudo evitar que sus manos se convirtieran en garras, pero, eso sí, le enseñó los colmillos a propósito.

—Deku no es de tu jodida incumbencia.

Tsubaki comprendió la amenaza y, esta vez, retrocedió un paso con la cabeza gacha y las orejas pegadas a la cabeza en una posición sumisa.

—Lo es para la manada. Bakugo, tú serás el…

Katsuki dio un paso hacia ella con un fuerte ladrido. Sus ojos se habían vuelto dorados y brillaban con fuerza.

—Basta. Ya sé cuál es tu mentalidad de mierda, no eres la primera que viene a soltarme esas gilipolleces, pero está decidido. —Se aceró un paso más, cerniéndose sobre ella en toda su altura—. No vuelvas a molestarme. Si te he aguantado hasta ahora, ha sido porque no tengo más remedio, ya que estamos en la misma clase, pero en unos meses, se acabó.

Tsubaki frunció el ceño. No cedió esta vez y alzó las orejas, aunque no las echó hacia delante. No quería desafiarlo, pero tampoco iba a dejarlo estar como si nada.

—Sigo siendo la mejor opción, Bakugo. Lo sabes.

—No sabes una mierda sobre mí.

—Mi celo te afecta —dijo ella, lamiéndose los labios y descendiendo la mirada por su pecho—. No finjas que no lo hace.

Katsuki resopló y dio un paso hacia atrás, poniendo los ojos en blanco y cruzando los brazos.

—Genial, otra que se cree que estoy al nivel de los lobos que se vuelven locos por joder por el celo. —La miró casi con aburrimiento. Sus ojos regresaron a su tono rojizo—. Sí, estoy cachondo, ¿y qué? Soy un lobo y tengo olfato, no te sientas tan orgullosa de ti misma.

Ella relajó su postura, sacudiendo todavía su cola de forma que el olor de su excitación fuera hacia Katsuki. ¿Quería jugar a esa mierda? Por él estaba bien. Le demostraría que estaba por encima de su jodido celo.

—A eso es a lo que voy —dijo Tsubaki haciendo un gesto con la mano, como si quisiera remarcar una obviedad—. Tú eres un lobo, él no.

Katsuki hizo un sonido exasperado.

—Si tengo que perder un minuto más con mierdas evidentes, me voy.

—No puede ser lo que necesitas.

Él fingió un bostezo.

—¿En serio vas a usar ese argumento? Me decepciona y aburre a la vez.

—Nunca entenderá tus instintos.

Esta vez, Katsuki la fulminó con la mirada.

—No hables de lo que no sabes.

Tsubaki ladeó la cabeza.

—Incluso aunque lo comprenda, no podrá seguirte el ritmo. Correr, cazar…

—Yo no necesito perritos falderos como tú, Pelorayas —replicó Katsuki antes de sacarse el móvil del bolsillo y mirar la hora. Hizo una mueca—. Se te acabó el tiempo. Me largo.

La loba dio dos pasos hacia él, sacudiendo la cola con más fuerza.

—No puedes hacerlo —gruñó ella—. Tus instintos acabarán dominándote.

Katsuki le lanzó su sonrisa más arrogante.

—Mírame —dicho esto, aspiró aire profundamente, y, ante la mirada atónita de Tsubaki, resopló como si nada y se señaló la nariz—. No soy idiota, sé que has estado esparciendo el aroma de tu celo alrededor. ¿Y? Puedes hacer que me ponga duro como una piedra, y, aun así, no follaré contigo.

Por primera vez, la calma en el rostro de Tsubaki se resquebrajó y sus ojos se abrieron, incrédulos.

—No puede ser.

Katsuki se ajustó la mochila al hombro.

—Eres imbécil si crees que los instintos lo son todo. Al final, soy yo quien toma las decisiones. —Le enseñó el dedo medio mientras se marchaba, aunque no antes de lanzarle una advertencia—. No te me acerques a menos que sea para algo de clase.

—¡Espera! —gritó Tsubaki—. ¡No puedes…!

No pudo terminar de hablar, un grito tembloroso y agudo la interrumpió. Parecía querer imitar un aullido.

Todo el pelaje de Katsuki se erizó.

Deku.

Antes de pensarlo, ya estaba corriendo por el bosque con el corazón acelerado y los sentidos agudizados al máximo. Escuchó a Tsubaki ir tras él, pero no le importaba siempre y cuando no se metiera en su camino. Lo primero era llegar hasta Deku, él no habría hecho esa mierda de aullido a menos que estuviera en problemas.

Una brisa le trajo su aroma.

Sangre.

Gruñó y se puso a cuatro patas para ser más rápido e ir agazapado, evitando así ser visto al instante, ocultándose entre los arbustos. Olía a otros tres lobos con él, una hembra y dos donceles, envueltos en esa mierda de aroma a celo. Le sorprendió de forma agradable detectar su sangre también. No pudo contener una sonrisa ladeada.

¿Deku se metía en una pelea sin avisarlo? ¿Y contra tres hombres lobo? Eso era de mal gusto, nerd. Sabía lo mucho que disfrutaba de una buena pelea.

No tardó en escuchar los gruñidos, maldiciones y un desagradable chillido de dolor que no pertenecía a Izuku.

Al acercarse lo suficiente, la escena lo chocó tanto que estuvo a punto de detenerse solo para verlo mejor.

¿Ese era Deku sobre una loba? ¿Le estaba mordiendo la puta oreja? ¿Y cómo demonios había atrapado la cabeza de un lobel con una pierna para patearle la cara con la otra? Encima, estaba tirando de la cola del otro, que intentaba apartarlo de los otros dos tirándole del pelo.

Puta mierda, era el mejor jodido espectáculo que había visto. Una parte de él habría aplaudido y apostado todo su dinero por Deku.

La otra parte iba a reventarlos a hostias.

—¡DEKU! —rugió.

Los cuatro se detuvieron para ver cómo Katsuki acortaba la distancia entre ellos en cuestión de segundos. Aun así, fue tiempo suficiente para que los tres extras de mierda palidecieran aterrorizados y que el rostro de Izuku se convirtiera en puro alivio.

Sacó sus garras mientras saltaba hacia ellos con una enorme y sádica sonrisa. ¿Qué mejor forma de empezar Halloween que destrozando a tres idiotas?

Izuku debió de aflojar su agarre al verlo, porque el lobel al que había cogido por la cola se escabulló. La loba aprovechó y le dio un cabezazo en el mentón que lo distrajo lo suficiente como para que el otro lobel escapara también. Luego, ella los giró y se colocó sobre el doncel, sacando sus garras y dejándolas sobre su cara.

Katsuki aterrizó frente a ella a cuatro patas y le gruñó con rabia, mostrando los colmillos. Ya no sonreía. Ahora la mataría de verdad.

—¡Estás muerta, perra! —le ladró.

La loba sangraba profusamente por la nariz y tenía la oreja izquierda hecha una mierda por los mordiscos de Izuku. Sus ojos eran azules y lo fulminaba con la vista.

—No te acerques —jadeó—, o le haré daño.

—Que te lo has creído —masculló Izuku, dándole un rodillazo en el culo que la lanzó hacia delante.

El doncel fue rápido y los hizo girar de nuevo, quedándose arriba en una posición dominante. Iba a lanzarse sobre ella de nuevo, pero Katsuki fue más rápido y lo agarró por la cintura, elevándolo sin dificultad y alejándolo de los tres lobos. Después, lo dejó en el suelo y se posicionó delante, cubriéndolo con su cuerpo.

—A mi espalda, Deku —gruñó Katsuki.

Deku resopló, pero no se movió de donde estaba. Buen chico.

La loba lo señaló con un dedo.

—¡No te escondas ahora, ovejita! ¡Pelea!

—Pelea mejor con alguien con garras, Azulita —sonrió Katsuki—. Albino y Afeminado pueden unirse también.

Los lobeles se quedaron resguardados tras dos árboles. El olor de su miedo llegaba desde allí.

Katsuki supo que tenía esa pelea ganada.

—¡Rin!

Frunció el ceño al ver a Pelorayas acercarse a Azulita. La rodeó con un brazo por los hombros. La otra hembra suavizó sus rasgos.

—Yuko, lo siento.

Katsuki gruñó con fuerza, ensanchando su pecho y con la cola erizada por completo. Sus orejas estaban echadas hacia delante.

—¿Qué mierda es esto? ¿Una jodida emboscada?

En vez de responder, Tsubaki buscó con los ojos a Izuku. Katsuki procuró mantenerlo escondido tras su cuerpo.

—Te he hecho una puta pregunta, Pelorayas.

Ella apretó los labios.

—Quería demostrar que no era para ti.

Katsuki respiraba con fuerza, casi resoplando por la ira. Sus ojos dorados brillaban.

—Yo os mato…

De repente, Izuku empezó a toser con fuerza y Katsuki sintió cómo su cuerpo descendía. Al darse la vuelta, el doncel estaba de rodillas, tosiendo de forma horrible, como si se le hubiera atragantado algo en la garganta. En sus manos había unas gotas de sangre.

—Mierda, no —maldijo, agachándose a su lado e instándolo a sentarse. Puso su espalda recta y le echó la cabeza hacia atrás—. Vamos, Izuku, respira.

Él lo intentó mientras Katsuki rebuscaba en su bolsillo derecho, encontrando su inhalador con facilidad.

Izuku no consiguió respirar por su propia cuenta. Su tos seguía siendo terrible. Al final, el propio doncel le pidió que le acercara el inhalador.

Katsuki lo sacudió antes de ayudarlo con la primera dosis. Izuku la tomó y después intentó respirar de forma pausada.

—¿Está bien? —preguntó Rin, acercándose un poco. Parecía realmente preocupada.

Katsuki alzó la mano libre para callarla. Estaba contando en su cabeza, calculando el minuto, igual que hacía Izuku mientras seguía haciendo un esfuerzo titánico por mantener una respiración lenta, aunque todavía se le escapaba alguna tos. Por suerte, no sonaba tan mal como antes.

Cuando el minuto pasó, Katsuki le dio la segunda dosis.

Izuku tomó una respiración profunda y se apoyó contra Katsuki, que le rodeó los hombros con un brazo.

—¿Estás bien?

El doncel asintió y se dejó caer la espalda contra el pecho de Katsuki, que le rodeó la cintura con un brazo en ademán protector.

—¿Necesita algo?

El lobo le lanzó una mirada asesina a Tsubaki. Ella, Azulita y los dos lobeles se habían acercado. Todos parecían asustados.

—¿De vosotros? Que os larguéis.

Tsubaki bajó la vista y agachó las orejas.

—No era nuestra intención que fuera tan lejos.

—¿Y cuál era vuestra jodida intención? ¿Ah? —ladró, estrechando a Izuku un poco más contra sí—. ¿Tres contra uno? ¡No me jodas! Incluso contra otro lobo sería juego sucio.

—Solo queríamos asustarlo un poco —admitió Azulita, mirando el suelo y con las orejas contra la cabeza—. No esperaba que peleara.

—¿Y qué otra puta cosa podía hacer? —les gritó, cada vez más enfadado. Si no se había levantado ya para partirles la cara era porque todavía le preocupaba Deku. Aún respiraba con pesadez y estaba un poco tembloroso.

Espera, ¿temblores? Eso era nuevo.

Antes de que pudiera procesar ese pensamiento, Izuku empezó a sacudirse con violencia.

—¿Izuku? —lo llamó.

Su cuerpo cayó en sus brazos entre fuertes espasmos. Sus ojos se encontraron al mismo tiempo que empezó a salir espuma de su boca. Un brillo de reconocimiento apareció en los ojos de Katsuki, que se apagaron hasta volver a ser rojos.

—No. Mierda, ¡no! —gritó antes de dejarlo sobre tumbado sobre el suelo. Izuku se sacudió con más fuerza, su garganta empezó a hacer sonidos de asfixia.

—¿Qué le pasa? —preguntó un aterrorizado Albino.

—¡Se está ahogando! —respondió a la vez que le echaba la cabeza hacia atrás y le abría la boca. Izuku puso los ojos en blanco.

—¡Dale el inhalador! —chilló Pelorayas.

—¡Ahora no sirve! —replicó Katsuki—. ¡La mucosa de mierda está obstruyendo su garganta! ¡Necesita atención médica! —Los miró con los ojos muy abiertos y señaló el pueblo—. ¡Buscad a mi madre! ¡Decidle que…!

Se interrumpió cuando un ruido desgarró la garganta de Izuku. Arqueó la espalda, su cuello se hinchaba y relajaba, como si fuera a vomitar, pero, de repente, su cuerpo quedó laxo y sus ojos se vaciaron mientras más espuma resbalaba por sus labios.

Azulita se llevó las manos a la boca y los lobeles se echaron a temblar. Pelorayas estaba muy pálida y el horror era fácil de leer en su expresión.

—Está…

—¡No, joder! —gritó Katsuki antes de rugirles—. ¡Buscad a mi madre, ya!

Los cuatro salieron disparados de allí. Katsuki juró que escuchó un sollozo ahogado por parte de Azulita.

Sin pérdida de tiempo, sacó el móvil y marcó el número de su madre.

—Vieja, soy yo. ¿Ah? ¡No, no necesito más de tus consejos de mierda para eso! —Hizo una pausa en la que gruñó—. No, gracias por eso. Oye, cuatro lobos idiotas se han estado metiendo con Izuku. —Otra pausa que hizo sonreír a Katsuki—. Me parece genial porque los he enviado a casa. Luego te lo cuento. Sí, Deku está bien, ha hecho lo de la espuma.

—Mi espíritu los perseguirá hasta los confines del mundo… —recitó este con una voz muerta mientras levantaba los brazos como si fuera un zombi. Sus ojos aún parecían perfectamente vacíos.

Katsuki le dio un manotazo, aunque su sonrisa se ensanchó.

—Límpiate esa mierda, Deku.

Esta vez, el doncel soltó una carcajada y sus ojos volvieron a brillar con diversión.

Katsuki le prestó atención de nuevo a su madre. Frunció el ceño.

—¿Qué? Cuando he llegado eran tres contra uno, se lo merecían. —Una pausa en la que Katsuki relajó su postura—. Sí, eso funciona para mí. No, no vamos a repetirlo por ahí, estaremos en la madriguera. Sí, gracias. Adiós. —Colgó y se giró hacia Izuku con los ojos brillantes—. Eso ha sido jodidamente retorcido.

Este se había sentado y se estaba limpiando la espuma con un pañuelo. Sonreía.

—Has dicho que se lo merecían.

—Sí, joder, has estado genial —dijo tirando de él para abrazarlo mientras se echaba a reír.

A Izuku se le escapó una carcajada.

—Tú también lo has hecho muy bien, Kacchan.

—Por un segundo, me asustaste.

—Sabía que te darías cuenta enseguida.

Katsuki rio con fuerza antes de separarse y mirarlo con intensidad. Había tonos dorados entre sus irises rojos.

—Estoy jodidamente orgulloso. Tres contra uno, y estabas ganando. —Soltó otra carcajada mientras la malicia se asomaba en su sonrisa—. Mierda, pienso contárselo a todo el mundo. Ha sido grandioso, cuando lo vi, casi no me lo podía creer.

Izuku le dio un puñetazo amistoso en el hombro.

—Fuiste tú el que me dijo que una presa asustada es una presa fácil. Solo seguí tus consejos.

El dorado empezó a prevalecer en los irises rojos de Katsuki. Le sonrió de un modo más suave, contemplando a Izuku como si fuera capaz de ver más de lo que al doncel le gustaría. Hizo que se sonrojara enseguida, por lo que apartó la vista.

—Esto hay que celebrarlo —dijo Katsuki.

Izuku vio por el rabillo del ojo que se ponía en pie. Él se movió más lento, necesitando un segundo para recuperarse y que su corazón volviera a su sitio.

Entonces, las manos de Katsuki aparecieron ante sus ojos, ofreciéndose a ayudarlo. Incapaz de rechazarlo, las tomó y el lobo lo levantó con facilidad. Cuando estuvieron de frente, Katsuki tomó su rostro con una mano y lo sujetó.

Pese a que se dio cuenta de que estaba buscando heridas, Izuku no pudo evitar que su sonrojo se acentuara.

—No parece que te hayan hecho mucho daño —dijo con el ceño fruncido, examinándolo y moviendo su rostro de un lado a otro con cuidado—. Me preocupé cuando olí la sangre.

—S-solo son unos rasguños —intentó decir con naturalidad, aunque hasta él se dio cuenta de que sonó nervioso.

Katsuki lo observó durante tres segundos más y después asintió para sí mismo antes de soltarlo. Izuku suspiró aliviado cuando fue a recoger su mochila, realmente necesitaba un minuto para calmarse.

—Vamos a mi madriguera —dijo Katsuki, pasando por su lado—. Te curaré esas heridas y seguiremos con nuestros planes. Bastante nos han jodido ya —gruñó a la vez que se estremecía dentro su abrigo—. Me muero de hambre y la temperatura está bajando.

Izuku sonrió.

—Me parece bien.

Katsuki lo esperó y, antes de darse cuenta, y sin haberse recuperado de la carrera que estaba haciendo su corazón, lo cogió de la mano para guiarlo, a pesar de que Izuku conocía de sobra el camino.

Su rostro lo traicionó de nuevo, estaba convencido. Al mirar a Katsuki, este sonreía satisfecho.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Capítulo 40. Tormenta de llamas

Capítulo 41. Una ofrenda para los dioses

Mi lobo