Apresado

 


Izuku estaba feliz. Por fin, todo se había aclarado. Tsubaki solo lo estuvo fastidiando y Kacchan tenía claro que lo quería como su compañero.

Ya no se sentía inseguro, ya no tenía que darle vueltas a lo mismo. Se había acabado, ya no tenía dudas.

… Bueno, tal vez, solo una. Sin embargo, no era algo que le generara una gran preocupación, al menos, no en aquel momento. Después de todo, Kacchan y él iniciaban su relación formal ahora. Era un tema que podían discutir más adelante… ¿no?

Pese a su charla de autoconvencimiento sobre que no era un asunto urgente, la duda se quedó clavada en su cabeza y se manifestó de forma breve en su cuerpo.

Ni siquiera fue un segundo. Durante una milésima fracción de segundo, tensó los hombros. Pero solo fue eso, un milisegundo, una insignificante, diminuta e instantánea porción de tiempo que Kacchan no…

—He notado eso, Deku. Escúpelo —gruñó.

—Mierda —maldijo, escondiendo la cara en el hueco de su cuello—. Dejémoslo por hoy, Kacchan.

—No me obligues a repetirme, nerd —le dijo despacio y con una maliciosa sonrisa en la voz mientras sus dedos buscaban los puntos estratégicos en sus costados.

Izuku se separó de inmediato, abrazándose a sí mismo en un vano intento por protegerse, aunque Katsuki no le permitió escapar de su regazo. Tenía una sonrisa prepotente en la cara.

El doncel le lanzó una mirada de pocos amigos.

—Eres horrible.

—Y aun así me amas. —La arrogancia ronroneó en cada una de sus palabras—. Ahora, habla, nerd.

Izuku hizo un puchero, pero se sonrojó y apartó la vista.

—Solo… Una última pregunta sobre instintos.

—Estoy esperando.

Cogió aire y lo contuvo mientras se agarraba el cabello. No sabía cómo hacer esa pregunta que tanto le había atormentado desde que habló con Tsubaki sin morir de vergüenza antes de obtener una respuesta. Sin embargo, ya había llegado hasta allí, y con Kacchan siempre era mejor ser honesto e ir directo al grano.

Así que hizo de tripas corazón y simplemente soltó:

—EsqueTsubakidijoqueloshombreslobonopuedenevitaranhelarelcelodesuscongéneresyyosolome preguntabasisisisisibuenosi…

Su larga e incomprensible interrogativa se vio interrumpida por la mano que Katsuki estampó en su cara. Lo miraba entre molesto y boquiabierto.

—Una palabra, nerd. Solo una.

Izuku se encogió, jugueteó un segundo con sus dedos y susurró:

—Celo.

Esta vez, Katsuki lo entendió, pero, en vez de enfadarse, le brillaron los ojos. Retiró la mano de su rostro, envolviendo los brazos alrededor de su cuerpo, y esbozó una lenta y maliciosa sonrisa.

—Ah, Deku…

El susodicho se cubrió el rostro con las dos manos.

—No… —se quejó.

—¿Apenas hemos hecho esta mierda oficial y ya quieres que me meta entre tus piernas? Pequeño nerd pervertido… —dijo antes de atraerlo hacia sí y mordisquearle los dedos para que no escondiera la cara.

—¡No es eso! —exclamó Izuku, tan rojo que estaba convencido de que le salía humo por los poros de la piel. Bajó las manos, apartándolas de la boca de Kacchan, y se atrevió a mirarlo a pesar de la vergüenza—. Es que… Tsubaki dijo que… Estaba en vuestra naturaleza o algo así querer pasar el celo y… Yo no tengo.

Katsuki, lejos de molestarse, ensanchó su sonrisa, como si acabara de ganar una batalla.

—Te lo explicaré de forma que lo entiendas rápido —dijo sin dejar de sonreír—. ¿Cómo te sentirías si solo con estar cerca del Gato Mitad-Mitad, Cuatro Ojos o Cara Redonda te pusieras tan cachondo que te mojaras?

Izuku hizo una mueca.

—Incómodo —respondió sin pensárselo dos veces.

—Ahí lo tienes.

—¿En serio? —Era más sencillo de lo que creía. Miró al lobo con un asomo de pena—. ¿Te sientes siempre así cuando es la época de celo?

Katsuki se encogió de hombros.

—Hablando de instintos de mierda, esto es de lo peor. No puedo evitar que mi cuerpo reaccione, pero podría estar rodeado de veinte lobas y lobeles en celo y no los tocaría ni con un palo —dicho esto, su rostro se iluminó—. A menos que fuera para golpearlos con él. No sabes lo mucho que he odiado esa mierda estos años.

Izuku relajó su postura, notablemente aliviado.

—Me alegro de oírlo.

—¿Creías que necesitaba el celo para excitarme? —preguntó con una malvada sonrisa, acercando su rostro al de un Izuku que se sonrojó—. ¿Crees que en verano no estuve tentado de atacarte sin más?

El rostro del doncel se volvió escarlata. No iba a decir que no pensó en más de una ocasión que Kacchan lo estaba cazando con fines… adultos, por decirlo de un modo suave. Cuando habían ido al río, le gustaba esconderse y tenderle una emboscada para apresarlo después entre sus brazos. Si no, en la piscina lo había acorralado más de una vez contra una pared, mirándolo como si fuera a comérselo.

Justo como lo miraba en ese momento.

Katsuki acercó aún más su rostro al suyo, sin dejar de sonreír, y le susurró al oído:

—Tuve que usar todas mis fuerzas para contenerme. No tienes ni idea de lo jodidamente bien que hueles cuando estás mojado.

Izuku gimió avergonzado.

—Así que sí te diste cuenta.

El lobo se rio y frotó su mejilla contra la suya en señal de afecto.

—¿Creías que esa mierda aromática te escondería de mi olfato? Venga, Deku, haces tus propias trampas olfativas contra nosotros, podías hacerlo mucho mejor.

Izuku cerró los ojos ante el tacto de Katsuki y le devolvió el gesto. Al mismo tiempo, deslizó la mano por su pelo hasta encontrar la zona detrás de las orejas y la frotó en círculos. Katsuki respondió moviendo la cola de un lado a otro con fuerza.

—Si hubiera usado algo más fuerte y con químicos te habrías quejado de que te hacía arder la nariz —comentó.

Katsuki emitió un gruñido suave y bajó la cara hasta su cuello. Izuku detuvo las caricias de sus dedos cuando su nariz le hizo cosquillas por debajo de la mandíbula.

—No pares, Deku, se siente bien —susurró Katsuki antes de plantarle un beso justo por encima del collar.

Izuku se estremeció en el mejor de los sentidos, pero obedeció, tratando de que no se notara el nerviosismo que se estaba apoderando de su cuerpo en forma de pequeños temblores. Sin embargo, su mano no estaba por la labor, lo notó en cuanto le tocó la oreja a Katsuki, que seguía rozando sus labios por la línea de su mandíbula.

—Ah, sí —gruñó de repente—. ¿Quién coño necesita el celo cuando hueles así?

—¿Tanto se nota? —gimió Izuku.

Katsuki se separó y le sonrió. Sus ojos eran más anaranjados que rojos.

—No tienes que avergonzarte, Deku. Es algo natural.

—Pero no es justo —se quejó el doncel—. Yo no puedo saber cómo te sientes.

El lobo lo miró con malicia, mostrando los dientes en una sonrisa que no auguraba nada bueno.

—Siempre puedes tocarme la polla para averiguarlo. Te aseguro que no me quejaré.

—¡Kacchan! —exclamó Izuku, rojo hasta las orejas.

Él rio con ganas.

—Vamos, Deku, sé que te mueres por toquetearme.

—¡No! —replicó él, intentando salir de su regazo. Katsuki lo envolvió con los brazos al instante y lo pegó a su pecho.

—Tu olor no dice lo mismo. Tu olor dice que has querido meterme mano desde este verano. Sé que empezaste a ponerte esas horribles camisetas de baño para ocultar tus pezones traviesos. —Katsuki rio más fuerte al escuchar el grito escandalizado de Deku. El pobre estaba tan rojo que parecía que iba a sufrir un cortocircuito en cualquier momento—. No sabes cuánto los he echado de menos —añadió antes de mordisquearle un hombro con afán juguetón.

—¡Kacchan, no! ¡No seas así! —pidió mientras se removía como un pez que había terminado por error en la cubierta de un barco pesquero. Era bastante gracioso verlo así, intentando escurrirse de sus brazos como podía.

—Entonces, admítelo —exigió, jugando todavía, buscando los puntos de sus costados donde sabía que tenía cosquillas—. Soy el amo y señor de tus fantasías. Dilo.

—¡No! —rio Izuku a su pesar, queriendo escaparse, pero siendo incapaz de huir del abrazo de Katsuki. No sabía cómo demonios o por qué habían pasado de estar encendidos a hacerse cosquillas como críos, pero, de algún modo, era mucho mejor que la situación anterior, en la que Kacchan podía oler lo mucho que lo deseaba.

Sin embargo, la perspectiva de tener que admitir que era el protagonista de todas sus fantasías era aterradora también. Casi tanto como el incesante ataque de cosquillas que podía causar que se hiciera pis encima. Sí, cualquiera de las dos opciones era vergonzosa y humillante.

—¡Vamos, Deku! ¡Dilo! —reía Katsuki, que sabía a la perfección que tenía el control de la situación—. ¡Soy tu amo y señor!

—¡Está bien, lo admito! —acabó gritando Izuku, incapaz de aguantarlo más. Era eso o mearle encima. No quería saber las consecuencias de eso último. De lo otro, en cambio… Podía admitir que tenía curiosidad.

De repente, fue lanzado al colchón, donde acabó boca arriba con Katsuki sobre él. Ahora, sus ojos eran completamente dorados y lo observaban con una brillante intensidad. Su respiración era más fuerte, por lo que sus colmillos eran visibles en su boca entreabierta y las aletas de su nariz se abrían y cerraban con movimientos más bruscos. Tenía los brazos apoyados a ambos lados de su cabeza y las rodillas mantenían su cintura atrapada. Su cola se sacudía sin control de un lado a otro.

—¿Es en serio o solo lo has dicho para que te soltara? —preguntó en un tono de voz bajo y suave.

El corazón de Izuku se lanzó contra su pecho como si hubiera acelerado de repente al inicio de una carrera. Bombeó su sangre a una velocidad de vértigo hasta su rostro.

Aun así, asintió. Parecía importante para Kacchan saberlo y, pese a su vergüenza, sabía que él tenía razón, era normal que se sintiera atraído por él.

—En serio —susurró mientras acariciaba sus brazos.

La mirada del lobo se suavizó y su pecho emitió un leve y constante gruñido, como una versión canina del ronroneo de un gato.

Katsuki se inclinó más sobre él apoyando los codos sobre el colchón. Con las manos libres ahora, dejó que una jugueteara con el cabello del doncel mientras que la otra trazaba con los dedos el rastro de pecas de su mejilla.

—¿Sabes que tenía intención de seducirte hoy? —preguntó en voz baja. Se había vuelto un poco más grave.

Izuku tragó saliva. Su corazón galopó con fuerza en su pecho, golpeándolo como un martillo.

—¿Sí?

Katsuki asintió y bajó la mano que le acariciaba la mejilla hasta el collar, enganchándolo con un dedo.

—No he olvidado mi promesa. Te dije que te contaría lo que significa. Pensé que era un buen momento para hacerlo. —Por un instante, frunció el ceño—. Me había cansado de verte triste y herido y quería hacer algo. No pensaba que nuestra relación fuera a arreglarlo, pero esperaba que te ayudara y te distrajera un poco.

Izuku le sonrió y deslizó las manos hasta el pecho de Katsuki, sintiendo las vibraciones de su gruñido.

—Lo has conseguido. Me siento muy feliz ahora mismo.

Katsuki le devolvió la sonrisa y se inclinó más, rozando su nariz con la suya.

—Si lo hubiera intentado, ¿me habrías correspondido?

Izuku sabía que no debería ponérselo tan fácil, pero ¿a quién quería engañar? ¿A Kacchan? Se daría cuenta tan fácil que no tendría ni gracia intentarlo.

—Seguro —respondió.

Katsuki gruñó un poco más fuerte y, en un impulso, lo besó.

No fue como en las películas, un beso perfecto y apasionado que te hace ver las estrellas y escuchar fuegos artificiales. Tan solo fue una pequeña presión en los labios, un ligero tanteo para saber cómo se sentía.

Y, pese a no haber sido como en las películas, Katsuki sintió que enrojecía mientras que Izuku ya le llevaba mucha ventaja en eso. Su corazón, por otro lado, hacía rato que había salido huyendo quién sabe a dónde.

Cuando el lobo se separó, lo hizo solo unos centímetros. Sus ojos dorados no se apartaron de los de Izuku.

—¿No tienes curiosidad? —le preguntó, lamiéndose los labios.

Se dio cuenta de cómo Izuku clavó toda su atención en ese pequeño gesto, haciéndole sonreír. Si su compañero quería más, él estaba encantado de cumplir con ese capricho. Llevaba tres años conteniéndose, esperando aquella oportunidad, y, si el nerd estaba listo, no se detendría.

—¿Sobre qué? —murmuró Izuku. Todavía estaba asimilando que acababan de darse un beso y, aunque tampoco había escuchado fuegos artificiales, su vientre parecía ser el nido de una colonia de mariposas.

Katsuki, sin dejar de sonreír, dejó que la mano que había estado en el cabello del doncel descendiera casi de forma casual hasta su cintura, agarrando el borde de su camiseta.

—Cómo te habría seducido —susurró contra sus labios antes de darle otro pequeño beso.

Izuku se aferró a su camiseta, sintiendo un hormigueo en su vientre y siendo muy consciente de que su aroma debía de ser como el de ese verano. Tampoco le había pasado desapercibida la mano de Kacchan en su cintura, que agarraba su ropa como si estuviera conteniendo el impulso de ir más lejos.

Por él, sería mucho mejor si se dejara llevar. Ya había admitido que no se habría resistido a él.

—Tal vez —dijo. Fue su turno de lamerse el labio inferior. Le gustó el modo en el que Kacchan se quedó mirando su lengua con un brillo hambriento en los ojos—. Un poco —admitió.

El lobo esbozó una sonrisa depredadora.

—¿Solo un poco? —Se cernió de nuevo sobre el doncel, rozando sus labios sin llegar a besarlo, tentándolo. Izuku daba fe que le funcionaba muy bien—. Tendré que esforzarme más —dicho esto, Katsuki lo besó una vez más, pero, esta vez, no fue un beso corto ni una presión en los labios. Izuku habría jurado que se le erizó la nuca cuando Kacchan abrió la boca y su lengua acarició su labio inferior con toda la calma del mundo, como si él no tuviera el corazón acelerado.

Respondió abriendo la boca con timidez. Era la primera vez que besaba a alguien, así que se sentía un poco torpe, pero, al mismo tiempo, estaba ansioso y quería probar. Además, también debía de ser la primera vez de Kacchan, sin embargo, él movía sus labios y lengua con seguridad, sin dudas ni miedo a que no le gustara, fuera incómodo o raro. De modo que él también iría adelante, sobre todo después de haber estado haciendo el tonto durante esos dos meses en los que podría haberse ahorrado tantas preocupaciones.

Escuchó a Kacchan gruñir de forma suave, su pecho vibró bajó sus manos por el sonido. Al instante, su lengua penetró en su boca, pero fue lenta y meticulosa mientras exploraba cada recoveco e invitaba a la suya a unirse a sus caricias. Izuku aceptó, superando su timidez y el sentimiento de torpeza, para darle suaves roces, tanteando, buscando aquellos que le resultaban más agradables o excitantes.

Kacchan debió de entender lo que quería, porque le siguió el juego y permitió que llevara el control durante un rato y que hiciera lo que quisiera con su boca y su lengua, dejando que le diera toques juguetones o que la entrelazara.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, Izuku ya estaba devorando la boca de Katsuki, cuyos gruñidos se habían intensificado. Sus manos habían abandonado su pecho para tomar su rostro e impedir que escapara de sus labios, aunque el lobo no parecía tener la más mínima intención de huir. Todo lo contrario, de repente, Katsuki volvió a tomar el control y el beso se volvió más agresivo. Ahora, su lengua dominaba su boca sin piedad, separándose tan solo para mordisquear y chupar sus labios, de los que escapaban pequeños gemidos que, a su vez, provocaban fuertes gruñidos en el lobo.

Entonces, la mano que este había tenido en su cintura soltó por fin su camiseta y la metió por debajo. Izuku jadeó, arqueándose contra sus dedos por instinto. Kacchan tenía las manos callosas, era una característica de los hombres lobo que les permitía correr a cuatro patas sin rasgarse las manos o los pies. Por tanto, sentir su tacto áspero contra la piel sensible de su vientre fue increíble, como si pudiera tocar todas las terminaciones nerviosas correctas para hacer que se estremeciera.

Katsuki se separó para mirarlo a los ojos. El dorado en sus irises era brillante y parecía oro líquido girando en sus ojos. El efecto era espectacular.

—Esto era lo que quería —dijo con la voz ronca—. Verte así. Todo sonrojado y con cara de querer que te coma —sonrió y aspiró aire, soltando un fuerte gruñido—. No sabes lo increíble que hueles ahora mismo. Tan dulce…

Izuku le sonrió con ternura y le acarició las mejillas.

—Tus ojos se ven increíbles.

Katsuki le dio un beso esquimal con la nariz.

—Tú eres tan lindo —dijo pasando la mano por su vientre, ascendiendo hacia el pecho. Izuku volvió a arquearse en respuesta con un pequeño gemido—, y tan sensible —sonrió con satisfacción—. Pensaba hacerte esto después de la cena y mientras veíamos una película —dicho esto, se inclinó de nuevo y le mordisqueó el hombro desnudo, arrastrando sus colmillos con cuidado de no hacerle daño—. Te habría hecho esto mientras tanto.

Izuku echó la cabeza hacia atrás y se aferró de nuevo a los hombros de Katsuki. Había leído lo suficiente sobre el sexo entre hombres lobo como para saber que los colmillos estaban involucrados. En su momento, le había dado un poco de miedo, aunque, tras haber leído sobre relaciones mixtas con humanos, había visto que la mayoría los disfrutaban si el lobo tenía cuidado.

Ahora lo entendía. En realidad, eran un poco calientes.

—¿Y luego? —jadeó.

Katsuki soltó una risilla y subió la cabeza. Frotó un momento su mejilla contra la suya antes de lamerle la oreja a Izuku. Este jadeó, pero no lo empujó ni hizo amago de querer apartarlo. Tan solo se aferró a él, apretando los dedos en sus hombros.

Mientras tanto, el lobo disfrutó mordisqueando y lamiendo el lóbulo del doncel, que se removió un poco bajo su cuerpo. Le acarició el pecho, no supo si para calmarlo o excitarlo aún más, ya que seguía arqueado contra él, como si anhelara su contacto con desesperación, y su olor se espesaba en la habitación cerrada y con el calor que desprendía la estufa. En un rato, su aroma dominaría el dormitorio y se apoderaría de sus fosas nasales, impidiéndole oler nada más.

Para Katsuki, eso estaba bien. Siempre había pensado que esa habitación solo debería oler a él y a Deku. Amaba el olor de su deseo, había perdido la cuenta de cuántas veces lo había provocado en verano solo para sentir ese aroma. Había sido una especie de jodida tortura para él, ya que había decidido no llevar su relación más lejos hasta que Deku hiciera sus pruebas para la academia, pero, aun así, no había podido evitarlo. Incluso excitado, Deku se veía tan tierno, siempre sonrojado, acorde con su timidez, aunque su olor gritaba a los cuatro vientos su necesidad de que lo tocara. Joder, el día en el que lo tumbó en la playa estando él encima sin dejar ni un milímetro de separación entre sus cuerpos juró que casi pudo paladear su humedad en la lengua. Fue después de aquello que Deku empezó a usar esas horribles camisetas de baño y a intentar ocultar su aroma.

Con un gruñido, le dio un último lametón a su oreja y se separó un poco, lo justo para poder mirar mientras le subía la camiseta de tirantes, revelando sus rosados pezones.

Quiso gemir al verlos. Ahí estaban, fruncidos y erguidos como si quisieran llevarse toda su atención. No había dejado de fantasear con ellos desde que Deku le impidió las vistas con esas jodidas camisetas. Iba a destruirlas todas en cuanto tuviera una oportunidad.

Con ambas manos, acarició los pezones, dejando que sus palmas ásperas y duras hicieran una ligera presión contra esa piel suave y cálida a la que sabía que se haría adicto después de esa noche. Aun así, no esperaba la reacción de Deku. Gritó y le agarró los antebrazos, como si quisiera apartarse, pese a que el olor de su deseo se espesó todavía más.

Katsuki fue rápido y lo mantuvo inmóvil contra el colchón ejerciendo más presión.

—No, Deku. No te escapes —dijo sonriendo—. Tú querías saber qué habría hecho luego.

El doncel se mordió el labio inferior de un modo que no tenía sentido para Katsuki. Solo Deku podía hacer algo que fuera tierno y erótico al mismo tiempo.

Izuku aflojó su agarre sobre sus brazos y los deslizó hacia abajo en una suave caricia hasta sus manos. Seguía con el rostro enrojecido y sus ojos verdes tenían un brillo vidrioso.

—Es que… Umm… —balbuceó, apartando la mirada.

Katsuki se inclinó sobre él para besar una de sus manos.

—Solo dilo, Deku. Tenemos confianza, no haré algo que no quieras. —Aunque su polla muriera en el intento, retrocedería si su compañero no estaba seguro—. Pero necesito que te expreses y seas claro —dicho esto, frotó su mejilla contra su pecho entre gruñidos bajos—. No dejes que tu timidez te impida decir lo que quieres. Yo no puedo saberlo si no me lo dices.

Izuku tragó saliva, pero sus manos soltaron las de Katsuki y las dejó sobre su pelo, acariciándolo entre sus dedos mientras el lobo seguía frotando su cara en su pecho. No había retirado las manos de sus pezones, pero, al menos, las mantenía quietas. No es que eso fuera suficiente para que Izuku pudiera recuperar un mínimo control sobre su cuerpo, poseído por un hormigueo constante y un fuego que se estaba intensificando.

—Yo… —intentó decir, pero se trabó. Tragó saliva y lo intentó otra vez—. Soy… muy sensible —logró articular.

Katsuki levantó la cabeza para mirarlo. Sonreía.

—Ajá. Te escucho, Deku.

Izuku sintió el impulso de esconder la cara bajo su camiseta interior, arremolinada bajo sus axilas, pero se contuvo. Por mucha vergüenza que sintiera, quería más. Lo había deseado desde ese verano y no quería que se detuviera, quería… Quería…

—Ve… despacio y con cuidado —dijo en voz baja—. Y… quiero…

—¿Sí? —lo animó Katsuki.

Antes de decir nada, llevó sus manos a su camiseta, aferrándose a ella como si pudiera inspirarle valor de algún modo.

—Quiero… tocarte… sin ropa —dijo al final un poco más rápido, deseando soltarlo de una vez.

La sonrisa de Katsuki se ensanchó y, en un instante, salió de su alcance, deshaciéndose de su agarre. Se sentó sobre sus rodillas y se quitó la camiseta de manga larga y la interior de tirantes, lanzándolas fuera del colchón y quedándose desnudo de cintura para arriba.

Le dedicó una sonrisa satisfecha a un acalorado Izuku. La mayoría de sus fantasías con Kacchan habían empezado así, con él quitándose todo tipo de camisas antes de lanzarse a por él y acorralarlo en cualquier tipo de superficie.

—¿Así está bien o necesitas que los pantalones se vayan fuera también? —le preguntó con una ceja levantada.

Izuku jadeó.

—¡Así está bien! —se apresuró a responder, avergonzado.

Katsuki rio, burlándose a su costa, por supuesto. Sin embargo, Izuku no tuvo tiempo de protestar, ya que el lobo se inclinó, apoyándose en un brazo, y cogió su mano para llevarla al pecho, instándolo a acariciarlo.

—Puedes tocarme como quieras, Deku —le dijo con un tono ronco. Pese a que sus labios estaban curvados hacia arriba, su mirada dorada era más cálida—. Lento o rápido, suave o duro. No te cortes.

Izuku asintió con una pequeña sonrisa. Que Kacchan le diera esa libertad le proporcionó un poco más de seguridad. Él también quería caricias y no se avergonzaba de pedirlas, o decía sin tapujos que estaba excitado por él, o que le encantaba el modo en el que olía ahora, cegado por el deseo.

Así que dejó que sus manos se extendieran por su amplio pecho, en caricias suaves que rozaban de vez en cuando sus pezones. Los gruñidos bajos de Kacchan se hicieron más profundos y graves, haciendo que los músculos de su torso se estiraran y contrajeran, como si realizaran una especie de danza destinada a seducirlo. Su piel estaba caliente y pudo sentir su corazón acelerado contra su palma. Le gustó saber que parecía tan afectado como él.

Entonces, vio que Kacchan tenía los ojos cerrados y las orejas erizadas. Seguía gruñendo de forma suave y se mantenía inclinado sobre él para darle un buen acceso a su cuerpo. Él no tenía un olfato increíble que le permitía oler algunas emociones como los lobos, pero sabía por su lenguaje corporal que estaba disfrutando de su toque. Incapaz de resistirse, dejó que una de sus manos se deslizara hasta su mejilla. Kacchan entreabrió los párpados, mostrando unos ojos que parecían perdidos en sus tiernas caricias, pero que lo contemplaban al mismo tiempo con un brillo feliz.

Izuku intuyó lo que quería, por lo que lo cogió por la nuca y tiró de él para acercarlo a su rostro. Sus bocas se unieron en un beso lento y húmedo mientras el doncel descendía su otra mano por su pecho hacia su vientre, enmarcado por unos duros y delineados abdominales que habían sido su pesadilla sexual recurrente. Izuku no podía contar las veces que se había quedado embobado admirándolos o cómo en sus sueños húmedos solía lamerlos o acariciarlos mientras Kacchan lo poseía de forma lenta y placentera, jugando con él retrasando sus orgasmos y alargándolos a la vez.

Sin embargo, mientras él hacía realidad una de sus fantasías, Katsuki también cumplía otra de las suyas. Con mucho cuidado, y muy despacio, rodeó uno de los pezones de Izuku con el pulgar. Él respondió con un jadeo que el lobo acalló en su boca, al igual que los gemidos temblorosos que le siguieron, delatando que, por mucho que hubiera intentado alejarse por instinto antes, en realidad le gustaba.

Aun así, era mucho más sensible de lo que Katsuki había imaginado. A pesar de que su roce era muy suave, Deku respondía como si le acabara de meter un dedo. La mano en su vientre lo acariciaba con ansia, a veces curvándose sobre sus abdominales, como si necesitara aferrarse a ellos, mientras que la otra se había enredado en su pelo, descontrolada. Su boca se movía apasionada bajo la suya, dejando que su lengua tuviera el control, pero siendo exigente al mismo tiempo. Sin embargo, podía decir con un gruñido de placer que lo mejor de todo fue el modo en el que su doncel sacudió las caderas, arriba y abajo, erráticas, presa de una necesidad que solo podía satisfacerse de una manera.

Sin pensarlo dos veces, pasó el pulgar sobre el pezón, haciendo que Deku gimiera más fuerte, casi adolorido. Aun así, no le pidió que parara, al contrario, sus manos se aferraron a su espalda, una en la parte baja, justo por encima de su culo, y la otra en su hombro. Gruñó al sentir cómo le clavaba los dedos, deseando que usara las uñas. La idea de que Deku lo marcara aun sin ser un lobo lo ponía caliente, no se quejaría en absoluto si le hacía algún arañazo, le daría la bienvenida.

Se negó a dejar de frotar su pezón o besarlo mientras se recolocaba sobre él. Con una rodilla, le abrió las piernas, soltando un gruñido inhumano cuando su compañero comprendió lo que quería y obedeció dócilmente, dándole el espacio suficiente para que se colocara ahí.

Joder con Deku. Podía ser muy tímido, pero una vez se descontrolaba, iba con todo. Eso era tan lindo y caliente.

Con cuidado, dejó las rodillas entre sus piernas y se tumbó, procurando apoyar todo el peso que pudiera sobre su brazo para no aplastarlo. En cuanto su cadera se unió a la de Deku, este soltó un gemido de puro placer antes de restregarse sin vergüenza alguna contra su polla.

—Joder, Deku —maldijo contra su boca antes de responder al movimiento.

Podía sentirlo, Deku estaba tan duro como él y su dulce olor se había apoderado de la habitación y de sus propios sentidos.

El doncel jadeó en su boca, sacudiendo su cuerpo antes de que sus caderas se mecieran contra las suyas, buscando acompasarse con él.

—Kacchan… —gimió.

Katsuki se apartó de sus labios para ver su expresión. Todo sonrojado, con la boca húmeda y los ojos vidriosos. Su pecho subía y bajaba acorde con su respiración temblorosa.

—¿Qué? —le preguntó, embistiéndolo otra vez. Deku echó la cabeza hacia atrás y apretó los dientes, conteniendo un nuevo gemido. Ah, no, eso ni hablar—. Ni se te ocurra contenerte, Deku. Llevo soñando con esto tres putos años, no te atrevas a callarte ahora. Quiero oírte gemir, gritar y decir lo que quieres. Ahora —exigió al mismo tiempo que le frotaba el pezón una y otra vez.

Deku gimoteó y se frotó con más fuerza contra sus caderas. Él gruñó satisfecho, siguiendo su vaivén.

—Eso es, mucho mejor —dijo, mordisqueándole el mentón.

—Kacchan… quiero…

Katsuki levantó la cabeza para mirarlo, sonriente.

—Dímelo, Deku.

Este lo miró y agarró su mano, la que había estado acariciando su pezón.

—Más fuerte aquí —susurró— y… más despacio… aquí —dijo apretándole la zona baja de la espalda. Aun así, Katsuki lo entendió y sonrió.

—Ah… ¿Así? —preguntó a la vez que retomaba el vaivén de sus caderas, pero ahora a un ritmo lento y seductor. Cuando Deku gimoteó y le correspondió, gruñó y le apretó el pezón. Su compañero volvió a aferrarse a su espalda y, esta vez, le clavó las uñas. Katsuki hizo un sonido inhumano, entre un grito y un rugido—. ¡Joder, sí!

—Kacchan, bésame… —pidió el doncel, echando la cabeza hacia arriba.

Katsuki obedeció sin dejar de moverse ni tocarlo. Haría cualquier cosa que Deku le pidiera.

Si algún extra imbécil de su clase lo hubiera visto tan complaciente, habría soltado alguna mierda sobre que había sido domesticado, ya que los machos de su especie tendían a ser más dominantes durante el sexo, también más duros. Es el tipo de mierda que Pelorayas le habría exigido y seguro que había querido decirle que alguien como Deku no disfrutaría del tipo de relaciones sexuales que ellos solían tener.

Por eso no era más que una extra, una idiota que creía que solo existía eso y que eso era lo que significaba ser un hombre lobo: cazar, correr con la manada, tener perritos falderos que lo siguieran a todas partes, follar duro durante un celo. Ser territorial, ser fuerte en todo momento, tener sentidos geniales, colmillos y garras.

Eso era basura.

Deku no lo había domesticado, nunca le había pedido que cambiara, que fingiera ser más humano para su comodidad o que suavizara su carácter. De niños, le encantaba esconder cosas para que las encontrara con su olfato, le fascinaba su forma de moverse cuando estaba cazando y reía cuando sacudía la cola cada vez que su emoción le impedía mantenerla quieta. Siempre había notado su admiración hacia él, le había confesado que le gustaba su seguridad y confianza en sí mismo y que esperaba algún día poder sentirse de ese modo también. A su vez, Katsuki había querido ayudarlo a crecer, a madurar y a mejorar en lo que necesitara.

Pero lo había hecho porque era lo que quería. Deku no le había puesto ninguna correa, solo había caminado a su lado, lo había tratado como si fuera su igual, pese a las diferencias entre ambos.

Ahora era lo mismo. Quería complacerlo porque lo quería, porque lo había escogido como su compañero y deseaba que disfrutara igual que él, que se sintiera seguro a su lado y hacerle feliz.

Si quería besos, le daría besos. Si quería tocarlo, dejaría que sus caricias lo torturaran hasta reventar sus pantalones. Si necesitaba que lo tocara, joder que lo haría, dónde y cómo quisiera, al ritmo que él marcara. Si quería montarlo, él podía ser un buen chico y dejarse hacer, y si quería que lo follara como un animal, sería su lobo feroz.

Todo lo que quisiera, cualquier cosa que necesitara, se lo daría.

Así que devoró su boca, barriendo su interior con la lengua, jugando con la de un Deku jadeante que no dejó de mover sus caderas contra las suyas con cierta impaciencia. Le gustó que, a pesar de que había pedido un ritmo más lento, pareciera desesperado por obtener algo más que un poco de fricción. Era como si le gustara que jugara con él.

Y, ah, joder, a Katsuki le encantaba jugar con él. En verano había sido divertido, pero, ahora que estaban yendo más lejos, lo sería aún más, sobre todo si Deku se atrevía a ir hasta el final. Si eso ocurría… Joder. Pasaría todas las vacaciones de invierno encerrado con él en la madriguera. Tenía una larga lista de fantasías que cumplir, y, con lo curioso que era su doncel, esperaba que la suya fuera aún más extensa.

Solo por comprobar hasta qué punto podía soportarlo, Katsuki se apoyó en los codos para frotar los pezones de su compañero. Los acarició usando los pulgares con dureza, pasó las uñas por ellos y los pellizcó un poco. Izuku reaccionó separando sus bocas para soltar un grito y se arqueó, desesperado, a la vez que pasaba las uñas por la espalda de Katsuki. Este soltó un rugido.

—¡Sí, Deku!

—Kacchan… —gimoteó el doncel, subiendo las manos hasta sus hombros en una caricia, como si quisiera aliviar el dolor que podría haberle causado. A Katsuki le pareció tierno, pero no le importaba que lo arañara. Sus uñas no eran como sus garras, tan solo podían darle placer—. Más… más rápido —jadeó Izuku, sacudiendo sus caderas contra las suyas, saliendo de su ritmo para crear uno propio, más veloz, fuerte y necesitado.

Katsuki sonrió.

—¿Cómo? ¿Así?

Se acomodó a sus embestidas con facilidad, golpeándolo con la misma lujuria que parecía estar sufriendo y disfrutando su compañero. Al mismo tiempo, lo pellizcó un poco más fuerte en los pezones para después frotarle las puntas en círculos, provocándolo, queriendo ver hasta dónde podía llegar.

Izuku le respondió clavando las uñas otra vez en sus hombros, pero pareció darse cuenta de lo que hacía, porque las retiró casi al instante con un gemido largo y ansioso, casi como si necesitara aferrarse a algo. Katsuki gruñó fuerte.

—No te contengas, Deku. No me haces daño. Márcame.

El doncel lo miró un instante con esos ojos verdes nublados por el placer. Después, cerró los párpados de nuevo mientras hundía las uñas en sus hombros. No fue suficiente para hacerle sangre, pero le dejó un rastro rojo sobre la piel que hizo gemir a Katsuki.

—Eso es —jadeó, acelerando el vaivén de sus caderas, procurando frotarse contra su compañero en el lugar adecuado.

—¡Kacchan! —gritó Deku, arañando sus brazos y haciéndole rugir otra vez.

Joder, a este paso, acabaría corriéndose en sus pantalones y no quería hacerlo así, quería las manos de su Deku sobre su polla, o, mierda, su boca sería muy caliente. Por no hablar de otro lugar que debía de estar mojado y palpitante, listo para él. Sin embargo, no lo forzaría, llegaría hasta donde él pudiera… pero, aun así, solo por curiosidad, ¿cuánto tendría que jugar con él porque le rogara que le quitara los pantalones? Porque podía sentir claramente cómo su polla parecía deseosa de huir de su ropa para encontrar alivio…

—Kacchan… Ah… Por favor…

Ah… Parecía que ya estaba en el borde.

—¿Qué, Deku? —le preguntó sonriendo antes de lamerle el mentón—. Dime qué quieres.

—Yo… Ah… Me duele… —gimió, intentando acercarse para besarlo, pero Katsuki no le dejó.

—¿Dónde? ¿Dónde te duele? —No pudo evitar jugar un poco más con él, deseando romper su timidez. Deku podía decirle lo que fuera, no iba a pensar mal de él por cualquier pensamiento sucio que tuviera, el sexo era algo natural, pero sabía que los humanos lo trataban como un tema más delicado a saber por qué. No le extrañaba que a Deku le costara hablar de ello incluso con él.

Sin embargo, le demostraría que no había nada que temer. Su atracción era normal, la deliciosa forma en la que olía era maravillosa y cualquier cosa que quisiera hacer con él estaba mejor que bien.

Deku se mordió un segundo los labios, tentándolo a mordisquearlos, pero se contuvo. Vio, por cómo lo miraba con sus hermosos ojos verdes, que estaba reuniendo el valor para responder y no quería interrumpirlo.

—Abajo… —dijo al final, sonrojado— y… por detrás —musitó en un tono que habría sido inaudible para los humanos, pero no para él.

Sus orejas se erizaron ante la respuesta, su cola se irguió. Joder, estaba listo.

—¿Quieres que te quite la ropa? —le preguntó, solo para estar seguro. Su voz salió muy ronca y dio gracias por no salivar.

Izuku asintió, pero añadió, todavía en voz muy baja:

—Tú también puedes quitártela, Kacchan.

Él sonrió y se inclinó para darle un beso suave, orgulloso de que hubiera expresado lo que quería. Sabía que no había sido fácil para él. Su doncel respondió abrazándolo por el cuello y pegándolo a su cuerpo, por lo que Katsuki se dejó caer sobre él y abandonó las embestidas y los pellizcos para devolverle el gesto y acariciar su cabello. Quería asegurarse de que supiera que no era solo sexo, que lo que había entre ellos siempre había sido más, mucho más. Izuku siempre había sido la única persona a la que querría de esa manera, el único que podía ser su compañero.

Se separó mirándolo a los ojos. Los de Izuku seguían siendo brillantes y vio el amor y la ternura que le profesaba en ellos, por encima del deseo y la necesidad. La emoción le hizo gruñir con suavidad y mover la cola. El gesto hizo que su doncel le dedicara una bonita sonrisa.

Lo dio un último beso antes de echarse hacia atrás para ponerse en pie. Se desabrochó los pantalones y los echó hacia abajo junto con el bóxer, gruñendo de alivio al tener por fin su adolorida polla fuera. Se la masajeó un poco para calmarse. Si Deku iba a dejar que lo tocara, quería aprovechar todo el tiempo que fuera posible, quería darle tanto placer que no volvería a sentir vergüenza a la hora de pedírselo.

Pero, entonces, se dio cuenta de que Deku lo estaba mirando fijamente. Se había sentado en el colchón y se apoyaba sobre sus brazos. Sus ojos brillaban contemplando su polla. Katsuki no pudo evitar sonreír y se tocó un poco más duro. ¿Con lo tímido que era y le gustaba mirarlo mientras se tocaba? Pequeño pervertido…

—¿Te gusta lo que ves, Deku?

En vez de responder, el doncel lo sorprendió poniéndose de rodillas delante de él con un balanceo seguido de un salto. Se estremeció cuando sus manos acariciaron su cintura.

—¿Deku? Se suponía que iba a ser yo el que iba a tocarte.

—Pero yo también quiero, ¿no puedo?

Katsuki sintió que su rostro se encendía. Mierda, ver a Deku sonrojado y de rodillas preguntándole con esos ojos grandes e inocentes si podía tocarle la polla…

Uf, ¿quién coño le diría que no? Era tan lindo y caliente… Joder, como jugara mucho con él, no iba a aguantar una mierda. Y, aun así, iba a dejar que lo hiciera.

Le acarició el cabello y deslizó la mano hacia su mejilla, pasando el pulgar por sus pecas.

—Deku, puedes hacer todo lo que quieras. Soy tuyo.

Él le sonrió y le dio un beso en la palma. Sus manos bajaron desde su cintura hasta sus caderas, donde se detuvo a frotar ambos lados con el dorso de los dedos. Mientras tanto, observaba su polla y sus testículos con ardiente curiosidad.

Katsuki gruñó suave y dejó que su mano ascendiera de nuevo hasta su cabello, dejando que le hiciera cosquillas y jugueteando con sus rebeldes mechones. Siempre le había gustado mucho su pelo, una indomable mata de rizos verdosos con reflejos oscuros que se enredaban en sus dedos como si quisieran retenerlo ahí. Y él no tenía intención de escapar. Nunca.

Además, Deku podría mantenerlo así fácilmente, desnudo y duro como una puta piedra si seguía moviendo sus traviesas manos sobre sus muslos, apreciando aparentemente su suavidad. Era irónico que a los hombres lobo no les creciera vello corporal teniendo en cuenta que eran en parte animales, pero supuso que lo compensaban con el pelaje de la cola y sus orejas.

Entonces, las yemas de sus dedos rozaron sus ingles y su polla se sacudió mientras que él soltaba un brusco gruñido. Mierda, quería dejar que se tomara su tiempo para tocarlo, pero sus genitales estaban impacientes y, joder, dolían.

—Kacchan, ¿estás bien?

Lo miró y vio cierta preocupación en sus ojos. Él siguió acariciando su cabello con una mano mientras que la otra fue a su rostro.

—No tengas miedo. Estoy muy excitado y me oirás gruñir más fuerte de lo normal, puedo sonar como los rugidos de antes, ¿de acuerdo?

Su doncel se relajó y él se estremeció cuando sus manos se desplazaron hacia su polla. Izuku no dejó de mirarlo.

—Me lo dirás si te hago daño, ¿verdad?

Katsuki asintió, demasiado ocupado gruñendo desde su pecho como para pronunciar palabra.

Había fantaseado a menudo sobre cómo sería tener las suaves manos de Deku, que no tenía las durezas de los cambiantes, sobre su polla, y, joder, era mil veces mejor que el aceite que usaba él para masturbarse.

Su compañero las movió despacio desde la base hasta la punta, en una erótica tortura que lo dejó con los dientes apretados y la respiración acelerada. No iba a comprobarlo en ese momento, pero seguro que tenía las pelotas moradas, sin embargo, su polla estaba encantada recibiendo atenciones del curioso doncel, que probó un vaivén lento y seductor que acabaría dejando sus rodillas temblorosas en cuestión de minutos.

O tal vez antes, porque una de sus manos bajó a sus testículos y los masajeó con cuidado.

—¡Ah! ¡Joder! —soltó, aferrándose al cabello de Deku con las dos manos.

Él no se quejó, en cambio, su lento vaivén se detuvo para ascender por su miembro hasta la punta y se quedó ahí, moviéndose sin descanso, pero frotando la cima con el pulgar.

La sensación lo atravesó como un rayo. Rugió y cerró los dedos entre los mechones de su doncel, para liberarlos al instante, temiendo hacerle daño. Aun así, no pudo evitar hacer círculos en su cuero cabelludo, necesitando aferrarse a algo mientras lo tocaba así.

Mientras tanto, Izuku lo contemplaba atento, con el deseo brillando en sus ojos. Katsuki sabía que estaba analizando sus expresiones y lenguaje corporal, intentando averiguar la forma correcta de tocarlo.

No había una jodida manera correcta. Solo necesitaba sus manos sobre él para que su cuerpo se echara a temblar.

—Más rápido, Deku. —Su voz era tan ronca que casi no sonaba humana.

Sin embargo, su Deku no se asustó. Su Deku aumentó el ritmo de sus caricias y volvió a extenderlas desde la base hasta la punta, dándole un toque con el pulgar a esta de vez en cuando que lo condujo al borde de la locura, haciendo que rugiera con tanta fuerza que le costaba creer que las paredes no hubieran temblado o que su compañero no hubiera saltado del susto.

Eso le hizo amarlo un poco más. Su Deku nunca había tenido miedo de él. Podía haberlo asustado alguna vez por su tono, pero siempre había sabido que nunca le haría daño de manera intencional, a pesar de sus garras y colmillos. Incluso rugiendo como una puta bestia salvaje, ahí estaba él, frotando su polla a un ritmo frenético, apretando lo justo para que el placer se intensificara y corriera como fuego por sus venas.

Ah, pero, entonces, su Deku demostró que sí podía llevarlo a la locura.

De repente, se inclinó sobre él y, sin dejar de masturbarlo, le lamió la punta.

Fue una lamida inocente y curiosa, nada que ver con los furiosos movimientos de su mano, pero fue suficiente para que Katsuki sintiera que su lado animal lo devoraba por completo.

Ese doncel era suyo. Le pertenecía y lo mantendría costara lo que costara, aunque tuviera que follarlo día y noche para dejarlo tan cansado que no pudiera dejarlo. Lo marcaría con su boca y su olor para que nadie se le acercara y le haría tan adicto a sus caricias como él ya se sentía por las suyas.

Izuku supo que había encontrado su mayor debilidad, porque abrió la boca y metió su miembro en ella despacio, quedándose solo en la punta, chupando y lamiendo como si se estuviera acostumbrando a la sensación y sin dejar de mirarlo.

Katsuki gruñó con fuerza y llevó una de sus manos a su rostro, acariciando sus labios mientras esa boca diabólica se deslizaba por su polla. Tan cálida y húmeda… Sus bolas se apretaron por las ráfagas de placer que inundaban su cuerpo, pero su travieso compañero las aliviaba con la mano libre, masajeándolas con lentitud. Era una jodida maravilla, un círculo vicioso de placer que rayaba casi en el dolor y que luego se aliviaba con sus caricias, pero sintiendo todo eso a la vez.

Le hizo tener la imperiosa necesidad de mover las caderas, sin embargo, temía hacerle daño si lo hacía demasiado brusco, por lo que usó toda su fuerza de voluntad para mantenerse quieto, casi rígido. Su lado animal también quería abalanzarse sobre él, tocarlo, hacer que se corriera en su lengua y marcarlo mientras lo montaba de forma salvaje.

Pero aún no. Aún no.

Su compañero quería saciar su curiosidad y, joder, él también quería darles ese placer a ambos.

—Eso es, Deku —su voz era una mezcla entre jadeo y gruñido—. Chúpala como quieras, es toda para ti.

Los ojos del doncel brillaron como si acabara de escuchar lo que quería oír y sus manos se retiraron de sus testículos y su polla, pero su boca siguió chupando. Lamentó esa pérdida hasta que sintió cómo sus dedos se clavaban en su culo. Sacudió la cola por instinto y tensó las nalgas, pero gruñó con fuerza cuando notó el modo en que sus uñas lo arañaban de forma superficial, como una sutil advertencia de lo que haría en breve.

Sin embargo, lo que lo atacó primero fue su boquita caliente. Metió su polla tan adentro como le fue posible y se deslizó de nuevo hasta la punta, la lamió de arriba abajo con la lengua y después volvió a metérsela.

—Oh, joder —gimió, cerrando los dedos sobre su pelo y echándose a temblar. Su otra mano se desplazó hacia su nuca y la enredó en los mechones, necesitando desesperadamente agarrarse a lo que fuera para no follar su boca.

Pero Deku no había terminado. Cuando encontró el ritmo que le gustaba, uno a mitad de camino entre el lento seductor y el rápido sin control, pasó sus uñas por sus nalgas y le clavó los dedos en la carne blanda, instándolo a moverse de repente.

Katsuki rugió mientras daba la primera embestida, suave, lenta, buscando acoplarse al vaivén del doncel. Ahora ya no se estaba conteniendo, pese a que sus caderas se balanceaban con cuidado, estaba haciendo justo lo que quería, follar su dulce y húmeda boca, dejando que el placer erizara su piel y que los gruñidos de su pecho salieran con fuerza, entremezclados con jadeos, gemidos y el ininteligible nombre de su compañero. Todo él estaba ardiendo, su lado salvaje lo arañaba desde dentro, exigiendo entregarse por completo a su pareja, mostrarle cómo lo afectaba, cómo le hacía sentir.

Las ráfagas de placer se convirtieron en oleadas de fuego que arrasaban todo a su paso, sin darle tregua ni descanso, solo absorbiéndolo, llenándolo. Cuando Izuku aceleró el ritmo una última vez, él estalló con un rugido.

Al sentir cómo la base de su polla se hinchaba, apartó de inmediato a Izuku y se la tapó con una mano mientras temblaba. El orgasmo fue tan potente que casi era doloroso, por lo que se dejó caer de rodillas y se inclinó hacia delante con los dientes apretados, estremeciéndose entre gemidos y jadeos.

Los orgasmos de los humanos duraban un instante, pero los de su especie eran más largos y sus miembros se hinchaban cuando se corrían. Por eso había apartado a Deku. Con su entrada no habría problema, su polla se agrandaría todo lo que su interior le permitiera y su semen se derramaría, pero, en su boca, podría ahogarlo. Se alegró de que incluso cegado por el placer su instinto lo hubiera urgido a protegerlo.

Gimió fuerte mientras las olas de placer todavía hacían estragos en él, quemándolo y haciendo que su pene se contrajera. Joder, había sido muy intenso, normalmente sus orgasmos no eran tan fuertes ni duraban tanto, pero llevaba tanto tiempo deseando a Izuku que tal vez era inevitable. O tal vez era porque se trataba de su compañero, tan simple como eso.

Entonces, sintió sus manos suaves en su rostro y cómo lo besaba en el pelo. Sus orejas revolotearon al darse cuenta de que había dejado que apoyara su cabeza en su pecho y cómo lo rodeaba con sus brazos. Sus dedos se desplazaron por sus hombros y espalda, acariciándolo con una ternura que calentó su corazón mientras terminaba de correrse.

Su respiración se normalizó poco a poco, dejando que su Deku lo acompañara durante su orgasmo, amando la forma en la que masajeaba sus músculos y cómo sus labios rozaron sus orejas. En cuanto el ardor de su cuerpo bajó, frotó su cabeza en el pecho del doncel, sintiendo cómo se estremecía por las cosquillas que debía de estar haciéndole con el pelo. Eso le hizo sonreír.

—¿Todo bien, Kacchan? —le preguntó en voz baja.

Él gruñó y se separó un poco para mirarlo, pero sin querer salir del alcance de sus brazos.

—Genial, Izuku —murmuró antes de besarlo con cariño.

Su compañero le devolvió el beso con una ternura que podría haber hecho que flotara en el aire. Pudo notar su propio sabor en su boca, mezclado con el de Izuku, pero no podría importarle menos. Así era como debía ser, los dos juntos, su olor, su sabor, sus cuerpos, todo.

Entonces, su compañero se separó y le acarició el rostro, sonriéndole, antes de alejarse. En un acto reflejo, Katsuki lo agarró del brazo con la mano libre, la otra seguía tapando su polla para evitar hacer un desastre en el colchón.

—No hemos acabado —le dijo. Su voz sonó algo rasposa.

Izuku se inclinó hacia él para darle un pequeño beso que pretendía calmarlo.

—Tenemos que limpiarte primero —dijo señalando su miembro con la cabeza.

Katsuki gruñó, pero lo soltó. Fue difícil hacerlo. Se sentía muy sensible a su presencia y lo único que quería hacer, tanto como animal como hombre, era acurrucarse junto a él y acariciarlo, mantenerlo cerca y mimarlo.

Además, era cierto que no habían acabado. El olor de Izuku se había espesado tanto que se había adherido a sus fosas nasales. Era puro deseo y era jodidamente embriagador. De no haberse corrido primero, le estaría arrancando toda la ropa para aparearlo de una vez por todas. Por suerte, ahora estaba lo bastante tranquilo para ocuparse de él, para prepararlo y para hacerle disfrutar.

Esbozó una sonrisa. Se iba a enterar de lo que acababa de hacerle.

Por otro lado, a Izuku le temblaban un poco los dedos mientras rebuscaba en su chaqueta pañuelos para limpiar a Kacchan.

No podía evitar sonreír. Estaba orgulloso de haber seguido adelante hasta el final y haber hecho lo que quería. Sobre todo, estaba feliz de haber sido capaz de provocar semejante reacción en Kacchan.

Y más mojado de lo que le gustaría admitir. Ver y sentir a su lobo disfrutar de una forma tan salvaje de su toque había hecho malabares en su miembro y su entrada. El primero le dolía y lo segundo palpitaba sin control alguno. Los pantalones hacía rato que se habían convertido en el invento que más odiaba en el mundo y sentía la piel en llamas, casi como si fuera fiebre, pero no era doloroso, era… excitante.

Además, lamer el pene de Kacchan a la vez que contemplaba cómo lo afectaba le había parecido muy erótico. Sabía que lo había forzado un poco a contenerse, había sentido sus manos nerviosas sobre su cabello y sus gruñidos y rugidos le habían parecido, aparte de un modo de expresar su placer, una llamada desesperada de apareamiento. Sospechaba que el impulso debía de ser muy fuerte si ni siquiera había querido separarse de él un momento, así que quería reanudar su sesión de caricias cuanto antes.

Era consciente de lo importante que era el apareamiento para los hombres lobo. No solo era para toda la vida, sino que tener un compañero era una parte vital para su especie. Aquellos que tardaban muchos años en conseguir uno acababan padeciendo depresión y se apagaban con el paso del tiempo, o se volvían violentos buscando una excusa para ser considerados demasiado peligrosos para la sociedad.

Tsubaki no incluyó esa parte en la charla de los instintos, pero Izuku había investigado mucho por su cuenta durante la primavera y el verano, preparándose por si Kacchan se lo pedía. Una vez un hombre lobo se enlazaba con su pareja, era para siempre, motivo por el que durante muchos años no quisieron relacionarse con los humanos, temían ser abandonados o que los engañaran. Sin embargo, resultó que las parejas mixtas tenían un porcentaje muy alto de éxito y permanecían juntas toda la vida, a diferencia de los matrimonios humanos. Según los estudios, se debía a que los hombres lobo tenían una tendencia natural a cuidar de su pareja, es decir, no la descuidaban sin importar cuántos años estuvieran juntos, y que era algo natural para ellos estar pendientes de sus compañeros y asegurarse de que sus necesidades emocionales estuvieran siempre cubiertas.

Él sabía que Kacchan sería así. Lo había sido siempre con él, desde que eran niños. Siempre atento a su tos o a si necesitaba un respiro, siempre consolándolo cuando se deprimía y protegiéndolo de cualquiera que se metiera con él. Siempre ayudándolo con lo que quiera que necesitara o quería. Siempre abrazándolo, siendo tan cariñoso con él…

Ahora ya no tenía dudas. Solo quería ser tan buen compañero como él creía que sería. Se esforzaría por ello. Por eso, había querido darle placer de ese modo, quería demostrarle que, aunque podía ser un poco tímido para todas esas cosas, no le daba miedo ir con todo tampoco. Además, quería que tuviera una buena experiencia de apareamiento y, por sus investigaciones, parecía que los hombres lobo disfrutaban del sexo oral tanto como los humanos.

Pensar en su estado después de su orgasmo le hizo enrojecer, pero también soltar un gruñido impaciente. Entonces, encontró lo que buscaba y regresó junto a Kacchan. Sus ojos seguían siendo dorados y tenía una expresión más suave y cálida mientras lo observaba.

Cuando se sentó frente a él para ayudarlo a limpiarlo, le arrebató los pañuelos. Iba a protestar, pero cerró la boca al ver su rostro a escasos centímetros del suyo.

—Yo me ocupo de eso. Tú quítate la ropa —dicho esto, le dio un beso rápido y le dedicó esa sonrisa ladeada que le hacía arder—. Ahora es tu turno.

Izuku se preguntó si podía sonrojarse más de lo que ya estaba. No lo creía posible, pero se sentía de esa manera. Aun así, obedeció y le dio un poco de espacio a Kacchan mientras se quitaba la ropa. La camiseta de tirantes fue lo primero que lanzó junto a su chaqueta. Sus pezones aún estaban fruncidos y habría jurado que malhumorados por haber perdido la atención del lobo. Aunque no tanto como su miembro y su entrada. Se le escapó un suspiro de alivio cuando por fin se quitó los pantalones. Al ser un doncel, su pene era más bien pequeño, pero, aun así, la hinchazón seguía siendo dolorosa y la ropa no le había ayudado a mitigar la sobreexcitación. Por otro lado, su trasero no se sentía mejor, al contrario, se sintió un poco expuesto, demasiado consciente de su entrada, que parecía estar goteando, aunque sabía que no era posible.

El brusco gruñido de Kacchan lo sobresaltó. Al alzar la vista, ya lo tenía delante, sobre sus manos y rodillas, cerniéndose sobre él con las fosas nasales abiertas y los labios separados, dejando a la vista sus increíbles colmillos.

—Mierda, Deku, no sabía que estabas tan mal.

—¿Eh? —balbuceó antes de que Kacchan lamiera la línea de su mandíbula. Su cuerpo entero se estremeció—. Kacchan… —murmuró, agarrándose a sus fuertes hombros.

Este lo mordisqueó justo por encima del collar, usando sus caninos con cuidado. Aun así, Izuku gimoteó y alzó la cabeza, dándole un mejor acceso a su cuello. Kacchan respondió gruñendo con fuerza.

—Hueles tan fuerte que puedo sentirlo, Deku. —Su voz era grave, ronca y maravillosa. Pese a que acababa de correrse, parecía teñida por el deseo de nuevo—. Puedo saborearte, es como si acabaras de correrte en mi lengua, joder —maldijo, llevando sus manos a su cuello.

Izuku notó que le quitaba el collar. Fue una confirmación de intenciones, Kacchan quería marcarlo. Estaban a punto de aparearse.

Su entrada palpitó. Debería de estar un poco más asustado o nervioso, sobre todo después de haber comprobado el tamaño de Kacchan, pero lo cierto era que lo único que quería era encontrar alivio de una vez. Gimoteó ansioso, ya solo podía pensar en que le dolía, que estaba mojado y más que preparado para que lo penetrara. Recordaba muy bien cómo había mecido sus caderas contra las suyas y cómo había embestido su boca y sabía que se sentiría increíble.

—Kacchan, por favor, te necesito. —Él quería que le dijera lo que quería, ¿no? Pues ahí lo tenía.

El lobo gruñó y, de repente, Izuku estaba tumbado sobre el colchón con Kacchan encima. Sus ojos delataban el depredador que era y el doncel sintió cómo el mejor de los escalofríos lo recorría de pies a cabeza al ver cómo se lamía los labios.

—Date la vuelta —ordenó, firme, sin dudas.

Izuku obedeció sin pensarlo, temblando de excitación, y se agarró a las sábanas. Tras él, escuchó a Kacchan soltar otro gruñido fuerte, y, luego, sintió sus ásperas manos en su trasero. Gimió cuando le masajeó las nalgas, su movimiento provocaba a su entrada, sensible e impaciente por ser tocada. Entonces, como si hubiera escuchado lo que pensaba, pasó el pulgar por encima.

Gritó de la impresión. Se sentía bien, se sentía genial, pero no era suficiente. Ya no quería juegos, quería más, lo quería todo.

—¡Ah! ¡Kacchan! ¡Por favor!

Lo escuchó gruñir otra vez, pero su dedo se fue. Una parte de él quiso llorar por haber perdido su alivio momentáneo, pero, otra, estaba expectante, deseosa de que le diera lo que necesitaba.

Lo que le dio su lobo fue su lengua, cálida y húmeda. No fue amable ni lenta, lo lamió con dureza, haciendo presión contra su entrada, rodeándola antes de penetrarla.

Izuku jadeó y soltó un largo gemido de pura satisfacción. Fue como si una ola de calor lo invadiera de arriba abajo, dejándolo con una sensación de pesadez en el cuerpo, pero también de expectación y de extrema sensibilidad. Estaba tan consciente de todo lo que le hacía Kacchan, como si su sentido del tacto se hubiera amplificado a niveles sobrenaturales. Sus manos sobre su trasero, con los dedos hundidos en su carne, su boca devorando su humedad, su lengua cubriendo su entrada, follándola sin piedad.

El calor se elevó, girando dentro de él, acumulándose, haciendo que gimiera cada vez más fuerte, entrecortado, y que arañara las sábanas. Entonces, antes de darse cuenta, todo explotó dentro de él y gritó tan fuerte que le dolió la garganta.

Se quedó tendido sobre el colchón, tembloroso y jadeando. Cerró los ojos al sentir la mano de Kacchan sobre su espalda, acariciándolo. Gruñía con suavidad.

—¿Te sientes bien, Izuku?

Él asintió a duras penas.

—Ha sido increíble, Kacchan.

Este ronroneó:

—Tú sabes y hueles increíble ahora mismo. Me encanta tenerte así, podría tocarte de esta manera por siempre —dijo mientras la mano de su espalda se deslizaba hacia su trasero de nuevo.

Izuku sonrió.

—Entonces, tócame así siempre.

Kacchan gruñó más fuerte, aunque en su voz sonó una sonrisa.

—Ten cuidado con lo que deseas, Deku.

Así, sin previo aviso, le metió un dedo. Izuku se sobresaltó, pero el jadeo que escapó de sus labios fue de placer. No dolió, estaba tan mojado que se deslizó con facilidad por su interior, de hecho, se sintió tan bien que Izuku apretó su entrada de forma instintiva, como si quisiera retenerlo.

Sin embargo, Katsuki retiró el dedo despacio, torturándolo. Izuku gimió.

—No, Kacchan…

—¿Te gusta, Deku? ¿Lo quieres dentro?

—Sí —siseó.

Su lobo no le hizo esperar más y lo penetró de nuevo. Izuku soltó un pequeño grito y se removió por instinto, pero Kacchan se inclinó sobre él y pasó su brazo por su cadera para mantenerlo en el sitio. La sensación de estar a su merced, de no tener más remedio que rendirse a sus embestidas, no hizo más que excitarlo. Siempre había sospechado que Kacchan sería dominante en el sexo y, no pensaba reconocerlo, al menos, no todavía, pero era bastante caliente y tenía unas cuantas cosas en su lista de fantasías que estaban relacionadas con ese aspecto. Así que el hecho de que estuviera mostrando esa faceta suya justo ahora lo pilló con la guardia baja, como si hubiera lanzado su cuerpo sin previo aviso a una hoguera que ardía en su apogeo.

Kacchan se retiró otra vez con cuidado antes de hundirse un poco más fuerte en él, como si se estuviera asegurando de que lo recibía bien, sin hacerle daño. Izuku abrió más las piernas como respuesta y alzando el trasero, sabía que, incluso si le dolía un poco, tal y como estaba ahora apenas lo sentiría.

Escuchó cómo el lobo maldecía su nombre en voz baja y, después, su dedo se deslizó dentro de él sin piedad, haciéndole gritar de nuevo. Ya no volvió a detenerse ni a bajar el ritmo, el placer se incrementó dentro de él, atacándolo como dagas en llamas desde su interior que parecían querer manifestarse en su piel, ardiente y erizada. No pudo evitar que su cuerpo se sacudiera y retorcerse, por lo que el agarre de Kacchan sobre él se hizo un poco más fuerte. Uf, eso lo puso tan duro…

—No te escapes, Deku —le advirtió su voz ronca.

—Yo… Yo no…

—¿No? —Su tono fue más juguetón—. Entonces, quédate quieto.

Izuku se aferró a las sábanas, intentando contenerse, pero, entonces, Kacchan lo penetró con un poco más de fuerza a la vez que sus dientes le mordían una nalga. La sensación fue tan súbita y poderosa que se corrió.

Sin embargo, aún no había terminado. Antes de que pudiera recuperarse de su orgasmo, Kacchan le lamió la entrada otra vez, limpiando los restos. Izuku, por instinto, trató de alejarse de nuevo, pero el lobo rodeó ahora sus muslos con los dos brazos y clavó los dedos en su culo. Su lengua lo atacó rápida y feroz, apretando su entrada, amenazando con embestirla. Fue la maldita mejor amenaza de su vida, pero, al mismo tiempo…

Demasiada intensidad. No podía soportarla, era dolorosa de la mejor de las maneras, y, también, incontrolable.

—¡Kacchan! ¡Espera!

Él lo ignoró y su lengua lo penetró. Izuku gimió y trató de alejarse otra vez, pero Kacchan le dio un golpe de advertencia en la nalga. Lo lamió aún más rápido.

—¡Kacchan, no! No puedo… —trató de decir, pero era tarde. Ya llegaba, ya llegaba.

El orgasmo lo atravesó con tanta fuerza que lo dejó tiritando.

Katsuki gruñó suave y bajo en la garganta mientras acariciaba su trasero, esta vez, dándole tiempo para recuperarse. Después, soltó sus muslos y se colocó sobre él para besarlo en la espalda.

—Así es como me has hecho sentir antes —dijo contra su piel, ascendiendo hasta su hombro.

Izuku echó una mano hacia atrás para acariciarle la mejilla. Kacchan la besó antes de dejarse hacer.

—Así de intenso, ¿eh? —dijo entre jadeos.

Él le respondió con otro gruñido.

—Sí.

—¿Es como te lo imaginabas?

Él soltó una risilla y lo besó en el hombro otra vez.

—Mucho mejor —dicho esto, se dejó caer sobre su espalda, apoyando su peso en los codos y dejando caer la cabeza en el hueco de su cuello. Izuku suspiró al sentir sus labios sobre la zona sensible—. ¿Quieres ir hasta el final, Izuku? Sabes que podemos esperar.

Izuku sacudió la cabeza. Encontró una de las orejas puntiagudas de Kacchan y le frotó la punta con cariño.

—Sé que quieres aparearte. Y yo llevo preparado para esto desde este verano.

Katsuki hizo ese ronroneo canino mientras lo besaba en el cuello y sus caderas se mecían de nuevo contra su trasero. Izuku dio un pequeño saltito al sentir su miembro, duro de nuevo. Se mordió el labio inferior y correspondió su lento vaivén, haciendo que Kacchan sonriera en su cuello.

—Pequeño provocador….

—Has empezado tú.

El lobo lo besó una vez más antes de ponerse de rodillas y levantar al doncel con él, dejándolo sobre su regazo y que apoyara su espalda contra su pecho. Lo rodeó con los brazos, estrechándolo contra sí.

—Hay un par de cosas que quiero que sepas antes —le dijo—. La primera, tenemos protección. Me puse una inyección.

Izuku lo sospechaba, pero se alegraba de tener confirmación. Amaba a Kacchan y estaba dispuesto a un apareamiento de por vida, pero eran demasiado jóvenes para los niños.

La transmisión de enfermedades no era una preocupación, humanos y hombres lobo solo podían contagiarse cinco y ninguno de los dos las tenía. Kacchan, debido a su contacto constante con él, se había acostumbrado a hacerse pruebas cada cierto tiempo, mientras que Izuku había aprovechado sus chequeos médicos para hacer lo mismo y evitar riesgos.

El tema de la anticoncepción era más complejo, ya que los métodos humanos no servían con los hombres lobo. El condón, con la particularidad de que los miembros viriles de los lobos se hinchaban en un orgasmo, no era útil; o se rompía o se escurría. En cuanto a las pastillas para las mujeres y donceles lobo, sí que funcionaban, pero sus efectos se anulaban durante los períodos de celo. De modo que la medicina desarrolló inyecciones para los hombres, e incluso para los lobatos era obligatorio por ley ponérselas desde los quince años hasta cumplir la mayoría de edad, así evitaban embarazos accidentales durante el celo de jóvenes lobas y lobeles.

Como Izuku no entraba en celo, pensó que podía tomar la opción de las pastillas, pero todo eso fue antes de la charla de Tsubaki y de que hiciera un lío en su cabeza. Aun así, no le sorprendió que Kacchan hubiera tomado medidas.

Este lo besó en la cabeza.

—Segundo, quiero que me digas si te hago daño. Es importante, Izuku, no se te ocurra aguantarte u ocultármelo. De hecho, quiero que me guíes tú primero. Si es demasiado, quiero que me pares, ¿me oyes? No pasa nada por retroceder o cambiar de opinión —dijo estrechándolo un poco más contra sí—. Yo soy el que se aparea, pero esto es para que lo disfrutemos los dos, ¿me entiendes?

Izuku sonrió y se apretó contra él. No iba a hacer tonterías, tampoco le entusiasmaba la idea del dolor y quería que fuera una buena experiencia para los dos. Además, sabía que Kacchan se sentiría horrible si le hacía daño.

—Lo entiendo, Kacchan. Tienes mi palabra —prometió un poco más serio. Quería asegurarse de que viera que lo decía de corazón y que estaba atento a lo que le pedía.

Tuvo la impresión de que relajaba un poco sus hombros y su pecho. Le acarició los brazos para aliviar su tensión. Kacchan lo besó en el pelo.

—Tercero, y necesito que me lo prometas también, Izuku, es muy importante. —Él esperó, expectante. Katsuki le acarició un lado del cuello con un roce de sus dedos, fue tan delicado como una pluma—. Cuando te muerda, no te muevas. Me mataré por ser cuidadoso y no morder brusco, pero, mientras mis colmillos estén en tu cuello, quédate muy quieto. No solo los humanos, hay lobas y lobeles que han tenido lesiones durante el apareamiento de este modo, así que no correremos ese riesgo, ¿entendido?

Izuku asintió. También había leído sobre casos como ese y no, no quería que su noche de apareamiento terminara en el hospital con su cuello sangrando o, peor aún, casi desgarrado. Cuando Kacchan lo mordiera mientras lo penetraba, sería más animal y el instinto lo obligaría a mantenerlo en su sitio, impedir que escapara hasta que acabara de reclamarlo como suyo. Algunas parejas cometieron el error de intentar alejarse por el dolor o de corresponder a la pasión moviéndose, y en ningún caso terminó bien.

—Lo prometo, Kacchan.

—Mírame.

Izuku obedeció y clavó sus ojos en los suyos. Aunque seguían siendo dorados, vio algunas pinceladas anaranjadas que delataban su inquietud. Le apretó los brazos y no separó la mirada, queriendo que supiera que hablaba totalmente en serio.

—Lo juro, Katsuki.

Durante un instante, sus irises emitieron un destello antes de volverse dorados por completo de nuevo y que la calidez los inundara otra vez. Cuando se inclinó para besarlo, Izuku le correspondió con cariño.

—Mi Izuku —suspiró contra sus labios—. Te compensaré por esto. Lo prometo.

Izuku sacudió la cabeza y presionó sus labios en su garganta. Sonrió un poco cuando la sintió vibrar por un gruñido suave.

—No tienes que compensarme nada. Te quiero, Kacchan, y quiero todo lo que eso implica, incluso esto.

El doncel sintió cómo su corazón daba saltitos al percibir una emoción en la mirada de Katsuki. Era muy cálida y le hizo sentirse acogido y seguro, pero, sobre todo, amado. Ni siquiera la graciosa cola de su lobo, que se sacudía a un lado y a otro sin parar, pudo arruinarle aquel instante en el que se perdió en sus ojos, en ese sentimiento. Fue como si se fundieran en uno solo, aun sin estar apareados todavía, pero no importaba. Lo sintió como algo inevitable, algo que estaba destinado a suceder tarde o temprano.

Katsuki se inclinó para besarlo una vez más. Un beso suave y lento que expresaba todo lo que había visto en sus ojos. Después, lo echó hacia delante con cuidado e Izuku, sabiendo lo que venía a continuación, se colocó sobre sus manos y rodillas, abriendo las piernas para darle espacio.

Pese a aquel instante de cariño y dulzura, su entrada aún estaba mojada y él seguía excitado, así que, cuando Kacchan le metió un dedo para comprobarlo, dejó escapar un suave gemido.

Escuchó a Kacchan respirando fuerte, como si se estuviera mentalizando, y, luego, notó una de sus manos en su cadera, sujetándolo mientras le metía la punta de su miembro.

Izuku se mordió el labio inferior y cerró los ojos. El instinto y la excitación le pedía que apretara las paredes de su entrada, pero se contuvo y, en su lugar, trató de mantenerse relajado. Jadeó un poco por la presión que se hizo paso por su interior poco a poco, con cuidado. No era doloroso, al menos, no de momento, pero la sensación de total plenitud, anticipando cómo se sentiría cuando entrara del todo, lo abrumó un poco.

Entonces, Katsuki se detuvo y le acarició la zona baja de la espalda.

—Estoy dentro, Izuku. —Su voz sonaba rasposa, contenida y muy excitada—. Es tu turno, guíame.

Izuku aspiró aire, se lamió los labios y se los mordió mientras se movía hacia atrás. Katsuki le ayudó empujando muy, muy suavemente, dejando que fuera él quien decidiera hasta dónde podía llegar.

El dolor empezó. Era como una especie de escozor, pero parecía soportable. Aun así, Izuku no quiso forzar, por lo que revertió el movimiento, despacio, quedándose sobre la punta antes de volver hacia atrás de nuevo.

El placer hizo acto de presencia y se entremezcló con el dolor. Inició un lento vaivén, dejando que su cuerpo se acostumbrara y empapándose de la sensación. El placer era, de lejos, más intenso, por lo que no tardó mucho en intentar ir más lejos. Katsuki acompañó cada embestida suya con diminutos y cortos movimientos, dándole a él todo el control, entre resoplidos y gemidos que delataban su deseo y el esfuerzo de contener la necesidad de tomarlo por sí mismo.

Izuku fue cada vez más profundo, intensificando el dolor, pero también el placer. Buscaba su límite y permanecía ahí, dándole tiempo a su cuerpo para adaptarse antes de continuar. Sin embargo, la sensación de estar lleno de Kacchan era cada vez más abrumadora y le resultaba difícil no tensar su entrada mientras se balanceaba hacia delante y hacia atrás, dejando que un fuego se encendiera dentro de él, añadiéndole más leña, preparándolo para hacerlo arder.

Y el momento llegó. Por fin, su trasero chocó con las caderas de Katsuki, que soltó un largo gemido mientras se aferraba a su trasero. Izuku lo miró por encima del hombro, jadeante y sonrojado.

—Te toca, Kacchan.

Él le acarició las nalgas una última vez y se apoyó sobre sus brazos, dejando su cabeza en el hueco del cuello del doncel. Este siseó de placer, cada vez que se movía, su polla reaccionaba en su interior, acariciando todas las terminaciones nerviosas correctas.

Katsuki lo besó en la garganta.

—¿Estás bien?

Izuku asintió, todavía con los ojos cerrados con fuerza.

—Sí. Solo… Me cuesta estar relajado.

El lobo ronroneó sin dejar de besarlo.

—¿Tanto quieres apretar mi polla?

—Sí.

Sus labios se desplazaron hasta su hombro.

—Aguanta un poco, Izuku. Déjame probar esto.

Entonces, muy despacio, Katsuki se retiró de su interior, dejando la punta sobre su entrada antes de deslizarse de nuevo dentro. Los dos gimieron fuerte y se estremecieron a la vez. El lobo le arañó el hombro con los dientes, pronunciando la sensación.

—¿Bien? —preguntó.

Izuku gimoteó.

—Duele, pero se siente muy bien al mismo tiempo.

Katsuki gruñó.

—¿Quieres seguir?

—Por favor —pidió con la voz temblorosa.

Katsuki repitió el proceso, deteniéndose en cada embestida para que Izuku pudiera recuperarse, pero, al cabo de unos intentos más, el propio doncel acabó suplicando entre jadeos que no se detuviera. Aun así, las embestidas del lobo fueron lentas y lánguidas, casi perezosas, permitiendo así que Izuku se acostumbrara mucho mejor al movimiento y alargando el placer de ambos.

—Ah… Ah… Kacchan… Más rápido… —jadeó el doncel, ya tan perdido en su propia pasión que no sentía dolor.

Katsuki gruñó en su oreja sin detenerse, pero sin ceder tampoco.

—Te quiero así, Izuku —dijo mordisqueando el lóbulo, haciendo que su compañero temblara bajo su cuerpo. Su respuesta le dio ganas de embestirlo más fuerte, pero se contuvo—. He pasado tres años fantaseando con aparearte así, primero lento y suave… —Le dio un largo lametón que hizo gemir al doncel—. Luego, vendrá la parte dura.

—Pero yo quiero más… —se quejó, moviendo su trasero contra él.

Katsuki estuvo a punto de rugir.

Se sentía al borde de su autocontrol. Los aromas de la habitación lo mareaban, casi como si estuviera borracho; el olor de la lujuria de su Izuku y de su humedad mezclado con el suyo propio era pura adicción, y todavía podía sentir en su lengua el sabor de su orgasmo. Sabía que iba a pasar el resto de su vida lamiéndolo, que buscaría excusas para hacerlo a diario y que esa delicia permaneciera en su boca. Estar tan consciente de su cuerpo, de cómo temblaba, cómo se le erizaba la piel, de, oh, joder, cómo movía su redondo y bonito culo contra sus caderas, pidiendo más…

Era demasiado. Era demasiado cuando se sentía tan enterrado dentro de él, tan apretado y mojado… Saber que Izuku lo deseaba de un modo tan intenso lo encendía todavía más, incitaba a su lado animal a morderlo.

Pero no quería que fuera tan rápido. Quería que su pequeño compañero se acostumbrara a él tanto como pudiera aguantar. Sabía que, una vez lo mordiera, su control sería muy pobre, si es que conseguía retener alguno. Llevaba tanto tiempo sabiendo que Izuku era suyo, deseando aparearlo, que temía que su lado animal nublara su mente por completo.

Por eso necesitaba a Izuku muy preparado. No podía evitarle todo el dolor de la primera vez, pero, al menos, quería que fuera bueno para él. Lamentaba que no fuera a ser tan increíble como lo estaba siendo para él, pero haría que disfrutara tanto tiempo como le fuera posible.

Sin embargo, su travieso compañero tenía otra idea. Dejó de seguir su lento vaivén y aumentó el ritmo, golpeando su trasero contra sus caderas.

Katsuki gruñó y le mordió el hombro, sin clavarle los dientes, pero lo bastante fuerte para que lo notara.

—Izuku, despacio —le advirtió.

—No —jadeó este, ignorándolo—. Estoy bien, Kacchan, puedo tomarte, solo déjame…

Katsuki jadeó y apretó los dientes, notando cómo su entrada se tensaba, apretando su polla de la mejor de las maneras. Al principio, se quedó quieto, no queriendo hacerle daño, pero, cuando lo escuchó gemir más fuerte, sintiendo cómo su miembro se deslizaba fácilmente dentro y fuera, lo mandó todo a la mierda y se acompasó con él. Que Izuku gritara de placer no se lo hizo más fácil y golpeó su dulce trasero, notando su tensión, cómo se mojaba aún más…

Rugió cuando los espasmos de su orgasmo liberaban y apretaban su polla. Él aún no había llegado, pero fue jodidamente increíble sentir a Izuku corriéndose. Lo abrazó por el pecho y plantó pequeños besos en su hombro, desplazándose de nuevo hasta su cuello.

—Pequeño provocador —le dijo, lamiendo su garganta—. Abre más las piernas para mí.

Su doncel se estremeció bajo su cuerpo, pero obedeció y dejó caer la cabeza a un lado, dándole un mejor acceso a su cuello. Podía sentir su entrada palpitando, tan húmeda y caliente… Estaba preparado para él.

Volvió a apoyase sobre sus manos y reinició las embestidas, un poco más duras que antes, pero lentas al principio. Se sintió mucho más tranquilo cuando su Izuku permaneció quieto, dejándose hacer, dándole el control. Bien, recordaba su promesa.

Eso le dio confianza para ir más rápido, gruñendo profundamente con cada embestida e Izuku coreándolo cada vez más alto, gimiendo su nombre. Los dos estaban cerca, tenía que apresurarse antes de que su control se deslizara sin darse cuenta.

Colocó sus colmillos sobre la zona en la que tenía que marcar a su compañero y, muy poco a poco, los hundió. Notó el estremecimiento de Izuku y, por un instante, dudó. Sin embargo, su doncel se dio cuenta, porque le dijo:

—Está bien, Katsuki —gimió—. Es caliente, estoy bien, hazme tuyo…

No necesitó nada más.

La sangre de su compañero brotó y él la lamió. El sabor despertó del todo a su lobo.

Suyo. Izuku era suyo, lo había sido desde que lo olió por primera vez, desde que percibió ese aroma dulce que no lo empalaga. Lo fue cuando les tiró piedras a unos cambiantes mayores que lo golpearon después de que defendiera a Eijiro de ellos. Lo fue cuando lo cuidó mientras estuvo enfermo, cuando le gritó para que no se rindiera. Lo fue cuando aceptó su collar y se lo puso por primera vez, y cuando permitió que lo besara en la frente aquella primavera cuando habían ido al cine y lo había acompañado a casa. Lo fue ese verano, en el río, cuando no lo había apartado tras acorralarlo entre sus brazos, y en la piscina, cuando lo tuvo abrazado un rato después de jugar con él a cazarlo, y en la playa, cuando se quedó dormido sobre su pecho después de bañarse y comer allí. Lo fue dos meses atrás, cuando acudió a él llorando, en busca de consuelo, al conocer su diagnóstico.

Lo era ahora, mientras se hundía en él una y otra vez, mientras su Izuku lo recibía en su interior gimiendo y jadeando su nombre.

Entonces, sintió cómo estallaba con un grito y se dejó llevar por él, rugiendo sin soltar su cuello. Su polla se hinchó y se derramó dentro de él, marcándolo con su olor y su semilla al mismo tiempo que un fuego en su interior lo quemaba, lo arrasaba por dentro y hacía arder toda su piel.

Poco a poco, a medida que el orgasmo pasaba, fue recuperando la consciencia de sí mismo. Lo primero que hizo fue comprobar si Izuku tenía el cuello herido, pero no había desgarro, sus colmillos no se habían movido del sitio. Los sacó con mucho cuidado y lamió los hilos de sangre antes de besar las heridas.

—Izuku… —lo llamó, queriendo saber si le había hecho daño.

Este lo miró por encima del hombro con esa preciosa sonrisa que le iluminaba los ojos. Estaba resplandeciente.

—Guau, eso sí es intensidad.

Él soltó una risita y rodeó su cintura con un brazo.

—Puedes jurarlo, compañero. —Una oleada de profunda felicidad lo asaltó. Por fin podía decir que ese pequeño doncel era suyo, con todas las de la ley, marca y collar incluidos—. Eres mío, Izuku. Para siempre.

Su compañero lo miró con calidez.

—Siempre lo he sido, Kacchan.

… Joder que sí.

 

 

Dos horas más tarde, Katsuki empezó a pensar que el cielo sí existía, pero estaba en la tierra y tenía la forma de un pequeño doncel humano que ahora era su compañero.

Tras su apareamiento, había hecho las cosas que tenía que hacer como tal. Lo primero era limpiar a Izuku y asegurarse de que no le había hecho daño. Ver la sangre en el colchón lo había asustado al principio, pero, después de que este fuera al baño para lavarse un poco, no había vuelto a sangrar, lo que lo tranquilizó bastante, había temido ser demasiado duro con él en su primera vez. Izuku admitió después que estaba un poco adolorido, pero le prometió que no era nada de lo que preocuparse.

Luego, había cambiado las sábanas del colchón y habían cenado. Con todo lo que había pasado, no habían comido nada y Katsuki no estaba dispuesto a sacrificar su tradición anual por unos extras de mierda celosos y mucho menos la salud de Izuku. Además, su estómago había rugido poco después de regresar del baño y ahora era su obligación procurar que las necesidades de su compañero estuvieran cubiertas.

Eso incluía largas sesiones de abrazos y caricias y él estaba más que feliz de poder dárselas. En ese momento, ambos estaban tumbados en el colchón, todavía desnudos pero cubiertos de mantas hasta arriba mientras veían películas. Para esa ocasión, Katsuki, en vez de escoger las de terror que habían salido ese año, había cogido las favoritas de Izuku para que se animara un poco. Su pequeño compañero parecía igualmente feliz de ver Pesadilla antes de Navidad mientras estaba acurrucado en su pecho, dejando que acariciara su vientre.

—Kacchan, no tienes que seguir haciendo eso, estoy bien, de verdad.

Katsuki le dio un último lametón a la herida de su cuello y la besó.

—Sé que no te duele ahora, pero mañana lo hará. Antes de dormir, tengo que tapártela.

—Está bien.

Él sonrió al escuchar su tono y se inclinó sobre su oído.

—Me he dado cuenta de que eres más obediente después de follar. Lo recordaré.

Izuku soltó una risilla.

—Procuraré ponerme difícil de vez en cuando, entonces.

Katsuki rio y lo estrechó contra su cuerpo.

—Acabamos de aparearnos y ya estás maquinando formas de jugar conmigo. Ese lado oscuro tuyo es cada año más retorcido, Deku.

El doncel giró la cabeza hacia él. Sus ojos verdes tenían un brillo travieso. Ah, mierda, estaba acabado, sabía que le seguiría el juego hiciera lo que hiciera.

Se inclinó para besarlo, notando cómo su cola se movía alegre de lado a lado. Ahora ya no tendría que contenerse, podría hacerlo siempre que quisiera.

Cuando se separaron, Izuku acarició su cuello desnudo.

—Por cierto, aún no me lo has dicho.

Levantó una ceja.

—¿Lo de los collares?

—Sí.

—Ya sabías lo que significaba.

—Pero prometiste decírmelo hoy, de todos modos.

Katsuki sonrió.

—Eso es cierto —dijo, besándolo en la frente antes de frotar su nariz con la suya—. Son para decirle a los demás que tienes pareja. La marca del mordisco y tener mi olor ya alertará a otros cambiantes, pero es una tradición que copiamos de los humanos.

Izuku ladeó la cabeza.

—¿De los anillos de matrimonio?

—Sí.

—¿Y elegisteis poneros collares como los perros? —casi se rio el doncel—. Creía que eso no os gustaba.

Katsuki esbozó una sonrisa divertida.

—El tipo que lo puso de moda tenía mucho sentido del humor. Su compañero era humano y apareció con el collar en su boda. Decía que así los humanos también sabrían a quién pertenecía —dicho esto, levantó las orejas y sus labios se curvaron de forma juguetona—. También son de compromiso, por cierto.

Al escuchar eso, Izuku se sonrojó.

—¿Quieres… decir…?

—Los cambiaremos por otros cuando nos casemos. —De repente, frunció el ceño y ladeó la cabeza—. Tú quieres casarte, ¿no?

Izuku aún tenía una mirada un poco confundida por la repentina declaración, pero, pese a ello, le sonrió.

—Si a ti te apetece, a mí me hace mucha ilusión.

—Cualquier cosa que tenga que ver con decirle al mundo que eres mío me encanta, Deku.

Los dos rieron y Katsuki lo besó otra vez mientras su cola sacudía la manta que tenía encima. Apareamiento, hecho, propuesta de matrimonio, aceptada. Era un puto genio.

—Entonces, estamos prometidos —comentó Izuku tras separarse, paladeando las palabras de un modo que le llamó la atención.

Él asintió, más efusivo de lo que pretendía parecer.

—Ajá. ¿Qué pasa?

Tonos rojos parpadearon en las mejillas de su compañero, que jugueteó con sus dedos. ¿Ah? ¿Por qué tanta timidez de repente?

—Bueno… Es que… —Izuku se calló de repente, sacudió la cabeza y lo miró de nuevo, decidido, pero sonrojado todavía—. Tú vas a ir a la UA. —Katsuki asintió—. Pues resulta que esa universidad tiene muy buenos laboratorios y estaba pensando que podría entrar allí y, ya que íbamos los dos…

La comprensión atravesó el cerebro de Katsuki como una bala. Oh, joder. ¡Joder, sí!

Antes de que terminara de hablar, rodó sobre él, apoyando su peso sobre sus manos y rodillas para no hacerle daño. Su cola se sacudía tan fuerte que su manta estaba a punto de dejar su culo al aire, pero, en ese instante, podía irse a la mierda, esto era jodidamente importante.

—Duermes en mi cama —soltó.

Izuku parpadeó.

—¿Eh?

—Todas las noches. No es una negociación —afirmó, serio como el infierno.

Su compañero parpadeó otra vez, y, después, le sonrió.

—No pensaba hacerlo de otra forma.

Por un instante, el cuerpo de Katsuki tembló de emoción. Había estado esperando a Izuku tres años, tres años que había pasado intentando conquistarlo mientras se preparaba para ese momento.

Y, ahora, su recompensa era ese pequeño y dulce doncel viviendo con él durante cuatro años a partir de la próxima primavera. Si lo hacían bien, y lo harían, vivirían juntos desde entonces.

Joder. Su compañero también era un puto genio.

  

FIN

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