Deshielo

 


—Sigo sin entender por qué estoy haciendo esto —digo lanzándole una mirada de pocos amigos a Namikaze, que, ajeno a mi malhumor, devoraba con alegría su plato de arroz.

Ni siquiera me mira cuando responde.

—Presión social. Heiwa se decepcionará si se entera de que al final no hemos salido.

Lo fulmino con los ojos. En este momento, su faceta psicóloga me tiene de los nervios.

—Y tú te aprovechas.

Él me mira y tiene el descaro de sonreír.

—No es para tanto. Solo estamos desayunando juntos. Heiwa se quedará contento y nosotros comemos algo. Ganamos todos, ¿no?

Hago una mueca.

—Estoy empezando a hacer las cosas bien con Heiwa. No necesito una cita.

Namikaze, por primera vez, me observa con seriedad.

—Eso es bueno. Pero tampoco tienes que aferrarte a él.

Por un instante, me tenso.

—¿Qué quieres decir?

Él deja el plato de arroz en la mesa y me observa.

—Dije que compartir el luto era una buena forma de superar una pérdida. Y lo mantengo. Pero no debes depender de Heiwa para distraerte del dolor. Está bien que hagas otras cosas por tu cuenta.

Agacho los ojos, pensativo.

Es cierto que estar tan centrado en Heiwa hace que no tenga tanto tiempo para pensar en él, pero tampoco es como si abandonara mi mente del todo. Su hijo se le parece tanto. De algún modo, su presencia sigue siendo un recordatorio de que ya no está conmigo, pero ya no me resulta tan doloroso como al principio.

Porque el hecho de verme capaz de cuidar a Heiwa me alivia. Esa sensación parece contrarrestar el hielo que atenaza mi interior.

Ya lo siento acechándome, asomando sus gélidas garras para atraparme otra vez. Sin embargo, si pienso en Heiwa, puedo mantenerlo a raya.

¿De eso se trata? ¿Tengo que aprender a luchar por mí mismo contra ese frío? ¿En eso consiste superar una pérdida?

Alzo la vista hacia el rubio, que se está tomando su sopa de miso.

—¿Por eso les has seguido la corriente con lo de la cita?

Él me mira con una ceja levantada.

—¿Quieres que sea sincero?

Frunzo el ceño.

—Por regla general, odio que me mientan.

Él sonríe de repente, toma un sorbo más de la sopa y la deja sobre la mesa.

—En parte, sí, pero no solo por eso. La verdad es que me estaba divirtiendo mucho.

—Me di cuenta —digo con la nariz arrugada.

Namikaze se ríe entre dientes y apoya la cara entre sus manos con una sonrisa que no sé interpretar.

—Y, si te soy sincero del todo, me interesas.

Yo ladeo la cabeza. Admito que eso no lo esperaba.

—¿Por qué?

—Aparte de lo evidente… —dice mirándome de arriba abajo.

—No te tenía por alguien superficial —digo cruzando los brazos.

—No lo soy —replica él, frunciendo el ceño de repente y echándose hacia atrás, recostándose en la silla—. No me has dejado terminar. Y te estaba haciendo un cumplido.

Retengo mis ganas de soltar un gruñido.

—Termina.

Él sonríe de nuevo. Hay malicia en sus ojos.

—¿No vas a admitir que yo también te parezco atractivo?

Lo fulmino con la mirada.

—Termina.

Su expresión se suaviza.

—Me gusta el modo en que te preocupas por Heiwa. Cómo te esfuerzas por él.

Aunque lo negaré delante de él, me doy cuenta de que me he sonrojado. Aparto un poco la vista para que mi pelo cubra mis mejillas con la esperanza de que no lo vea. Pero, una vez más, sonríe como si acabara de hacer una travesura.

Mierda.

—Todos los padres se preocupan por sus hijos. Eso no me hace especial.

—Puede que no, pero es un rasgo que me gusta. Además, tienes carácter, eres firme y no te da miedo enfrentar una situación difícil. Eso también me gusta.

Bajo la mirada. No me conoce tan bien.

—Me dio miedo enfrentarme a Heiwa. Lo rehuí. Muchas veces.

Aunque estoy mirando mi plato vacío, noto que Namikaze se hunde en su asiento. Debe de haber olvidado mi desesperación cuando nos conocimos. Cómo yo necesitaba con urgencia saber qué podía hacer para acercarme a Heiwa.

—Hasta los hombres más fuertes pueden derrumbarse —dice de repente.

Alzo la vista. No me está mirando. Como yo hace un momento, parece tener la mirada perdida entre los restos de su sopa.

No estoy preparado para ver tantas emociones en sus ojos. Frustración, impotencia, dolor.

—Como ya te dije, fui muy conflictivo. De niño y adolescente. Mis padres adoptivos pudieron calmarme, pero nunca perdí mi… coraje, por decirlo de algún modo. Tenía el carácter suficiente para afrontar cualquier cosa, o eso pensaba. Cuando me convertí en psicólogo, conocí a muchos niños con problemas graves a los que pude ayudar y eso reforzó esa sensación. Me hizo pensar que era lo bastante fuerte para cualquier caso. —Hace una pausa en la que arruga la frente, como si un recuerdo doloroso atravesara su mente—. Pero me equivoqué.

—¿Qué pasó? —me escucho decir.

Él me mira. El dolor que gira en sus ojos me desarma.

—Hubo una niña. Murió.

Me quedo helado.

No tiene nada que ver con el hielo que me acechaba. La imaginación se hizo cargo de todo.

Un pequeño cuerpo pálido ataviado con un vestido infantil apareció en mi mente. Tirado en el suelo, inerte, con su cabello negro largo ocultando un rostro cadavérico que no quería imaginar.

Se me eriza el vello de la nuca. Me estremezco.

Las noticias de niños fallecidos siempre son horribles, sea en la situación que sea, desde un accidente a lo más horrible que podía pasar por la mente de alguien.

Pero cuando tienes algún contacto con ese niño es mucho peor. No me lo puedo ni imaginar.

—Lo siento —murmuro.

Él asiente con aire ausente.

—Yo también.

Frunzo el ceño y lo miro a la cara.

—Estoy seguro de que no fue tu culpa.

Namikaze me mira e intenta sonreírme, pero no me engaña. Aún hay dolor en sus ojos.

—No lo fue. La niña no hablaba, por eso la trajeron a mi consulta. Solo hice dos sesiones con ella antes de que muriera. No fue tiempo suficiente como para que pudiera saber qué le ocurría, pero, aun así, la culpa me carcomió.

Yo también me hundo en mi asiento. Podía ver el escenario, hacerme una idea de lo que tuvo que ser, empatizar con él.

Si le pasara cualquier cosa a Heiwa, me sentiría responsable. Aunque no fuera culpa mía, aunque hubiera sido muy cuidadoso, aunque hubiera sido el propio Fugaku quien me lo arrebatara de los brazos a la fuerza, la culpa habría acabado conmigo.

Y, entonces, algo encaja en el puzle que había estado construyendo sobre Namikaze.

Lo observo un momento. Sus ojos todavía parecen perdidos en el cuenco de sopa con una expresión que me parte el corazón en dos.

Él tampoco lo ha olvidado. Tal vez haya seguido adelante, puede que incluso lo haya superado, pero, como la pérdida de mi hermano, es algo con lo que tendrá que vivir el resto de su vida.

—¿Mejora? —le pregunto antes de pensar en lo que estaba diciendo.

Él alza la cabeza mientras que yo la agacho.

—¿Qué?

—Olvídalo.

Namikaze se queda callado un momento y, después, esboza una pequeña sonrisa.

—Lo superé, si es lo que te preocupa.

Noto que enrojezco hasta las orejas.

—Lo siento. Ha sido maleducado.

—Se supone que es una cita. Deberías saber estas cosas de mí. —Antes de que yo pueda protestar, él se recuesta en su asiento y remueve lo que queda de su desayuno—. Forma parte del pasado, pero fue un golpe muy duro. Me hizo pedazos, si te soy sincero. Tuve que coger la baja y acudir a terapia, una vez más —lo último lo dijo como si fuera algo irónico—. Pero ya antes de regresar al trabajo, tenía miedo. Mejor dicho, estaba muerto de miedo, aterrorizado de perder a otro niño. —Arruga la frente, como si el recuerdo lo molestara—. Es muy duro darte cuenta de que no estás hecho de la pasta necesaria para dedicarte a aquello a lo que aspirabas. A ayudar a otros como te habían ayudado a ti. Como haberte preparado durante décadas para escalar una montaña y, de repente, cuando ya estás ahí, dar un tropiezo y caer de golpe, sabiendo que ya no podrás subir a ella una vez más.

—Eso no es cierto.

Él alza la vista de repente y me mira.

—¿Qué?

Yo me mantengo firme.

—Sigues ayudando a los niños. De otra forma, pero lo sigues haciendo. Has ayudado a Heiwa. —Hago una pausa corta—. Y me has ayudado a mí.

Él parpadea esta vez, probablemente no se esperaba que yo fuera a soltar algo así.

La verdad es que no es propio mí. La verdad es que me molesta que mi madre y Heiwa se hayan compinchado para lanzarme a una cita que ni necesito ni quiero. La verdad es que me fastidia que Namikaze se haya divertido a mi costa.

Pero, la verdad es que, de no ser por Namikaze, yo no habría podido seguir adelante. No habría podido cumplir mi promesa y Heiwa habría sido infeliz por mi culpa.

Así que… Supongo que una cita es un pequeño precio a pagar.

Me levanto con un suspiro, sintiendo sus ojos sobre mí.

—Pago y nos vamos.

Namikaze sacude la cabeza y frunce el ceño.

—¿Me vas a invitar?

—Sí.

—¿Por qué? Vale que he estado jugando un poco contigo, pero no es realmente una cita.

Yo lo miro con los ojos entrecerrados.

—Por responder a mis preguntas. Por maleducadas e insensibles que fueran.

Él esboza una pequeña sonrisa y apoya el mentón sobre su mano.

—No habría respondido si no hubiera querido.

—Eso no quita que haya sido indiscreto —replico, poniendo los brazos en jarra—. Vamos, no quiero pasar mucho tiempo lejos de Heiwa y me apetece pasear.

Naruto levanta las cejas.

—Espera. Eso ha sonado a cita.

Gruño y doy media vuelta para pasar por caja. Casi al instante escucho cómo se levanta y trota detrás de mí. Poco después, mientras estoy pagando, noto el calor de su cuerpo contra mi espalda.

Al darme la vuelta, lo fulmino con los ojos. Tiene esa enorme y estúpida sonrisa de satisfacción en el rostro.

—¿Qué? —gruño.

—Empieza a haber algo.

—Espero que no seas un romántico que cree que esto te saldrá como en las películas.

—Para nada —dicho esto, sus ojos brillan con malicia—. Pero tú tampoco.

Gruño y lo paso por el lado en dirección a la salida.

¿Será posible que se divierta tomándome el pelo? Si me conociera, sabría que no debería hacerme enfadar demasiado.

En la calle, le doy tiempo a que coja a Kurama antes de echar a andar avenida abajo.

—¿A dónde vamos? —me pregunta.

—No me importa mientras sea tranquilo.

Él asiente.

—Conozco muchos parques por Kurama —dice mientras le rasca una oreja. El perro lo mira un momento mientras mueve la cola.

—¿Siempre te han gustado los animales?

Él suspira.

—Así es como me engatusaron para ir a terapia. Son mi debilidad, como los niños. Unos me atraen como golosinas y a los otros no soporto verlos pasar un mal trago —dicho esto, me mira con una sonrisa—. ¿Tú nunca has tenido animales?

Hago una mueca.

—Mi madre tuvo que trabajar muy duro para sacarme adelante sola, así que no teníamos tiempo para uno. Mi padre nunca lo permitió.

Él me devuelve el gesto.

—Ahora que no está Heiwa delante, voy a decir que es un gilipollas.

Por poco sonrío.

Por poco.

Bueno, tal vez lo hago un poco.

—¿No deberías usar un término más psicológico?

Namikaze resopla.

—Podría darte una charla sobre la proyección en los hijos y las dificultades de algunas personas superdotadas para expresar y tratar con las emociones… Pero, si te soy sincero, es raro.

Yo frunzo el ceño.

—¿El qué?

—Las personas tan inteligentes actúan siguiendo la lógica. Puedo ver, dentro de su mente falta de empatía, que considerara una pérdida de tiempo que tu hermano hiciera otra cosa aparte de estudiar, teniendo en cuenta su potencial. Pero, ¿proyectarse ahora en Heiwa? ¿Por qué? Ha pasado mucho tiempo desde que tu hermano estuvo bajo su techo. —Pone mala cara y se rasca la nuca—. Hay algo más. No sé qué es, pero me molesta.

Sus palabras hacen que vuelva, por una vez, de forma voluntaria a mi infancia. Odio pensar en esos días, pero saber qué quiere Fugaku podría darme alguna ventaja sobre él.

Para cuando llegamos al parque, no logro llegar a ninguna conclusión. Lo poco que sé sobre mi progenitor es que le gusta el control y que estaba obsesionado con el talento de Itachi.

Gruño. Namikaze me dedica una pequeña sonrisa.

—No creo que darle demasiadas vueltas ayude a Heiwa.

—No se me ocurre nada de por qué Heiwa. ¿A ti se te ocurre algo?

Él pone los ojos en blanco mientras suelta a Kurama en una zona llena de hierba.

—Muchas cosas, pero solo teorías que no sirven a menos que hable con él, que vea cómo se comporta. —Me hace gracia que parezca tan molesto como yo. Se me escapa una sonrisa.

Namikaze me mira y sonríe de nuevo.

—¿Eso que veo es una sonrisa?

—Lo es.

—Ah, así que lo admites.

Yo levanto la barbilla.

—Es porque tengo razón.

—¿De veras?

—Sí.

—¿En qué?

Lo miro y esbozo una sonrisa torcida.

—Sigues ayudando a los niños.

Mi sonrisa se ensancha al ver que se pone rojo.

—¿Eso que veo es un sonrojo?

Él me lanza una mirada de pocos amigos.

—Oye, que aquí el que ha admitido que está interesado soy yo.

Era verdad. Tal vez he sido un poco duro. Puede que él haya estado divirtiéndose a mi costa, pero no había metido los sentimientos en sus juegos. Yo, sí.

Me llevo una mano a la nuca y digo sin mirarlo:

—Creo que es un buen rasgo.

Casi me dio la impresión de que movía las orejas al escuchar eso. No estoy seguro porque solo puedo verlo por el rabillo del ojo. Lo que sí sé es que alza la cabeza de golpe y, aunque no lo veo, estoy seguro de que me atraviesa con los ojos.

—Hay algo.

—Cállate y sigue andando —digo mientras lo paso de largo.

Oigo cómo me pisa los talones.

—Vamos, admite que sientes una pequeña, minúscula, diminuta partícula de interés.

—Ni hablar —rezongo.

—Prometo no burlarme.

Es difícil, pero logro contener una sonrisa. Su cara de “seré buen chico” es bastante divertida.

—No.

—Ponle precio.

—No podrías pagarlo.

De repente, sus ojos brillan.

—Ah, pero sí hay un precio.

Al darme cuenta de la trampa, lo fulmino con la mirada.

—Eres insoportable cuando no haces de director o psicólogo.

Él sonríe ampliamente.

—Para nada. Soy divertido y encantador. He visto cómo forzabas los labios para evitar reírte.

—Yo no he hecho eso.

—Vamos, si lo estás haciendo ahora.

No puedo evitar apretar los labios con más fuerza.

—Para nada.

Él me lanza una sonrisa maliciosa.

—Venga, esto te divierte.

—No.

—Sí.

—No.

—Síiii.

—¡Que no!

—¡Que síiiiiiiiiiiiii!

Y lo dice de un modo tan infantil, retorciéndose como un niño de cuatro años empecinado en tener razón, que no puedo evitar soltar una carcajada.

 

 

Cuando voy a casa de mi madre, ella me abre con una gran sonrisa.

—Un poco más, y no llegas a la hora de comer.

Siento que se me calientan las mejillas, pero entro sin mirarla y con las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Los dos sabemos que ha sido presión de grupo.

Escucho cómo se ríe por lo bajo y le lanzo una mirada de pocos amigos mientras cierra la puerta.

—Sasuke, cariño, nadie puede obligarte a hacer algo que de verdad no quieres.

—No quería decepcionar a Heiwa.

Ella levanta una ceja.

—Pero Naruto no te disgusta, o no habrías pasado tanto tiempo con él.

Yo me rasco la nuca, sin saber cómo argumentar contra eso. Mi madre se cruza de brazos con una sonrisa de satisfacción.

Mierda. ¿A quién quiero engañar? Es mi madre. Me conoce tan bien que no tiene sentido disimular.

—Me gusta hablar con él —admito. Mis labios se rebelan y esbozan una diminuta sonrisa—. Es divertido. Hacía mucho que no me reía así con nadie.

Ella me mira con ternura y toma mi rostro entre sus manos.

—Cariño, lo estás haciendo bien con Heiwa. Él está mejor ahora y me encanta tenerlo en casa. Mereces un rato de diversión.

Yo le dedico una débil sonrisa. Esta vez, no hay alegría en ella.

—Trabajaste muy duro para sacarme adelante. Siempre me di cuenta. No quería que tuvieras que responsabilizarte de él por mí. Por mi debilidad —añado en voz baja y agachando la mirada.

Puedo ver en sus ojos que sabe hacia dónde giran mis pensamientos. Una sombra atraviesa los suyos como un relámpago. No los oscurece del todo, pero un rastro de dolor asoma en ellos.

—Heiwa es mi nieto, Sasuke. Siempre será mi responsabilidad, aunque tú seas su tutor legal. —Me acaricia la cara con cariño, apartando los mechones de pelo de mi frente—. Y, cariño, eres humano. Puedes tener momentos de debilidad, como todos. Lo importante es seguir adelante.

Esbozo una media sonrisa y la abrazo con fuerza.

Sinceramente, no sé cómo lo hace. Su hijo murió, de forma repentina y trágica. Pero, aun así, se recompuso, mucho más rápido que yo, o esa es mi sensación. No lo sé. Tal vez, ella siga guardando el luto de otra forma, o, al ser más mayor, tenga una perspectiva diferente de la muerte, o más experiencia con estas situaciones...

No dudo de que su dolor sea tan profundo como el mío, puede que incluso más. Sin embargo, mientras yo me quedé atascado en el hielo, ella no permitió que sus frías zarpas la atraparan.

—Eres la mujer más increíble del mundo, mamá —le digo con total sinceridad. Es posible que ella también tenga estacas de hielo clavadas en el corazón, pero no consintió que la paralizaran, que controlaran su vida. Supo salir adelante.

—Lo sé —dice ella con suficiencia—. Por eso, me darás todos los detalles de tu cita con Naruto más tarde, cuando Heiwa haga la siesta.

Mierda. Tendría que haber supuesto que no iba a librarme.

—Está bien —digo a regañadientes.

Ella se separa mientras ríe. La sombra de dolor en su rostro se aligera y sus ojos brillan. Al darme cuenta, me siento más liviano.

—Anda, ve a avisar a Heiwa de que ya está la comida.

—¿Necesitas ayuda para poner la mesa?

Ella hace un gesto de despreocupación con la mano antes de desaparecer por la cocina.

—No, está todo listo. Solo faltáis vosotros.

Asiento y voy en busca de Heiwa, que ahora ocupa el que antaño fue mi antiguo cuarto. Pese a que mi madre había rehecho su vida tras el divorcio, seguía viviendo en el mismo apartamento que consiguió con su primer trabajo. Lo había reformado un poco, pero eso era todo. No había querido mudarse, no entiendo el motivo.

Cuando llego al que fue mi dormitorio, me asomo por la puerta entreabierta y encuentro a mi sobrino tumbado en la cama, muy absorto en un libro. Por el título, parecía un recopilatorio de cuentos típicos de la cultura europea en inglés.

—¿Se puede? —pregunto.

Él se sobresalta y, cuando me ve, sus ojos brillan y se sienta de un salto.

—¿Cómo ha ido? ¿Lo habéis pasado bien? ¿De qué habéis hablado?

Yo frunzo el ceño. ¿Por qué parece que soy yo el hijo adolescente?

—El que va a hacer las preguntas soy yo —digo mientras me siento delante de él.

Heiwa ladea la cabeza a un lado.

—Pero yo he preguntado primero.

—Pero yo soy el adulto.

Él hincha los mofletes.

—No vale.

Se me escapa una pequeña sonrisa y me inclino hacia él.

—Ha estado bien, ¿de acuerdo?

Al instante, su rostro se ilumina.

—¿Vais a salir otra vez?

Yo dudo.

—No lo sé.

La sonrisa de Heiwa se desvanece y su frente se arruga.

—¿Por qué? ¿Naruto no lo ha pasado bien?

—No es eso.

—¿Qué es?

Una vez más, no me gusta la idea de hablar de esto con un niño de cinco años. Pero, hasta ahora, los consejos de Namikaze me habían funcionado para comunicarme con Heiwa. No quería que eso cambiara, y tampoco me gustaba la idea de mentirle.

—No sé si es un buen momento para empezar a salir con alguien.

—¿Por qué?

Dudo un instante. Solo uno.

Por encima de todo, quiero hacerlo bien con él.

—Porque aún estoy triste.

Heiwa lo comprende al instante. Lo veo en sus ojos.

—¿Por papá y mamá? —me pregunta con voz contenida, como si contuviera el llanto.

Esto era lo que no quería.

Me acerco más a él y lo pongo en mi regazo para abrazarlo.

—Lo siento. No tendría que haberlo dicho.

Él me devuelve el gesto, pero sacude la cabeza.

—Está bien, tío Sasuke. No duele tanto como antes. No siempre, al menos —dicho esto, levanta la cabeza y me mira. Tiene los ojos brillantes, pero no hay lágrimas en ellos—. Pero no lo entiendo. ¿Qué tienen que ver con Naruto?

Contengo una mueca y le acaricio el pelo.

—No sé si estoy en el mejor estado emocional para involucrarme en una relación, Heiwa.

—Pero, ¿lo has pasado bien con Naruto?

—Sí.

—¿Y eso no es bueno?

—Lo es, pero…

—Papá diría que eso es lo importante.

… Me quedo callado, sin poder reaccionar.

El hielo me acaricia con sus garras, tanteando como si buscara el mejor lugar para clavármelas.

No esperaba que Heiwa dijera eso. Sobre todo, porque era la verdad.

Él levanta su manita y me toca la cara.

—Yo también los echo de menos aún. —Esta vez, veo cómo parpadea las lágrimas—. Me gustaría poder decirles muchas cosas. Y todavía me duele mucho no poder hacerlo. —Hace una pausa para coger aire. Quiero consolarlo, pero, al mismo tiempo, me siento incapaz de interrumpirle. Siento que es un momento importante para él—. Pero, cuando estoy en la escuela, aprendiendo y con mis amigos, me siento mejor, no pienso tanto en ellos. Estar con la abuela también es agradable, me siento muy acogido y protegido. Y he podido sentir todo eso porque has estado conmigo, tío Sasuke —dice sorbiendo por la nariz, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no llorar. Se limpia los ojos con el brazo y me mira con determinación—. Lo que quiero decir es que no tienes que evitar lo que sientes que es bueno para ti. A mí me has ayudado mucho y quiero que tú también te sientas mejor.

Mierda. Esto es demasiado.

Lo estrecho con fuerza contra mí, procurando que no vea que estoy al borde del llanto.

Solo ha sido una semana. Una semana desde que empecé a hacerlo bien. Y ya parece que ocupo un lugar muy especial en la vida de Heiwa, lo bastante como para que se preocupe de ese modo por mí.

Y, maldita sea, él es el centro de mi universo. Renunciaría a lo que fuera para que estuviera bien, para que tenga una vida feliz aunque eso signifique ser miserable por el resto de mi existencia.

Supongo que ser padre debe de sentirse como esto. O parecido. Eso creo. Sea como sea, quiero que Heiwa esté bien, y, para eso, yo tengo que estar bien también, seguir adelante, como dice mi madre.

—Estaré mejor, Heiwa —le prometo, abrazándolo—. Solo necesito tiempo.

—Como dice Naruto —murmura.

Casi sonrío. El muy maldito debía tener razón.

—Sí.

Me separo tras asegurarme de que no voy a romper a llorar de emoción y le sonrío a Heiwa con la esperanza de que eso lo tranquilice. Él parece haber llorado un poquito, pero me sonríe cuando me mira.

—Así que, ¿volverás a verlo?

Esbozo una media sonrisa.

—¿Te parece bien si lo invitamos a cenar otra vez el próximo viernes?

Él me observa un instante con los ojos entrecerrados, pero acaba asintiendo.

—Sí, pero creía que las parejas necesitaban tiempo a solas.

—Poco a poco, diablillo —le digo con malicia—. No creas que no me he dado cuenta de lo que has estado haciendo.

Heiwa se sobresalta, pero, enseguida, pone cara de cachorrito y parpadea.

—No sé de qué me estás hablando.

Abro la boca para replicar, pero, de repente, la voz de mi madre hace que dé un salto.

—¡Chicos! ¿Qué estáis haciendo? ¡Se os enfriará la comida!

Mi sobrino salta de la cama y sale corriendo de la habitación.

—¡Corre, tío Sasuke!

Yo salgo detrás de él.

—No, no, no. ¡No creas que vas a librarte así como así!

Él chilla cuando lo cojo en brazos y estalla en risas mientras le hago cosquillas. Antes de darme cuenta, yo también me estaba riendo.

Creo que no me había reído tanto desde antes de que se fuera.

Ya no siento las zarpas de hielo buscando un hueco para herirme. Siguen ahí, esperando, pero, como dice Heiwa, no duele tanto.

Al final, Namikaze tenía razón. Solo necesito tiempo, tiempo, compartir mi luto y seguir adelante. Y, mientras sigo jugando con Heiwa, y recibiendo un sermón cariñoso de mi madre sobre llegar tarde a la comida, por primera vez, estoy convencido de que podré cumplir mi promesa.


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