Deshielo
—Sigo
sin entender por qué estoy haciendo esto —digo lanzándole una mirada de pocos
amigos a Namikaze, que, ajeno a mi malhumor, devoraba con alegría su plato de
arroz.
Ni
siquiera me mira cuando responde.
—Presión
social. Heiwa se decepcionará si se entera de que al final no hemos salido.
Lo
fulmino con los ojos. En este momento, su faceta psicóloga me tiene de los
nervios.
—Y
tú te aprovechas.
Él
me mira y tiene el descaro de sonreír.
—No
es para tanto. Solo estamos desayunando juntos. Heiwa se quedará contento y
nosotros comemos algo. Ganamos todos, ¿no?
Hago
una mueca.
—Estoy
empezando a hacer las cosas bien con Heiwa. No necesito una cita.
Namikaze,
por primera vez, me observa con seriedad.
—Eso
es bueno. Pero tampoco tienes que aferrarte a él.
Por
un instante, me tenso.
—¿Qué
quieres decir?
Él
deja el plato de arroz en la mesa y me observa.
—Dije
que compartir el luto era una buena forma de superar una pérdida. Y lo
mantengo. Pero no debes depender de Heiwa para distraerte del dolor. Está bien
que hagas otras cosas por tu cuenta.
Agacho
los ojos, pensativo.
Es
cierto que estar tan centrado en Heiwa hace que no tenga tanto tiempo para
pensar en él, pero tampoco es como si abandonara mi mente del todo. Su hijo se
le parece tanto. De algún modo, su presencia sigue siendo un recordatorio de
que ya no está conmigo, pero ya no me resulta tan doloroso como al principio.
Porque
el hecho de verme capaz de cuidar a Heiwa me alivia. Esa sensación parece
contrarrestar el hielo que atenaza mi interior.
Ya
lo siento acechándome, asomando sus gélidas garras para atraparme otra vez. Sin
embargo, si pienso en Heiwa, puedo mantenerlo a raya.
¿De
eso se trata? ¿Tengo que aprender a luchar por mí mismo contra ese frío? ¿En
eso consiste superar una pérdida?
Alzo
la vista hacia el rubio, que se está tomando su sopa de miso.
—¿Por
eso les has seguido la corriente con lo de la cita?
Él
me mira con una ceja levantada.
—¿Quieres
que sea sincero?
Frunzo
el ceño.
—Por
regla general, odio que me mientan.
Él
sonríe de repente, toma un sorbo más de la sopa y la deja sobre la mesa.
—En
parte, sí, pero no solo por eso. La verdad es que me estaba divirtiendo mucho.
—Me
di cuenta —digo con la nariz arrugada.
Namikaze
se ríe entre dientes y apoya la cara entre sus manos con una sonrisa que no sé
interpretar.
—Y,
si te soy sincero del todo, me interesas.
Yo
ladeo la cabeza. Admito que eso no lo esperaba.
—¿Por
qué?
—Aparte
de lo evidente… —dice mirándome de arriba abajo.
—No
te tenía por alguien superficial —digo cruzando los brazos.
—No
lo soy —replica él, frunciendo el ceño de repente y echándose hacia atrás,
recostándose en la silla—. No me has dejado terminar. Y te estaba haciendo un
cumplido.
Retengo
mis ganas de soltar un gruñido.
—Termina.
Él
sonríe de nuevo. Hay malicia en sus ojos.
—¿No
vas a admitir que yo también te parezco atractivo?
Lo
fulmino con la mirada.
—Termina.
Su
expresión se suaviza.
—Me
gusta el modo en que te preocupas por Heiwa. Cómo te esfuerzas por él.
Aunque
lo negaré delante de él, me doy cuenta de que me he sonrojado. Aparto un poco
la vista para que mi pelo cubra mis mejillas con la esperanza de que no lo vea.
Pero, una vez más, sonríe como si acabara de hacer una travesura.
Mierda.
—Todos
los padres se preocupan por sus hijos. Eso no me hace especial.
—Puede
que no, pero es un rasgo que me gusta. Además, tienes carácter, eres firme y no
te da miedo enfrentar una situación difícil. Eso también me gusta.
Bajo
la mirada. No me conoce tan bien.
—Me
dio miedo enfrentarme a Heiwa. Lo rehuí. Muchas veces.
Aunque
estoy mirando mi plato vacío, noto que Namikaze se hunde en su asiento. Debe de
haber olvidado mi desesperación cuando nos conocimos. Cómo yo necesitaba con
urgencia saber qué podía hacer para acercarme a Heiwa.
—Hasta
los hombres más fuertes pueden derrumbarse —dice de repente.
Alzo
la vista. No me está mirando. Como yo hace un momento, parece tener la mirada
perdida entre los restos de su sopa.
No
estoy preparado para ver tantas emociones en sus ojos. Frustración, impotencia,
dolor.
—Como
ya te dije, fui muy conflictivo. De niño y adolescente. Mis padres adoptivos
pudieron calmarme, pero nunca perdí mi… coraje, por decirlo de algún modo.
Tenía el carácter suficiente para afrontar cualquier cosa, o eso pensaba. Cuando
me convertí en psicólogo, conocí a muchos niños con problemas graves a los que
pude ayudar y eso reforzó esa sensación. Me hizo pensar que era lo bastante
fuerte para cualquier caso. —Hace una pausa en la que arruga la frente, como si
un recuerdo doloroso atravesara su mente—. Pero me equivoqué.
—¿Qué
pasó? —me escucho decir.
Él
me mira. El dolor que gira en sus ojos me desarma.
—Hubo
una niña. Murió.
Me
quedo helado.
No
tiene nada que ver con el hielo que me acechaba. La imaginación se hizo cargo
de todo.
Un
pequeño cuerpo pálido ataviado con un vestido infantil apareció en mi mente.
Tirado en el suelo, inerte, con su cabello negro largo ocultando un rostro
cadavérico que no quería imaginar.
Se
me eriza el vello de la nuca. Me estremezco.
Las
noticias de niños fallecidos siempre son horribles, sea en la situación que
sea, desde un accidente a lo más horrible que podía pasar por la mente de
alguien.
Pero
cuando tienes algún contacto con ese niño es mucho peor. No me lo puedo ni
imaginar.
—Lo
siento —murmuro.
Él
asiente con aire ausente.
—Yo
también.
Frunzo
el ceño y lo miro a la cara.
—Estoy
seguro de que no fue tu culpa.
Namikaze
me mira e intenta sonreírme, pero no me engaña. Aún hay dolor en sus ojos.
—No
lo fue. La niña no hablaba, por eso la trajeron a mi consulta. Solo hice dos
sesiones con ella antes de que muriera. No fue tiempo suficiente como para que
pudiera saber qué le ocurría, pero, aun así, la culpa me carcomió.
Yo
también me hundo en mi asiento. Podía ver el escenario, hacerme una idea de lo
que tuvo que ser, empatizar con él.
Si
le pasara cualquier cosa a Heiwa, me sentiría responsable. Aunque no fuera
culpa mía, aunque hubiera sido muy cuidadoso, aunque hubiera sido el propio
Fugaku quien me lo arrebatara de los brazos a la fuerza, la culpa habría
acabado conmigo.
Y,
entonces, algo encaja en el puzle que había estado construyendo sobre Namikaze.
Lo
observo un momento. Sus ojos todavía parecen perdidos en el cuenco de sopa con
una expresión que me parte el corazón en dos.
Él
tampoco lo ha olvidado. Tal vez haya seguido adelante, puede que incluso lo
haya superado, pero, como la pérdida de mi hermano, es algo con lo que tendrá
que vivir el resto de su vida.
—¿Mejora?
—le pregunto antes de pensar en lo que estaba diciendo.
Él
alza la cabeza mientras que yo la agacho.
—¿Qué?
—Olvídalo.
Namikaze
se queda callado un momento y, después, esboza una pequeña sonrisa.
—Lo
superé, si es lo que te preocupa.
Noto
que enrojezco hasta las orejas.
—Lo
siento. Ha sido maleducado.
—Se
supone que es una cita. Deberías saber estas cosas de mí. —Antes de que yo
pueda protestar, él se recuesta en su asiento y remueve lo que queda de su
desayuno—. Forma parte del pasado, pero fue un golpe muy duro. Me hizo pedazos,
si te soy sincero. Tuve que coger la baja y acudir a terapia, una vez más —lo
último lo dijo como si fuera algo irónico—. Pero ya antes de regresar al
trabajo, tenía miedo. Mejor dicho, estaba muerto de miedo, aterrorizado de
perder a otro niño. —Arruga la frente, como si el recuerdo lo molestara—. Es
muy duro darte cuenta de que no estás hecho de la pasta necesaria para
dedicarte a aquello a lo que aspirabas. A ayudar a otros como te habían ayudado
a ti. Como haberte preparado durante décadas para escalar una montaña y, de
repente, cuando ya estás ahí, dar un tropiezo y caer de golpe, sabiendo que ya
no podrás subir a ella una vez más.
—Eso
no es cierto.
Él
alza la vista de repente y me mira.
—¿Qué?
Yo
me mantengo firme.
—Sigues
ayudando a los niños. De otra forma, pero lo sigues haciendo. Has ayudado a
Heiwa. —Hago una pausa corta—. Y me has ayudado a mí.
Él
parpadea esta vez, probablemente no se esperaba que yo fuera a soltar algo así.
La
verdad es que no es propio mí. La verdad es que me molesta que mi madre y Heiwa
se hayan compinchado para lanzarme a una cita que ni necesito ni quiero. La
verdad es que me fastidia que Namikaze se haya divertido a mi costa.
Pero,
la verdad es que, de no ser por Namikaze, yo no habría podido seguir adelante.
No habría podido cumplir mi promesa y Heiwa habría sido infeliz por mi culpa.
Así
que… Supongo que una cita es un pequeño precio a pagar.
Me
levanto con un suspiro, sintiendo sus ojos sobre mí.
—Pago
y nos vamos.
Namikaze
sacude la cabeza y frunce el ceño.
—¿Me
vas a invitar?
—Sí.
—¿Por
qué? Vale que he estado jugando un poco contigo, pero no es realmente una cita.
Yo
lo miro con los ojos entrecerrados.
—Por
responder a mis preguntas. Por maleducadas e insensibles que fueran.
Él
esboza una pequeña sonrisa y apoya el mentón sobre su mano.
—No
habría respondido si no hubiera querido.
—Eso
no quita que haya sido indiscreto —replico, poniendo los brazos en jarra—.
Vamos, no quiero pasar mucho tiempo lejos de Heiwa y me apetece pasear.
Naruto
levanta las cejas.
—Espera.
Eso ha sonado a cita.
Gruño
y doy media vuelta para pasar por caja. Casi al instante escucho cómo se
levanta y trota detrás de mí. Poco después, mientras estoy pagando, noto el
calor de su cuerpo contra mi espalda.
Al
darme la vuelta, lo fulmino con los ojos. Tiene esa enorme y estúpida sonrisa
de satisfacción en el rostro.
—¿Qué?
—gruño.
—Empieza
a haber algo.
—Espero
que no seas un romántico que cree que esto te saldrá como en las películas.
—Para
nada —dicho esto, sus ojos brillan con malicia—. Pero tú tampoco.
Gruño
y lo paso por el lado en dirección a la salida.
¿Será
posible que se divierta tomándome el pelo? Si me conociera, sabría que no
debería hacerme enfadar demasiado.
En
la calle, le doy tiempo a que coja a Kurama antes de echar a andar avenida
abajo.
—¿A
dónde vamos? —me pregunta.
—No
me importa mientras sea tranquilo.
Él
asiente.
—Conozco
muchos parques por Kurama —dice mientras le rasca una oreja. El perro lo mira
un momento mientras mueve la cola.
—¿Siempre
te han gustado los animales?
Él
suspira.
—Así
es como me engatusaron para ir a terapia. Son mi debilidad, como los niños.
Unos me atraen como golosinas y a los otros no soporto verlos pasar un mal
trago —dicho esto, me mira con una sonrisa—. ¿Tú nunca has tenido animales?
Hago
una mueca.
—Mi
madre tuvo que trabajar muy duro para sacarme adelante sola, así que no
teníamos tiempo para uno. Mi padre nunca lo permitió.
Él
me devuelve el gesto.
—Ahora
que no está Heiwa delante, voy a decir que es un gilipollas.
Por
poco sonrío.
Por
poco.
Bueno,
tal vez lo hago un poco.
—¿No
deberías usar un término más psicológico?
Namikaze
resopla.
—Podría
darte una charla sobre la proyección en los hijos y las dificultades de algunas
personas superdotadas para expresar y tratar con las emociones… Pero, si te soy
sincero, es raro.
Yo
frunzo el ceño.
—¿El
qué?
—Las
personas tan inteligentes actúan siguiendo la lógica. Puedo ver, dentro de su
mente falta de empatía, que considerara una pérdida de tiempo que tu hermano
hiciera otra cosa aparte de estudiar, teniendo en cuenta su potencial. Pero,
¿proyectarse ahora en Heiwa? ¿Por qué? Ha pasado mucho tiempo desde que tu
hermano estuvo bajo su techo. —Pone mala cara y se rasca la nuca—. Hay algo
más. No sé qué es, pero me molesta.
Sus
palabras hacen que vuelva, por una vez, de forma voluntaria a mi infancia. Odio
pensar en esos días, pero saber qué quiere Fugaku podría darme alguna ventaja
sobre él.
Para
cuando llegamos al parque, no logro llegar a ninguna conclusión. Lo poco que sé
sobre mi progenitor es que le gusta el control y que estaba obsesionado con el
talento de Itachi.
Gruño.
Namikaze me dedica una pequeña sonrisa.
—No
creo que darle demasiadas vueltas ayude a Heiwa.
—No
se me ocurre nada de por qué Heiwa. ¿A ti se te ocurre algo?
Él
pone los ojos en blanco mientras suelta a Kurama en una zona llena de hierba.
—Muchas
cosas, pero solo teorías que no sirven a menos que hable con él, que vea cómo
se comporta. —Me hace gracia que parezca tan molesto como yo. Se me escapa una
sonrisa.
Namikaze
me mira y sonríe de nuevo.
—¿Eso
que veo es una sonrisa?
—Lo
es.
—Ah,
así que lo admites.
Yo
levanto la barbilla.
—Es
porque tengo razón.
—¿De
veras?
—Sí.
—¿En
qué?
Lo
miro y esbozo una sonrisa torcida.
—Sigues
ayudando a los niños.
Mi
sonrisa se ensancha al ver que se pone rojo.
—¿Eso
que veo es un sonrojo?
Él
me lanza una mirada de pocos amigos.
—Oye,
que aquí el que ha admitido que está interesado soy yo.
Era
verdad. Tal vez he sido un poco duro. Puede que él haya estado divirtiéndose a
mi costa, pero no había metido los sentimientos en sus juegos. Yo, sí.
Me
llevo una mano a la nuca y digo sin mirarlo:
—Creo
que es un buen rasgo.
Casi
me dio la impresión de que movía las orejas al escuchar eso. No estoy seguro
porque solo puedo verlo por el rabillo del ojo. Lo que sí sé es que alza la
cabeza de golpe y, aunque no lo veo, estoy seguro de que me atraviesa con los
ojos.
—Hay
algo.
—Cállate
y sigue andando —digo mientras lo paso de largo.
Oigo
cómo me pisa los talones.
—Vamos,
admite que sientes una pequeña, minúscula, diminuta partícula de interés.
—Ni
hablar —rezongo.
—Prometo
no burlarme.
Es
difícil, pero logro contener una sonrisa. Su cara de “seré buen chico” es
bastante divertida.
—No.
—Ponle
precio.
—No
podrías pagarlo.
De
repente, sus ojos brillan.
—Ah,
pero sí hay un precio.
Al
darme cuenta de la trampa, lo fulmino con la mirada.
—Eres
insoportable cuando no haces de director o psicólogo.
Él
sonríe ampliamente.
—Para
nada. Soy divertido y encantador. He visto cómo forzabas los labios para evitar
reírte.
—Yo
no he hecho eso.
—Vamos,
si lo estás haciendo ahora.
No
puedo evitar apretar los labios con más fuerza.
—Para
nada.
Él
me lanza una sonrisa maliciosa.
—Venga,
esto te divierte.
—No.
—Sí.
—No.
—Síiii.
—¡Que
no!
—¡Que
síiiiiiiiiiiiii!
Y
lo dice de un modo tan infantil, retorciéndose como un niño de cuatro años
empecinado en tener razón, que no puedo evitar soltar una carcajada.
Cuando
voy a casa de mi madre, ella me abre con una gran sonrisa.
—Un
poco más, y no llegas a la hora de comer.
Siento
que se me calientan las mejillas, pero entro sin mirarla y con las manos en los
bolsillos de la chaqueta.
—Los
dos sabemos que ha sido presión de grupo.
Escucho
cómo se ríe por lo bajo y le lanzo una mirada de pocos amigos mientras cierra
la puerta.
—Sasuke,
cariño, nadie puede obligarte a hacer algo que de verdad no quieres.
—No
quería decepcionar a Heiwa.
Ella
levanta una ceja.
—Pero
Naruto no te disgusta, o no habrías pasado tanto tiempo con él.
Yo
me rasco la nuca, sin saber cómo argumentar contra eso. Mi madre se cruza de
brazos con una sonrisa de satisfacción.
Mierda.
¿A quién quiero engañar? Es mi madre. Me conoce tan bien que no tiene sentido
disimular.
—Me
gusta hablar con él —admito. Mis labios se rebelan y esbozan una diminuta
sonrisa—. Es divertido. Hacía mucho que no me reía así con nadie.
Ella
me mira con ternura y toma mi rostro entre sus manos.
—Cariño,
lo estás haciendo bien con Heiwa. Él está mejor ahora y me encanta tenerlo en
casa. Mereces un rato de diversión.
Yo
le dedico una débil sonrisa. Esta vez, no hay alegría en ella.
—Trabajaste
muy duro para sacarme adelante. Siempre me di cuenta. No quería que tuvieras
que responsabilizarte de él por mí. Por mi debilidad —añado en voz baja y
agachando la mirada.
Puedo
ver en sus ojos que sabe hacia dónde giran mis pensamientos. Una sombra
atraviesa los suyos como un relámpago. No los oscurece del todo, pero un rastro
de dolor asoma en ellos.
—Heiwa
es mi nieto, Sasuke. Siempre será mi responsabilidad, aunque tú seas su tutor
legal. —Me acaricia la cara con cariño, apartando los mechones de pelo de mi
frente—. Y, cariño, eres humano. Puedes tener momentos de debilidad, como
todos. Lo importante es seguir adelante.
Esbozo
una media sonrisa y la abrazo con fuerza.
Sinceramente,
no sé cómo lo hace. Su hijo murió, de forma repentina y trágica. Pero, aun así,
se recompuso, mucho más rápido que yo, o esa es mi sensación. No lo sé. Tal
vez, ella siga guardando el luto de otra forma, o, al ser más mayor, tenga una
perspectiva diferente de la muerte, o más experiencia con estas situaciones...
No
dudo de que su dolor sea tan profundo como el mío, puede que incluso más. Sin
embargo, mientras yo me quedé atascado en el hielo, ella no permitió que sus
frías zarpas la atraparan.
—Eres
la mujer más increíble del mundo, mamá —le digo con total sinceridad. Es
posible que ella también tenga estacas de hielo clavadas en el corazón, pero no
consintió que la paralizaran, que controlaran su vida. Supo salir adelante.
—Lo
sé —dice ella con suficiencia—. Por eso, me darás todos los detalles de tu cita
con Naruto más tarde, cuando Heiwa haga la siesta.
Mierda.
Tendría que haber supuesto que no iba a librarme.
—Está
bien —digo a regañadientes.
Ella
se separa mientras ríe. La sombra de dolor en su rostro se aligera y sus ojos
brillan. Al darme cuenta, me siento más liviano.
—Anda,
ve a avisar a Heiwa de que ya está la comida.
—¿Necesitas
ayuda para poner la mesa?
Ella
hace un gesto de despreocupación con la mano antes de desaparecer por la
cocina.
—No,
está todo listo. Solo faltáis vosotros.
Asiento
y voy en busca de Heiwa, que ahora ocupa el que antaño fue mi antiguo cuarto.
Pese a que mi madre había rehecho su vida tras el divorcio, seguía viviendo en
el mismo apartamento que consiguió con su primer trabajo. Lo había reformado un
poco, pero eso era todo. No había querido mudarse, no entiendo el motivo.
Cuando
llego al que fue mi dormitorio, me asomo por la puerta entreabierta y encuentro
a mi sobrino tumbado en la cama, muy absorto en un libro. Por el título,
parecía un recopilatorio de cuentos típicos de la cultura europea en inglés.
—¿Se
puede? —pregunto.
Él
se sobresalta y, cuando me ve, sus ojos brillan y se sienta de un salto.
—¿Cómo
ha ido? ¿Lo habéis pasado bien? ¿De qué habéis hablado?
Yo
frunzo el ceño. ¿Por qué parece que soy yo el hijo adolescente?
—El
que va a hacer las preguntas soy yo —digo mientras me siento delante de él.
Heiwa
ladea la cabeza a un lado.
—Pero
yo he preguntado primero.
—Pero
yo soy el adulto.
Él
hincha los mofletes.
—No
vale.
Se
me escapa una pequeña sonrisa y me inclino hacia él.
—Ha
estado bien, ¿de acuerdo?
Al
instante, su rostro se ilumina.
—¿Vais
a salir otra vez?
Yo
dudo.
—No
lo sé.
La
sonrisa de Heiwa se desvanece y su frente se arruga.
—¿Por
qué? ¿Naruto no lo ha pasado bien?
—No
es eso.
—¿Qué
es?
Una
vez más, no me gusta la idea de hablar de esto con un niño de cinco años. Pero,
hasta ahora, los consejos de Namikaze me habían funcionado para comunicarme con
Heiwa. No quería que eso cambiara, y tampoco me gustaba la idea de mentirle.
—No
sé si es un buen momento para empezar a salir con alguien.
—¿Por
qué?
Dudo
un instante. Solo uno.
Por
encima de todo, quiero hacerlo bien con él.
—Porque
aún estoy triste.
Heiwa
lo comprende al instante. Lo veo en sus ojos.
—¿Por
papá y mamá? —me pregunta con voz contenida, como si contuviera el llanto.
Esto
era lo que no quería.
Me
acerco más a él y lo pongo en mi regazo para abrazarlo.
—Lo
siento. No tendría que haberlo dicho.
Él
me devuelve el gesto, pero sacude la cabeza.
—Está
bien, tío Sasuke. No duele tanto como antes. No siempre, al menos —dicho esto,
levanta la cabeza y me mira. Tiene los ojos brillantes, pero no hay lágrimas en
ellos—. Pero no lo entiendo. ¿Qué tienen que ver con Naruto?
Contengo
una mueca y le acaricio el pelo.
—No
sé si estoy en el mejor estado emocional para involucrarme en una relación,
Heiwa.
—Pero,
¿lo has pasado bien con Naruto?
—Sí.
—¿Y
eso no es bueno?
—Lo
es, pero…
—Papá
diría que eso es lo importante.
…
Me quedo callado, sin poder reaccionar.
El
hielo me acaricia con sus garras, tanteando como si buscara el mejor lugar para
clavármelas.
No
esperaba que Heiwa dijera eso. Sobre todo, porque era la verdad.
Él
levanta su manita y me toca la cara.
—Yo
también los echo de menos aún. —Esta vez, veo cómo parpadea las lágrimas—. Me
gustaría poder decirles muchas cosas. Y todavía me duele mucho no poder
hacerlo. —Hace una pausa para coger aire. Quiero consolarlo, pero, al mismo
tiempo, me siento incapaz de interrumpirle. Siento que es un momento importante
para él—. Pero, cuando estoy en la escuela, aprendiendo y con mis amigos, me
siento mejor, no pienso tanto en ellos. Estar con la abuela también es
agradable, me siento muy acogido y protegido. Y he podido sentir todo eso
porque has estado conmigo, tío Sasuke —dice sorbiendo por la nariz, haciendo un
esfuerzo sobrehumano por no llorar. Se limpia los ojos con el brazo y me mira
con determinación—. Lo que quiero decir es que no tienes que evitar lo que
sientes que es bueno para ti. A mí me has ayudado mucho y quiero que tú también
te sientas mejor.
Mierda.
Esto es demasiado.
Lo
estrecho con fuerza contra mí, procurando que no vea que estoy al borde del
llanto.
Solo
ha sido una semana. Una semana desde que empecé a hacerlo bien. Y ya parece que
ocupo un lugar muy especial en la vida de Heiwa, lo bastante como para que se
preocupe de ese modo por mí.
Y,
maldita sea, él es el centro de mi universo. Renunciaría a lo que fuera para
que estuviera bien, para que tenga una vida feliz aunque eso signifique ser
miserable por el resto de mi existencia.
Supongo
que ser padre debe de sentirse como esto. O parecido. Eso creo. Sea como sea,
quiero que Heiwa esté bien, y, para eso, yo tengo que estar bien también,
seguir adelante, como dice mi madre.
—Estaré
mejor, Heiwa —le prometo, abrazándolo—. Solo necesito tiempo.
—Como
dice Naruto —murmura.
Casi
sonrío. El muy maldito debía tener razón.
—Sí.
Me
separo tras asegurarme de que no voy a romper a llorar de emoción y le sonrío a
Heiwa con la esperanza de que eso lo tranquilice. Él parece haber llorado un
poquito, pero me sonríe cuando me mira.
—Así
que, ¿volverás a verlo?
Esbozo
una media sonrisa.
—¿Te
parece bien si lo invitamos a cenar otra vez el próximo viernes?
Él
me observa un instante con los ojos entrecerrados, pero acaba asintiendo.
—Sí,
pero creía que las parejas necesitaban tiempo a solas.
—Poco
a poco, diablillo —le digo con malicia—. No creas que no me he dado cuenta de
lo que has estado haciendo.
Heiwa
se sobresalta, pero, enseguida, pone cara de cachorrito y parpadea.
—No
sé de qué me estás hablando.
Abro
la boca para replicar, pero, de repente, la voz de mi madre hace que dé un
salto.
—¡Chicos!
¿Qué estáis haciendo? ¡Se os enfriará la comida!
Mi
sobrino salta de la cama y sale corriendo de la habitación.
—¡Corre,
tío Sasuke!
Yo
salgo detrás de él.
—No,
no, no. ¡No creas que vas a librarte así como así!
Él
chilla cuando lo cojo en brazos y estalla en risas mientras le hago cosquillas.
Antes de darme cuenta, yo también me estaba riendo.
Creo
que no me había reído tanto desde antes de que se fuera.
Ya
no siento las zarpas de hielo buscando un hueco para herirme. Siguen ahí,
esperando, pero, como dice Heiwa, no duele tanto.
Al
final, Namikaze tenía razón. Solo necesito tiempo, tiempo, compartir mi luto y
seguir adelante. Y, mientras sigo jugando con Heiwa, y recibiendo un sermón
cariñoso de mi madre sobre llegar tarde a la comida, por primera vez, estoy
convencido de que podré cumplir mi promesa.

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