Mi refugio

 


Las cosas han ido a mejor. En parte.

La pérdida de mi familia y mi manada no disminuye, aún los veo en mis pesadillas. Los veo incluso estando despierto.

Sin embargo, ya no estoy hambriento. Ya no me duele el estómago y la garganta y mis instintos no están poseídos por la ansiedad de obtener comida y agua. También he dejado de desmayarme, aunque eso lo echaba de menos. Cuando perdía el conocimiento, solo había oscuridad. Un poco de paz.

Aun así, había aprendido a apreciar ciertas distracciones. Como ese horrible paté que era, según la lata, de cerdo. Y una mierda. He cazado ratas salvajes que sabían mejor, y no es broma.

Pero lo peor, de lejos, era el pienso. ¿Cómo coño podían los perros apreciar esa basura? Eso sabía a carne como la leche de soja sabe a la de vaca. Espero que el hombre que inventó esa bazofia tuviera una muerte dolorosa. Los pobres animales deberían estar comiendo lo que comen los perros de verdad: carne de conejo, jabalíes y ciervos. Los ciervos son una maravilla, si eres capaz de cazarlos. Y el jabalí es una gozada. Escaso, pero un manjar. Los humanos deberían ser más sensibles y darles pollo y cerdo de verdad, al menos.

Despotricar en defensa de los alimentos de los animales domésticos y maldecir a la empresa que inventó la comida para perros no era una mala distracción. Asustaba a algunos de los animales con mis gruñidos mientras que los veterinarios solían pensar que estaba renegando porque estaba herido y encerrado, pero me ayudaba a pasar el día cuando estaba despierto.

Aunque, para mi sorpresa, el mejor momento era cuando Naruto venía a verme.

Era con diferencia la mejor distracción de todas, escucharlo hablar era como apagar los recuerdos de mi vida anterior al incendio para vivir la de otra persona. Aprendí que amaba los gofres y el ramen tanto como yo había estado obsesionado con las costillas de hierbas y miel que hacía mi madre, que le encantaba el género de romántica sobrenatural y la fantasía, así como odiaba con todo su ser los culebrones y la prensa rosa. Me contó que su familia tenía ascendencia británica e irlandesa, tanto por parte de padre como de madre, y que, aunque su familia más cercana eran sus padres, se llevaba muy bien con sus primos.

Fue difícil oírlo hablar de su propia manada cuando yo ya no tenía una, pero, ver su amor por ella hizo que me sintiera mejor. No era tan estúpido como para no darse cuenta del regalo que tenía y no se quejaba mucho de ellos, salvo por algunas tonterías sin importancia de las que él mismo era consciente.

También supe que su mejor amiga era una tal Sakura y, a estas alturas, creo que hasta sería capaz de reconocer su voz. A veces llamaba a Naruto para saber cómo estaba y decirle que lo echaba de menos en Tokio. Era evidente que, para él, la mudanza había sido difícil, sobre todo por haberse alejado de sus amigos y familia, pero parecía contento con la ciudad y me dijo que estaba deseando visitar los templos y paisajes emblemáticos de la zona.

Además, me habló de sus novelas. Fue una agradable y satisfactoria sorpresa descubrir que describía a los hombres lobo como humanos que adoptaban la forma de los animales comunes, que no había rollos extraños con la luna llena y que las balas normales nos afectaban igual. Es cierto que había vampiros, brujas y demonios en sus libros, pero no podía culparlo por ello. Después de todo, formaba parte de su folclore.

El chasquido de la puerta hizo que alzara las orejas y levantara la cabeza, mirándola con interés. El alivio me inundó cuando el olor del rubio llegó hasta mi nariz. Naruto entró en la estancia con un cuenco lleno de esa porquería a la que se atrevían a llamar cerdo y sus ojos azules se iluminaron al verme. La sorpresa que vi en ellos me hizo ladear la cabeza.

—¡Sasuke! No me digas que estás moviendo la cola.

¿Eh?

Me giro y veo que, en efecto, mi cola se sacude un poco. Pero, ¿cómo no iba a hacerlo? Naruto se había convertido en mi mejor baza para alejar los dolorosos recuerdos de mi familia. Además, aunque ya no le guardaba rencor por haberme salvado, no quitaba el hecho de que había actuado en contra de mis deseos. Al menos, debería responsabilizarse por el tormento al que me había sometido, sin quererlo, y distraerme un rato.

El doncel se arrodilló frente a la jaula y la abrió con confianza, aún sonriéndome.

—No me digas que por fin te caigo bien —se rio—. Antes no hacías más que gruñirme y ahora parezco tu persona favorita. El doctor me ha dicho que le sigues gruñendo.

Pues claro que lo hacía. Sé que todas esas inyecciones que me ponía eran para que no estuviera con dolor en las patas traseras, pero, joder, cómo odiaba la comida que me daba y su extraña fascinación por mí. La suya y la del resto de veterinarios, me miraban como si fuera un espécimen de lo más interesante y no me gustaba. Sabía que no sospechaban, en absoluto, de que era un hombre lobo, pero supongo que un animal salvaje no se veía todos los días y tenían curiosidad.

Aun así, no me gustaba. Era como si, en cualquier momento, fueran a experimentar conmigo.

No creía que fuera a suceder, pero no podía evitar recordar casos en los que había ocurrido. No habría sido la primera ni la última vez que uno de mi especie era descubierto por casualidad y usado como rata de laboratorio. Yo no había sido testigo de ningún caso, pero algunos cazadores, como mi amigo Kurogane, descendían de cambiantes que habían tenido que infiltrarse en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial para rescatar a los nuestros, eliminar cualquier evidencia de nuestra existencia y asesinar a aquellos que nos habían descubierto.

Había llegado a escuchar relatos sobre algunas de las víctimas. Nunca me atreví a leer los informes reales. Ya tenía bastantes casos desagradables como para cargar con cosas del pasado.

Naruto abrió la puerta de mi jaula y dejó el cuenco dentro. Arrugué el morro al ver esa cosa que pretendía ser paté de cerdo.

El rubio hizo una mueca.

—Lo siento. Sé que no es carne de verdad, pero es lo mejor que hay hasta que te lleve a mi casa.

¿A su casa? ¿Por qué?

Lo miré a los ojos a la vez que lanzaba un gruñido suave con la esperanza de que pudiera darme más información.

Naruto se sobresaltó un poco y sonrió.

—A veces haces cosas como estas que me hacen pensar que me entiendes de verdad.

“Si tú supieras”, pensé con diversión antes de hacer un esfuerzo titánico por comer el paté. Puaj. Los cambiantes abogados del Departamento de Cazadores deberían estar denunciado esta cosa a la que llaman comida. Si esto es carne, tiene que estar mezclada con plástico derretido o alguna mierda parecida.

El movimiento de Naruto cuando se sentó con las piernas cruzadas delante de mí llamó un momento mi atención Lo miré sin dejar de comer. Al menos, el maldito paté seguía siendo mejor que el pienso.

—Supongo que no estará muy bueno para ti, pero en casa te daré carne de verdad —dijo con una sonrisa—. La rehabilitación no será fácil, así que al menos debo asegurarme de que comes bien hasta que puedas volver al bosque.

Ah… Con que es eso. El veterinario no me retendrá aquí hasta que mis patas se curen del todo.

Menos mal, ¡una buena noticia al fin! Estaría en un lugar más cómodo que esta jaula y el doncel no me compraría ni pienso ni paté.

Más le valía que eso fuera cierto. Era su culpa que yo estuviera vivo, así que esperaba un mejor trato que el que tenía aquí.

—Parece que te ha aceptado.

Gruñí de forma instintiva al reconocer la voz del doctor Genji. No dejé de relamer el paté con recelo mientras lo observaba. Sin embargo, él estaba más pendiente del doncel, como de costumbre. Y, como siempre, Naruto, o no se daba cuenta o, simplemente, se hacía el tonto muy bien.

Se giró hacia el veterinario con una gran sonrisa.

—Ha movido la cola cuando he llegado —dijo con una ilusión que me pilló con la guardia baja.

Vaya, no sabía que un detalle tan nimio pudiera hacerle feliz de ese modo. Si era así, a lo mejor debería mover la cola más a menudo. No es como si me costara mucho hacerlo.

Por desgracia, o por fortuna, teniendo en cuenta que cualquier cosa era mejor que recordar mi pérdida, la sonrisa de Naruto fue demasiado para el doctor y se sonrojó hasta las orejas. Sentí el impulso de poner los ojos en blanco, pero me centré en seguir comiendo, aunque mis orejas estaban atentas a la conversación.

—E-eso es muy bueno —tartamudeó. ¿En serio, Genji? ¿Por qué no dejas de hacer el idiota y le pides salir de una vez? Te dirá que sí o te dirá que no, probablemente lo último, pero al menos dejarás de ser tan irritante.

Naruto volvió a mirarme con la ilusión brillando en sus ojos. Yo terminé de comer los restos del paté con el morro arrugado y, al ver que Genji seguía ahí parado, embobado como un adolescente enamorado, le gruñí.

Compórtate un poco, hombre. Se supone que eres un adulto, no un quinceañero. Muévete, actúa, haz algo.

Naruto hizo una mueca mientras me quitaba el cuenco y cerraba la puerta de la jaula.

—No le gusta este paté.

El doctor dejó escapar un suspiro.

—Es normal. Está acostumbrado a la carne, pero me temo que no nos la podemos permitir.

El doncel se giró hacia él.

—Estará bien si se la doy cuando lo lleve a casa, ¿no? Quiero decir, ¿puedo darle cualquier tipo de carne? No creo que sea fácil conseguir la de ciervo.

Genji le sonrió.

—No te preocupes, cazan jabalíes también, así que apreciará el cerdo.

¡Gracias! Al menos sabes lo que cazamos los lobos.

Se me escapó un pequeño y breve ladrido que sobresaltó a Naruto.

—Ey, ¿qué pasa, Sasuke?

Genji hizo una mueca.

—No le gusto.

No había ladrado por eso, pero tampoco voy a negarlo.

Naruto le dedicó una sonrisa amistosa.

—No debe de ser fácil que te gusten los animales y que ellos te odien.

El doctor se encogió de hombros.

—No todos me odian. Además, es gratificante poder ayudarlos, sobre todo a aquellos que están muy mal. Me gusta ver cómo se recuperan —dicho esto, se escuchó el timbre de la clínica y Genji giró la cabeza—. Tengo un paciente que atender. Te dejo con Sasuke.

Se fue rápidamente de la estancia y Naruto volvió a centrarse en mí. Apoyé la cabeza entre mis patas y mantuve las orejas en alto, sabiendo que ahora me contaría cómo le había ido el día desde la visita de ayer.

Él me miró y suspiró.

—Entiendo que no te guste el doctor, pero lo hace por tu bien.

Gruñí un poco. Eso lo sabía, pero seguía sin justificar la comida. Bueno, en realidad, entendía que no tuviera presupuesto para comprar carne de verdad, pero, teniendo en cuenta que una de mis distracciones era la crítica gastronómica de la clínica, no pensaba admitirlo en ese momento.

Naruto levantó una ceja y me observó durante un largo rato. Yo levanté la cabeza y la moví hacia un lado. Él parpadeó y sacudió la suya.

—Debo de estar cansado. Anoche no dormí mucho.

¿Por qué? ¿Qué hiciste?

Volvió a mirarme y me dedicó una sonrisa carente de alegría. Entrecerré los ojos, prestando la máxima atención que era capaz de darle.

—Intenté escribir un rato, pero, la verdad, me está costando mucho últimamente. —Un ligero aroma amargo llegó a mi nariz. Bajé un poco las orejas, consciente de por qué no podía escribir—. Estoy pensando en tomarme un pequeño descanso. Acabo de mudarme y debo de estar un poco estresado. Además, no he visto nada de Kioto aún. Creo que iré a visitar los templos hasta que tenga que llevarte conmigo. —Esta vez, su sonrisa fue más sincera—. Porque entonces me tendrás muy ocupado, ¿verdad?

Yo ladré y moví un poco la cola, con la esperanza de que eso lo animara. Él parpadeó y se le escapó una carcajada.

—¡Sasuke! ¡Mueves la cola otra vez!

Así que funciona. La sacudí con más fuerza, aunque, en mi estado, tampoco podía hacer mucho. Sin embargo, valía la pena. Yo ya tenía suficiente con lo mío como para ver al pequeño doncel sufriendo por un imbécil.

En ese momento, escuché el tono de su móvil y volví a apoyar la cabeza sobre las patas. Agucé el oído tanto como pude para captar su conversación.

—Hola, mamá —dijo mirándome con una sonrisa que hacía brillar sus ojos. Bien, eso estaba mejor—. No, estoy en el veterinario, con el lobo del que te hablé, ¿te acuerdas?

Le escuché contarle que parecía que le había aceptado y que hoy había movido la cola por primera vez con emoción. Me seguía sorprendiendo que algo tan pequeño pudiera hacerle tan feliz de ese modo. No creía que fuera para tanto.

De repente, el rostro de Naruto se volvió blanco y el olor de su dolor me sobresaltó. Alcé la cabeza y lo miré con atención. Parpadeó un par de veces y se limpió los ojos, brillantes y llenos de emociones contenidas.

—No te preocupes, estoy bien. Entre la mudanza y mi nuevo amigo, estoy muy ocupado. Además, quiero aprovechar para conocer Kioto. De hecho, quería ver si podía hacer una visita guiada mañana…

Pese a que su tono pretendía ser animado, el olfato no mentía. Naruto sufría.

Joder, ahora que había conseguido subirle el ánimo. Rasqué la puerta de mi jaula para llamar su atención y él me miró. Solté un gruñido suave y moví la cola otra vez. Me sonrió, pero solo vi un atisbo de alegría en ese gesto. La amargura inundaba mi nariz.

No sabía qué hacer. No me gustaba lo que olía. Odiaba ver al pequeño doncel triste cuando había sido el único capaz de mantenerme alejado de mis malos pensamientos. No es como si le agradeciera que me hubiera salvado la vida, pero había entendido y aceptado que lo había hecho con buena intención. Era un buen humano y merecía algo mejor que ese capullo.

Siguió tratando de apaciguar a su madre un poco más, hablándole de los templos y monumentos que tenía pensado visitar y cómo iba darse un descanso de la escritura durante una temporada. Me molestó no ser capaz de hacer más, no poder disolver el ambiento amargo.

Cuando, por fin, terminó la conversación, Naruto dejó de contenerse y se cubrió los ojos.

—Maldita sea —susurró con la voz rota—. Basta, maldita sea. No quiero esto.

Gemí para llamar su atención de nuevo y rasqué la jaula de nuevo. No llores por él, Naruto. No se lo merece.

Él alzó la mirada hacia mí. Tenía los ojos enrojecidos y unas lágrimas se habían escapado de ellos. Se apresuró en limpiárselas.

—Ya lo sé. Lo sé. Es un cabrón. No soy tan idiota. Sé que merezco algo mejor. —Hizo una pausa en la que sorbió por la nariz y apretó los labios—. Pero duele. Todavía duele. Y es una mierda.

Gemí otra vez y acerqué el morro a la puerta de la jaula. Venga, pequeño doncel, deja que haga esto por ti.

Naruto parpadeó y arrugó la frente.

—¿Qué quieres, Sasuke?

Arañé la puerta de la jaula y acerqué el morro otra vez. Vamos, eres listo, seguro que lo adivinas.

Naruto se acercó más a la jaula, observándome, atento a mis señales. Lancé un largo gemido que terminó en un breve aullido. Él ladeó la cabeza y, por fin, acercó la mano a mi hocico.

No recordaba la última vez que había hecho algo como esto. Tal vez a mi madre, cuando había tenido un momento de desconsuelo al recordar a Taki, Ryota y Daiki cuando veía a mis sobrinos jugando juntos. Puede que hubiera dejado que una víctima de un fugitivo al que cazaba me abrazara alguna vez, pero, la verdad, esto no era mi fuerte. Sin embargo, no quería ver al doncel llorando, no por un idiota que no había sabido apreciar lo que tenía.

Le lamí los dedos. No sabía si él entendería mi torpe intento de consolarlo, pero no se me ocurría otro modo de animarlo.

Lo vi abrir los ojos como platos. Se quedó un momento ahí, mirándome como si dudara de que lo que veía era a un lobo salvaje lamiendo dócilmente a un humano como un cachorro deseando hacer amigos.

No era lo mío. Nadie a quien se lo hubiera contado y que me conociera lo habría creído. Yo no era dócil, ni blando, y mucho menos dulce. Podía ser cariñoso, pero solo con mi círculo más cercano. Uno en el que no quería pensar. Para el resto, había sido un macho duro, taciturno y distante, un Cazador que se había convertido en tal para buscar venganza contra su propio hermano. El apareamiento de Itachi y el nacimiento de mis sobrinos me habían suavizado, pero no lo suficiente como para que nadie creyera lo que estaba haciendo ahora.

Sin embargo, no me molestaba.

Ya no tenía orgullo, ni nada en realidad.

Ese doncel era lo único que me ataba a este mundo, la responsabilidad de que no tuviera que cargar con la culpa de haberme matado.

Puede que, después de todo, sí me quedara algo, un sentido del deber, tal vez.

Culpa de Naruto por hacerme sentir mal al verlo llorar de aquella forma.

Escuché que se le escapaba una risilla incrédula y se limpió los ojos otra vez. Me sonreía.

—Eres un buen chico, Sasuke.

Moví la cola. Algo es algo. Lo lamí con más decisión, esperando que eso terminara de animarlo.

Solo quería que estuviera bien. No sabía qué iba a hacer si se derrumbaba. Necesitaba esa alegría que desprendía cuando no pensaba en el imbécil de su ex para alejar las pesadillas y olvidar, por un rato, todo lo que había perdido.


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