Mi hogar

 


—¡Sasukeeeee!

Al escuchar la voz de Naruto, no pude evitar mover la cola con tantas ganas que mi jaula resonó por los golpes, asustando a tres gatos y un pájaro que había por ahí. Solo los otros dos perros que estaban ahí ladraron con alegría, percibiendo mi evidente emoción.

Había pasado una semana (o eso sospechaba por las visitas del doncel) desde mi revelación acerca de mi compañero. A pesar del misterioso mensaje del bastardo malnacido del ex de Naruto, él no había faltado ni un solo día a verme. Día tras día, venía a alimentarme y a contarme sus andanzas por Kioto, aunque no mencionó al gilipollas ni una sola vez.

Normalmente, me lo tomaría como una buena señal, pero tuve la sensación de que evitaba el tema a propósito. Cuando venía, solía desprender ese olor amargo tan fuerte que era su dolor. Se le pasaba al poco rato de estar conmigo, parecía que mi compañía lo reconfortaba tanto como la suya me consolaba a mí. De modo que, estos días, cuando me daba de comer, solía tocar sus dedos con mi hocico y lamerlo en un intento de que entendiera que yo también estaba ahí para él. No sabía si captaría el mensaje o no, pero, fuera como fuera, lograba sacarle una sonrisa tierna. Eso me bastaba, de momento.

Me relamí cuando vi cómo asomaba su cabecita rubio por la puerta para buscarme con la mirada. Esta vez, a diferencia de los últimos días, no percibí el olor de su dolor. Al contrario, hoy tenía una enorme sonrisa y parecía genuinamente emocionado, más de lo que lo había visto hasta entonces. Eso me alivió.

—Sasuke, hoy tengo una sorpresa para ti —me dijo mientras entraba escondiendo algo tras su espalda.

Alcé las orejas, tenso de repente.

Por el amor de la Gran Madre, que no sea un nuevo tipo de paté o pienso.

Esperé mientras Naruto se sentaba frente a mí y me abría la jaula. Como ya era habitual entre nosotros, me acercó la mano para que la olfateara. Solía hacerlo durante unos segundos, pero, esta vez, pegué mi nariz a su piel con ganas, buscando receloso cualquier rastro a “comida” sospechosa.

Nada. No noté nada fuera de lo habitual. Bueno, mentira, hoy Naruto olía a animal, un cúmulo de aromas a perros, gatos, aves y roedores. Había estado en algún lugar con muchos animales. ¿Una tienda? ¿Habría comprado algo para mí?

Él rio al ver mi reacción.

—Vaya, creo que me has pillado —dicho esto, apartó la mano y buscó lo que había escondido a su espalda—. ¡Taráaaan!

Ladeé la cabeza, sin estar muy seguro de lo que significaba. Naruto sostenía delante de mí un arnés de color azul. ¿Para qué me hacía falta uno si no podía ni moverme?

—¡Enhorabuena, Sasuke! Estás oficialmente dado de alta del hospital.

No pude contenerme. Aullé tan fuerte que los gatos bufaron y estoy convencido de que casi mato al pobre pájaro del susto. Los perros, en cambio, me corearon con ladridos felices mientras golpeaban con sus patas las puertas de sus jaulas.

¡Sí, sí, sí! ¡Por fin iba a salir de allí! ¡Adiós a la maldita jaula! ¡Hola, casa de Naruto! Y a vosotros, pienso asqueroso y paté impostor de cerdo, ¡que os den!

Intenté arrastrarme fuera de la jaula mientras chasqueaba los dientes intentando coger el arnés. Si Kurogane me hubiera visto con eso puesto, se habría reído de mí por toda la eternidad, incluso en nuestras siguientes vidas, pero no podía importarme menos en aquel momento.

Mi segunda oportunidad estaba a punto de empezar y, por la Gran Madre, estaba impaciente por aprovecharla.

—Voy, voy, tranquilo —dijo Naruto mientras yo me dejaba poner el arnés—. Aunque entiendo que quieras irte de aquí. Este mes se te habrá hecho eterno, ¿verdad?

¿Mes? ¿Llevaba solo un mes aquí? Mierda, a mí me había parecido mucho más tiempo, una eternidad en realidad, pero, poniéndome serio, habría dicho que al menos dos meses.

Sin embargo, tenía sentido. Ya me había roto una pierna antes y tardé entre tres y cuatro semanas en sanar, aunque necesité dos meses para poder moverme bien.

Dos meses encerrado en casa de Naruto sonaba como una jodida fantasía. Preferiría que no fuera con las patas traseras hechas un asco, de hecho, preferiría estar ya recuperado y creando un plan para conquistar al doncel, pero, entre eso y seguir en ese maldito hospital con esa aberración a la que llamaban comida para perros, no se quejaría.

Una vez puesto el arnés, Naruto inspiró hondo mientras lo miraba fijamente. Él alzó las orejas, sin estar seguro de qué estaba esperando.

—Bueno, Sasuke —le dijo—. Me atrevería a decir que nos hemos hecho amigos las últimas semanas, así que, por favor, no me muerdas.

¿Qué? ¿De qué estaba hablando? ¿Por qué demonios haría yo eso?

Naruto puso ambas manos sobre mi lomo y me tumbó hacia un lado. Yo obedecí, dócil. Fuera lo que fuera lo que quisiera, me dejaría hacer, incluso rascarme la barriga. No era algo que disfrutara mucho en forma de lobo, pero quería demostrarle que era inofensivo para él, así que, adelante.

El doncel apartó las manos y movió los dedos en el aire, observándome como si no supiera muy bien qué hacer. Suspiró y me miró a los ojos.

—Te juro que te daré carne de primera cuando lleguemos a casa si te quedas tranquilo, ¿vale? No voy a hacerte daño, solo quiero llevarte a mi coche —dicho esto, frunció el ceño y gimió—. Ah, mierda. Este sería un buen momento para que me entendieras de verdad.

Ah, ya entiendo.

No te preocupes, compañero. Me quedaré quieto.

Aprenderás que puedes confiar en mí.

Me quedé laxo en el suelo, sin moverme un ápice. Entonces, él soltó el aire despacio y pasó las manos por debajo de mis patas. Yo me dejé hacer, procurando no moverme.

—Eso es, buen chico, buen chico. Por favor, no me muerdas después de esto —susurró.

Por supuesto, no lo hice.

Con un resoplido, Naruto me levantó con los brazos y se puso en pie a duras penas. Me sentí un poco mal por él, aunque seguí sin hacer un movimiento. No quería desestabilizarlo.

—Joder, Sasuke, eres un buen bicho —maldijo, haciendo que sonriera.

Lo siento, compañero. Te habría ayudado de haber podido.

Por suerte para los dos, el doctor Genji apareció al rescate y ayudó al doncel a llevarme hasta su coche. Incluso fue capaz de sostenerme él solo mientras Naruto acomodaba una vez más una manta que había puesto en los asientos de atrás para mí y el cinturón especial para perros que iba enganchado a mi arnés. Tuve que darle mérito por atreverse a cargarme.

—Bueno, Sasuke, esto ya está —me dijo mientras me dejaba con mucho cuidado en el coche y me acomodaba las patas traseras para que no me hiciera daño. Una vez hecho, me dedicó una sonrisa amable—. Sé que no hemos empezado con buen pie, pero me alegro mucho de haberte tenido como paciente.

Yo le dediqué un gruñido suave. Esta última semana había sido más tolerante con él. No iba a mentir, me seguía pareciendo un blandengue y de ningún modo me gustaría para Naruto, jamás, menos ahora que sabía que era mi compañero.

Pero, precisamente tras descubrir eso, me sentí agradecido hacia él. Aunque fuera un animal salvaje, el doctor había accedido a tratarme y había salvado mis patas traseras. Sin ellas, no podría cuidar de Naruto al cien por cien y mucho menos protegerlo si era necesario. Así que tuve que reconocer su amabilidad para conmigo y su habilidad.

Por ese motivo, cuando alejó sus manos de mí, me atreví a hacer un movimiento rápido con la cabeza para darle un lametón en la mano.

La expresión sorprendida y radiante de su rostro no tuvo precio. Ladré una carcajada y moví la cola una vez.

—Parece que le gustas más de lo que pensabas —rio Naruto.

A ver, tampoco nos pasemos, Naruto.

Genji también rio y se rascó detrás de la cabeza.

—Gracias por haberme dado esta increíble experiencia. Los veterinarios ordinarios no solemos poder presumir de haber tratado un animal salvaje.

El doncel se acercó y le tendió la mano.

—Gracias a usted por haberlo aceptado en su hospital.

Después de esa despedida y de que el doctor le recordara algunas recomendaciones para mi recuperación, Naruto puso en marcha en coche y, por fin, nos fuimos a nuestro futuro hogar.

Al principio, él estuvo preocupado por cómo reaccionaría a un viaje en coche, pero yo me dediqué a disfrutar de tener por fin un asiento más cómodo que la superficie plana de mi jaula, que, pese a que también tuve mantas, no fue tan confortable como un sillón más mullido. Así que pasé el trayecto medio dormitando sobre el asiento, medio olisqueando los aromas que entraban por las ventanillas abierta.

Fue bastante agradable poder librarme al fin de los olores de los fármacos y a otros animales. La brisa veraniega trajo consigo el aroma de los árboles típicos de los bosques de Japón, cedros y piceas, aunque le di una especial bienvenida al familiar olor de los abetos y el maravilloso dulzor del melocotonero.

Sin embargo, conforme íbamos ascendiendo, algo cambió. Alcé la cabeza al reconocer el característico aroma de las bayas de alcanfor.

Reconocería esa mezcla de olores en cualquier lugar. Estábamos en el Monte Hagashiyama.

Mi antiguo hogar.

El recuerdo de mi familia apretó mi corazón.

—Eh, Sasuke, ¿estás bien? —me preguntó Naruto, mirándome brevemente por el espejo retrovisor y echando una mano hacia atrás para buscar mi cabeza—. ¿Estás mareado? No te preocupes, estamos llegando a casa. No falta mucho.

No me había dado cuenta de que había empezado a gemir.

Pese a que había encontrado a mi compañero, el dolor de mi pérdida aún me acompañaba. Era más soportable, era cierto, por la emoción de tener la oportunidad de empezar de cero de nuevo, pero no por ello había terminado mi luto.

De hecho, había una nueva tristeza en mí. Mi familia no podría conocer a Naruto. A mis padres les habría encantado pasar una tarde entera dándome consejos acerca de cómo conquistarlo, cuidarlo y mantenerlo a mi lado. Mi madre lo habría adorado y se lo habría quedado para ella si se lo hubiera permitido, con toda seguridad, y mi padre me habría dado la charla sobre las atenciones necesarias a un compañero, sobre todo uno humano, y en especial durante un embarazo.

En cuanto a mi hermano… Gemí más fuerte.

Podía verlo dando saltitos de felicidad en el momento en el que le hubiera anunciado la noticia, cómo él y su compañera me habrían suplicado por conocer todos los detalles. Podía imaginarlos perfectamente buscando cualquier excusa para vernos y pasar tiempo con ellos y sus cachorros…

Oh, los cachorros. Itachi habría hecho lo que fuera porque Naruto y yo los hubiéramos tenido cuanto antes. Así podrían haber jugado y se habrían criado con los suyos. Sabía que una parte de él tenía ilusión porque nuestras camadas tuvieran edades no muy lejanas.

Siempre quiso que yo tuviera un compañero. Pensó que sería un modo de alejarme del mal camino que había elegido, que empezaría a ver más allá de la venganza y la caza. Que me haría vivir de verdad y alejarme de la amargura que me había acompañado desde cachorro.

Cerré los ojos con fuerza, gimiendo. No quería preocupar a Naruto, pero tampoco podía evitar el dolor que atenazaba mi pecho.

—Ya está, Sasuke, ya hemos llegado, tranquilo —me dijo el doncel, deteniendo el coche.

Solté un último gemido lastimero mientras trataba de recobrar la compostura.

Todo iría bien. Mi compañero y el tiempo habían empezado a curar la herida. Todavía ardía, pero podría soportarlo. Solo tenía que mirar adelante, centrarme en esta nueva oportunidad, y permitirme sanar.

Aunque la pena no se me pasó, que Naruto dedicara un minuto a asegurarse de que yo estaba bien ayudó. Era tan dulce, tocándome las patas con cuidado y asegurándose de que no estuviera mareado. Le lamí en un intento de decirle que estaba bien, aunque no se quedó tranquilo hasta que me sacó del coche y vio que podía sostenerme sobre mis patas delanteras. Por supuesto, él sostenía las traseras usando un asa del arnés.

Volver a usar mis patas hizo que me sintiera algo torpe, pero lo agradecí con creces. Era agradable poder moverme de nuevo por mi cuenta. Sabía que Genji me había estado sedando en el hospital para realizar ejercicios con mi cuerpo de forma que no se me atrofiaran los músculos, pero, claro, yo no había estado consciente. Así que fue un alivio comprobar que, aunque poco, podía funcionar por mí mismo.

—¡Eso es, Sasuke! Lo haces muy bien —me felicitó Naruto con una alegría que me calentó un poco. No pude evitar sacudir mi cola un momento—. Mira, aquí es donde vivo. Tenía muchas ganas de que vinieras.

El lugar fue una buena distracción. Supe enseguida que estábamos a unos pocos metros más arriba del pie de la montaña. No estábamos exactamente cerca de donde había vivido con mi manada, pero no habría sido imposible que me encontrara con Naruto alguna vez.

De algún modo, me alivió saber que, incluso si mi familia no se hubiera ido, lo habría acabado conociendo tarde o temprano.

La casa estaba a la vista gracias a un camino de tierra, pero, de no ser por eso, habría quedado oculta entre los árboles frondosos. El hecho de que el propio bosque la escondiera y que estuviera aislada de cualquier urbanización u otra vivienda encajaba con la imagen de escritor que tenía de Naruto. Por muy ruidoso y enérgico que pudiera ser a veces, podía verlo viviendo en un lugar silencioso y tranquilo donde nadie interrumpiera su trabajo, en un paisaje verde, contemplando la lluvia mientras escribía en busca de inspiración.

Ya tenía ganas de verlo solo para saber si la idea que me había formado de él era correcta o qué matices de su personalidad descubriría.

Me sobresalté cuando una gota de lluvia cayó en mi hocico. Naruto se rio, pero me ayudó a ir hacia la casa tan rápido como les era posible a mis torpes patas.

Su casa era de dos plantas y, aunque era moderna, había ciertos elementos que recordaban a las viviendas tradicionales japonesas, como los tejados triangulares con tejas oscuras y el pequeño porche que precedía la casa. Me gustó mucho que Naruto hubiera puesto a ambos lados de la entrada dos figuritas de piedra con forma de zorro que recordaban a las del templo de Fushimi Inari-taisha. Por algún motivo, le pegaba.

Entramos en el recibidor, donde Naruto me dejó un momento para quitarse los zapatos. Me dediqué a observar el interior con curiosidad. El suelo era de madera oscura, con una cocina que parecía moderna a la derecha y un salón abierto a la izquierda. Tras el salón, había una puerta que sospeché que conducía a una habitación y, junto a la cocina, otra estancia más pequeña que debía de ser el cuarto de baño.

Naruto se quedó en calcetines y me llevó después al salón. Era amplio y aún estaba bastante vacío, solo tenía un sofá, el televisor junto a su mueble y un montón de cajas apiladas en una esquina. Ni siquiera había mesa o sillas, pero una de las paredes era un gran ventanal de cristal grueso que ofrecía una vista espectacular del bosque.

—Lo sé, todavía me queda mucho por hacer —me dijo Naruto mientras me dejaba una vez más en el suelo para acercarse al sofá—. Pero tengo lo esencial… Aunque necesito librerías con urgencia —gimió, mirando las cajas apiladas con una carita de tristeza que me dio ganas de lamerle—. Mis pobres libros… Encerrados en horrendas cajas de cartón —dicho esto, se sobresaltó y fue detrás del sofá. De repente, volvía a sonreír—. Mira, Sasuke, te he comprado esto, para que estés cómodo y no cojas frío en el suelo.

Levanté las orejas al ver una enorme cama mullida de perro. Joder, es gruesa y una maldita monada, gris y con dibujos de huesos. Parece hecha de algún tipo de material aterciopelado y caliente.

¿Cuánto se habría gastado en eso? No es como si no lo agradeciera, ya estaba bastante contento con la cabezadita que me había echado en el asiento de su coche, pero eso parecía excesivo para un supuesto animal salvaje. Aunque, por otro lado, estaba herido. Supongo que solo quería que estuviera lo más cómodo posible.

Naruto me cogió del arnés otra vez para sujetar mis patas traseras y dejé que me guiara hasta la cama.

—Vamos, vamos, a ver si te gusta.

Teniendo en cuenta que, como Cazador, he tenido que dormir en bosques de todo el país, con lluvia, nieve y cualquier otro tipo de temporal incómodo, no iba a quejarme de nada de lo que me ofreciera. Así que me metí en la cama y dejé que acomodara mis patas traseras con un cuidado que me enterneció. Le lamí las manos en una muestra de cariño. Quería que supiera que le estaba agradecido y, de paso, que no le haría daño pese a mi verdadera naturaleza.

Naruto soltó una risilla.

—Estás muy cariñoso últimamente, Sasuke. ¿Qué he hecho para gustarte tanto? Si todavía no te he dado el cerdo —dicho esto, su sonrisa desapareció y se sobresaltó—. ¡Mierda! ¡Tu comida!

Vi cómo se levantaba y salía corriendo hacia la cocina un tanto divertido y, para qué mentir, emocionado por comer al fin carne de verdad.

Mientras esperaba, probé mi nueva cama a base de restregarme y apretarla con mis patas. Era suave y esponjosa, tanto que me hizo bostezar. Todavía olía un poco a tienda animal, pero, sobre todo, tenía el aroma de Naruto. Su fragancia predominante era la manzana y la canela combinadas con el frescor de los abetos, el árbol dominante en su zona.

De hecho, la casa olía como él y a algo cítrico que supuse que vendría de la limpieza.

Era muy relajante, hacía que mi lado animal se sintiera muy cómodo y acogido. ¿Era ese el efecto que tenía el olor de un compañero en los cambiantes?

Podría acostumbrarme, y bastante rápido.

—¡Aquí tienes tu comida!

El olor a cerdo cocinado hizo que salivara. Joder, creo que ya me he acostumbrado.

Muevo el hocico frenéticamente mientras Naruto deja un cuenco junto a mi cama. Me arrastro con fuerza para llegar con rapidez a los trozos de cerdo y los atrapo con la lengua, chasqueando los dientes a gusto al sentir la carne deshaciéndose en mi boca. Estaba un poco cruda por dentro, pero no podía importarme menos. No le sentaría mal a mi estómago y, mierda, sabía mil veces mejor que esa basura que se hacía pasar por paté. Además, no es como si no hubiera comido animales crudos antes. Esto era mejor con diferencia.

Naruto soltó una risilla.

—Creo que ahora seremos mejores amigos.

Por ahora, compañero. Por ahora.

 

 

Pese a que no tenía nada que hacer, la tarde se me pasó volando.

Después de comer, Naruto me dejó haciendo una siesta que disfruté demasiado en mi nueva y mullida cama. Mi sueño fue tan profundo que no tuve pesadillas o sueños de ningún tipo, y, al despertar, descubrí que el doncel me había tapado con una mantita. No es que me hiciera falta con mi denso pelaje, pero agradecí el detalle.

Poco después de desperezarme, vino un momento bochornoso que desearía que mi compañero no hubiera visto nunca a menos que estuviera tan herido que no hubiera otra opción.

Situación que se daba en este caso, por desgracia.

Me sacó a hacer mis necesidades.

Como no podía mover las patas traseras, él tenía que acompañarme sujetando el arnés. Fue muy amable y sabía que él me veía como un simple animal, pero eso no disminuía mi vergüenza. Una cosa era aceptar la ayuda de Genji, un tipo al que no volvería a ver y que, desde luego, no conocería el secreto de mi especie… Pero es que a Naruto planeaba contárselo cuando estuviera preparado.

Y que tuviera una imagen de mí cagando no era lo que yo tenía en mente para conquistarlo, ¡joder!

Me costó una media hora resignarme a mi destino y aceptar que tendría que pasar por eso un par de veces al día, aunque la vergüenza tardaría mucho más en irse.

Aun así, tras la espantosa salida, Naruto me dejó en el suelo del salón y me hizo la rehabilitación. Movió mis patas traseras en diferentes ángulos e hizo ejercicios con ellas para que me recuperara poco a poco. Lo cierto era que, aunque inservibles, podía sentirlas de vez en cuando siempre que el efecto de los analgésicos que todavía tomaba para el dolor empezara a pasarse. A veces, cuando eso ocurría, probaba a mover los dedos de mis pezuñas, y funcionaban bien, aunque ardían como el jodido infierno.

Ahora, tumbado sobre mi cama, me dedicaba a observar a mi compañero, sentado en el sofá con su portátil en su regazo. Parecía estar trabajando, aunque aún no me había dicho nada acerca de que había vuelto a escribir.

Sin embargo, me gustaba verlo, descubrir cosas de él que antes no sabía o en las que no me había fijado. Para empezar, era la primera vez que lo veía tan serio y concentrado en algo, aunque a veces se rascaba la cabeza con frustración, murmuraba para sí mismo algo o resoplaba frotándose los ojos.

Francamente, era fascinante.

No tenía ni puñetera idea de qué iba el libro, pero, viéndolo trabajar así, no iba a negar que tenía mucha curiosidad.

Aun así, intenté mantenerme quieto, no queriendo distraerlo tampoco ni darle más trabajo que el que ya le estaba dando al cuidarme. Por unos minutos, me distraje cuando la lluvia golpeó el cristal del salón con fuerza. Podía entender por qué Naruto había escogido una vista panorámica para esa estancia, el efecto de los árboles combinado con la lluvia era simplemente hermoso, por no hablar del sonido. Incluso si parecía que estuviera a punto de haber una tormenta, el rítmico golpeteo de las gotas de agua tenía algo melódico y relajante y acentuaba el sentimiento acogedor de la casa.

De nuevo, me hizo recordar lo poco que había apreciado antes cosas tan pequeñas como esta, pero que, en ese momento, me pareció algo precioso.

Yo había visto innumerables veces la lluvia cayendo sobre el bosque de mi manada, por no hablar de otros bosques, montañas, lagos, la misma costa… Y solo había pensado en cómo eso dificultaba mi cacería o que me dejaba atrapado en mi propia casa.

Ahora, en cambio, lo sentía como algo relajante.

Se me escapó un gemido. Era realmente triste cómo había pasado mi vida, dejando que el odio me cegara.

¿Itachi se sintió así hasta que encontró a Izumi? No lo sé, pero, desde mi perspectiva, al menos él intentó vivir más allá de la pérdida de nuestros hermanos.

¿Y mis padres?

Me estremecí solo de pensarlo. Ellos perdieron a dos de sus cachorros, o tres, si contáramos a Daiki como una pérdida. Recuerdo lo destrozados que estaban, pero, aun así, lucharon muy duro para sacarnos adelante a los demás a pesar de su tristeza, aunque creo que nunca se recuperaron del todo. Sin embargo, me consolaba recordar sus rostros emocionados durante la fiesta de apareamiento de Itachi, y lo felices que estaban cuando se enteraron de que iban a ser abuelos, y su evidente alegría cada vez que mis sobrinos correteaban cerca de ellos.

… ¿Y Daiki?

Él… aún seguía vivo… ¿Estaría sufriendo? ¿Habría estado viviendo como yo? ¿Lleno de rabia y de culpa? ¿Incapaz de apreciar las cosas sencillas y hermosas que había a nuestro alrededor? ¿Al margen de tanto dolor? ¿Alejándose de todo y de todos? ¿Sin darse otra oportunidad?

¿Sabría que nuestra familia había muerto?

… Debería saberlo, yo…

—Eh, Sasuke, ¿estás bien?

Antes de que pudiera ahondar más en ese pensamiento, la voz de Naruto me distrajo. Se había levantado y venía hacia mí con cara de preocupación.

Mierda, ya había vuelto a gemir sin darme cuenta.

—¿Te duelen las patas? —me preguntó mientras se agachaba a mi lado y empezaba a tocarlas con sumo cuidado.

Tragué saliva, reprimiendo un gemido. No quería que pensara que me dolían.

Era difícil conciliar mis emociones; dolor por un lado y emoción por el otro. Sabía lo que tenía que hacer para acabar de salir adelante, pero, hasta que me recuperara, no era posible. No podría ocuparme de mis asuntos familiares hasta que pudiera moverme por mi cuenta. Y, aun así, era feliz cuando Naruto me cuidaba, aunque solo fuera un animal herido para él, me sentía querido y seguro. Como si fuera mi refugio.

El doncel terminó de examinarme y me miró con el ceño fruncido.

—Los analgésicos deberían durarte todavía… —dijo, pensativo, mientras se cogía el mentón con los dedos índice y pulgar—. No parece que te duelan las patas. ¿Te habrá sentado mal la comida?

Yo me arrastré un poco más hacia él y me froté contra su pierna.

Lo siento, compañero, no quería preocuparte. Estaré bien, solo necesito tiempo… y tenerte cerca.

Entonces, sentí su mano sobre mi cabeza.

Me acarició. Mi compañero me estaba acariciando. Sus dedos pasaron gentilmente sobre el pelaje entre mis orejas, presionando en círculos suaves mi nuca. Después, los deslizó por los costados de mi cuello, enterrándolos entre mis ásperos mechones para llegar a mi piel, y, luego, ascendió de nuevo para rascarme por detrás de las orejas.

Necesité de toda mi fuerza de voluntad para no soltar un aullido. Joder, se sentía tan bien.

—¿Mejor, Sasuke? —me preguntó.

En el paraíso, compañero.

Me permití soltar unos gruñidos suaves, esperando que eso le dijera que estaba bien y que no tenía nada que ver con mis patas.

Funcionó. La expresión tensa y preocupada de mi doncel se convirtió en una de alivio.

—¿Te asusta la lluvia fuerte? —Nada más decir eso, frunció el ceño—. Vives en el bosque, así que no creo. —Miró a su alrededor, pero no pareció encontrar lo que buscaba—. No sé si hay algo aquí que te pueda dar miedo, antes parecías estar bien…

Me pegué más a su mano, buscando más caricias y disculpándome mentalmente por haberlo asustado.

Él me observó durante unos minutos y, de repente, su rostro se iluminó.

—Ay, Sasuke, ¿te sientes solo?

… No era eso exactamente, pero mejor a que creyera que me dolían las patas y me diera más analgésicos. Así que me arrastré más cerca con gruñidos suaves y cortos, frotándome contra él, buscando su atención.

Naruto me acarició otra vez la cabeza. Se me escapó un gruñido más grave de pura satisfacción.

—Espera, tengo una idea.

Alcé la cabeza cuando Naruto se levantó. Se colocó detrás de mí y me cogió del asa que usaba para sostener mis patas traseras. Yo me puse en pie sobre las delanteras al entender lo que quería y esperé a que me guiara. Me condujo hasta el sofá, lo que hizo que yo moviera la cola con alegría al sospechar sus intenciones.

Tal como sospechaba, me subió al sofá y me acomodó justo a su lado. En cuanto se sentó, yo dejé mi cabeza sobre su regazo con un suave resoplido.

Este era mi lugar en el mundo. Y, cuando Naruto me acarició la cabeza de nuevo, yo solo cerré los ojos y permití que todo lo demás se desvaneciera a mi alrededor.

—Esto era lo que necesitabas, ¿eh, Sasuke?

No lo sabía, pero sí.

Durante un rato, estuvo dándome suaves caricias mientras me susurraba que todo iría bien, que en un par de meses estaría recuperado y que ya no me dolería nada. Yo me limité a disfrutar de sus dedos pasando por mi cabeza, mi cuello y mis orejas.

Mi cuerpo se relajó tanto que me quedé dormido en algún momento. Pero, incluso en mis sueños, seguía sintiendo las caricias de mi compañero. Sus manos jugaban con mi pelo mientras yo presionaba mis labios contra su vientre hinchado, sintiendo a mis cachorros moviéndose en su interior.

Sentí una ola de calidez que solo habría podido describir como el amor más puro que jamás había experimentado, tanto hacia Naruto como a los pequeños que llegarían pronto. Y, de fondo, pude escuchar la voz de Itachi como algo lejano, perdido en mis recuerdos, diciéndome cómo se había sentido él al tener su primera camada, y lo que significaba formar su propia manada familiar.

Incluso cuando me desperté, el sentimiento no desapareció inmediatamente. Ese halo cálido permaneció en mi pecho, como un recordatorio de lo que anhelaba en esta segunda oportunidad.

Abrí los ojos, alzando un poco las orejas al escuchar el tecleo de las rápidas manos de Naruto sobre el ordenador, que había dejado en el reposabrazos para que no me molestara. Contemplé su rostro concentrado y con una ligera sonrisa de anticipación, como si estuviera creando algo que lo emocionaba y le suponía un reto a la vez.

Podía comprender ese sentimiento, y, mirándolo, sentía cómo mi determinación de convertirlo en mi compañero se reafirmaba.

Deseaba lo que había visto en mi sueño, y quería que Naruto formara parte de él.

Tenía que conseguirlo. Si no, no tenía ni idea de por qué estaba vivo, si no era para aprovechar esta oportunidad.

Una vibración me sobresaltó, haciendo que el doncel también saltara.

Perdona, compañero.

Él me miró y sonrió.

—Ey, Sasuke, ¿qué tal tu siesta? ¿Has dormido bien? —me preguntó mientras me acariciaba la cabeza con una mano, y, con la otra, cogía su móvil. Yo gruñí suavemente, apoyándome de nuevo en su regazo, aunque mantuve un ojo en él por si era el imbécil de su ex—. Ah, es Sakura. —Bien. No se pondría triste—. Ey, Sakura.

—Hola, mejor amigo. ¿Qué tal con el lobo? —Oí su voz alegre y cantarina.

Naruto esbozó una gran sonrisa que provocó que moviera la cola. Me hizo ilusión que mi compañía le hiciera feliz.

—¿Te puedes creer que lo tengo sobre mi regazo?

—¡Qué dices!

—Te lo juro —dijo mi doncel, mirándome con emoción en sus bonitos ojos—. Sasuke es bastante cariñoso para ser un lobo salvaje. Creo que se siente un poco solo.

—Bueno, es un animal que va en manada. Puede que extrañe a la suya.

Un pinchazo de dolor mató un poco la felicidad que sentía en ese momento, pero traté de sobreponerme. Me aferré a mi sueño mientras apretaba la cabeza contra el estómago de mi compañero, aspirando su aroma y dejando que me acariciara la cabeza de nuevo.

Las imágenes de los cadáveres carbonizados de los míos pasaron por mi cabeza. Me concentré en el vientre hinchado de Naruto, en la sensación de mis cachorros en su interior.

Dolor contra amor. Ambas emociones se mezclaron en mi interior, girando y retorciéndose juntas, no como si lucharan entre ellas, sino más bien como si se estuvieran acomodando la una a la otra. Era posible sentir ambas cosas a la vez, y, aunque no fuera agradable, seguía siendo mejor que la inmensa agonía que padecí cuando desperté en el hospital veterinario.

Ahora, al menos, el amor me daba esperanza. El dolor solo era parte de mi luto. Debía pasar por él antes de seguir adelante. Después, el amor y la esperanza me llenarían, estaba convencido.

Me concentré en mi compañero y en la conversación, evitando gemir de nuevo para no preocupar a Naruto.

—¿Te ha vuelto a llamar el que no debe ser nombrado?

Fue increíble cómo esa pregunta mitigó casi por completo mis emociones. Pese a que aún era consciente de ellas, fue suficiente distracción para poder centrarme en mi compañero. Sabía que era un tema que le hacía pasarlo mal y yo quería ayudarlo a superarlo como él estaba haciendo conmigo.

Vi cómo apretaba el móvil y una sombra de dolor empañaba sus ojos. Froté mi cabeza contra su vientre, queriendo que supiera que estaba ahí para él. Naruto me vio y sus labios se curvaron un poco hacia arriba.

—No lo sé —respondió mientras me rascaba detrás de una oreja—. Lo he bloqueado.

—Ya era hora —se quejó Sakura—, te dije que era lo primero que tenías que hacer.

—Lo sé —suspiró Naruto, bajando la mirada hacia su ordenador, sin verlo realmente—. Supongo… que quería saber por qué. Creo que estaba esperando a que me diera una explicación.

—¿Ha hecho que te sientas mejor?

—No. En realidad, es peor ahora —admitió con un siseo. El olor de su dolor hizo que se me encogiera el corazón, aunque estaba mezclado con un ligero picante—, pero me alegro de saberlo. Ahora sé que no era para mí.

Escuché que Sakura bufaba.

—Ya lo sospechaba.

—Lo siento. No te hice caso.

—No lo hagas, lo entiendo. Solo me molestaba que no creyera en ti, que no apoyara lo que querías hacer.

—Tuvo parte de razón. Ninguna editorial quiso mi novela.

—Las editoriales también se equivocaron —dijo Sakura como si la opinión de estas le trajera al fresco—. Tu novela fue un éxito, yo sabía que tenías el talento y las ganas. Solo teníamos que saber cómo publicitarte y ¡voilà!

Moví la cola cuando vi que el rostro de Naruto se iluminaba.

—Siempre te estaré muy agradecido por eso, Sakura. Habría hecho caso a ese gilipollas si tú no hubieras insistido en ayudarme.

—Habrías sido infeliz siendo profesor universitario. —Su tono sonó triste—. Es decir, te encanta la literatura, lo sé, pero creo que siempre te habrías sentido frustrado o atrapado haciendo algo similar a las migajas de tu sueño. —Hizo una pequeña pausa y su voz se endureció—. No me gustaba pensarlo. He leído cada cosa que has escrito y es demasiado hermoso como para que se quede olvidado en un ordenador. Me daba rabia pensarlo y no iba a permitir que te rindieras sin haber probado todas las opciones.

Vi que Naruto tragaba saliva y que sus ojos brillaban, conteniendo las lágrimas. Yo alcé la cabeza todo lo que pude, intentando lamerle la barbilla. Él soltó una risilla y me abrazó por el cuello. Yo me dejé hacer, feliz por mi recompensa y porque estuviera mejor.

—¿Sabes, Sakura? Siempre te quise más de lo que le quise a él.

Escuché que ella soltaba una risilla.

—Lo sé, soy un amor e irremplazable en tu vida. Pero no te preocupes, algún día encontrarás a un hombre que te volverá loco.

Naruto rio.

—Solo existe en mi imaginación.

Yo me relamí el hocico.

Nunca digas nunca, compañero.

—Eso pensaba yo hasta que conocí a Lucy —dijo Sakura. Me gustó que tuviéramos la misma opinión—. Pensé que tendría que conformarme con mis propias fantasías después de mi última y desastrosa relación, pero, entonces, apareció de la nada en aquella discoteca…

—Te acorraló contra la pared y te dijo que eras la mujer de su vida —terminó Naruto por ella con un suspiro—. Da un poco de miedo, pero, de algún modo, es romántico a la vez.

Sakura soltó una risilla.

—Eso es porque yo me sentí atraída por ella de inmediato.

Naruto gimió, echando la cabeza hacia atrás, hundiéndose en el sofá.

—¿Por qué yo no puedo tener un hombre así?

Levanté las orejas, atento.

—¿En serio quieres que un semental caliente te acorrale en una discoteca? —preguntó Sakura. Por su tono, parecía estar sonriendo.

El doncel gruñó.

—Paso, ir contigo una vez ya fue suficiente. —Hizo una pausa, acariciándome el lomo con aire distraído. Yo continuaba atento a la conversación—. Pero… No sé. ¿No puedo encontrar a mi hombre ideal de una forma normal? Haciendo la compra, buscando un libro, tomando un café. Algo así.

—Haciendo la compra no es muy romántico —se quejó Sakura.

Naruto puso los ojos en blanco.

—Está bien. Estaré en la librería esperando que mis dedos se crucen con los suyos cuando vayamos a coger el mismo libro.

—Topicazo, Naruto. Deja de ver comedías románticas.

Mi compañero esbozó una media sonrisa.

—Eres muy exigente.

—Eres mi mejor amigo, no aceptaré nada mediocre. O un semental caliente que adore el suelo que pisas como mi Lucy, o se puede ir a la mierda.

Naruto sonrió.

—Te quiero, mejor amiga.

—Y yo a ti —dicho esto, la escuché soltar un suspiro y su tono se volvió más enérgico—. Cambiando a temas más alegres, ¿cuándo podré ver tu nueva y soñada casa de escritor?

El rubio rio.

—No hasta que tenga al menos estanterías. Aquí hay todavía cuatro muebles y ni siquiera sé qué voy a hacer en las habitaciones del segundo piso.

—Nuestra biblioteca soñada, Naruto —dijo Sakura con voz soñadora—. Todo repleto de novelas románticas y eróticas, con carteles de hombres sexys medio desnudos y un cuarto diseñado para tus más oscuras fantasías.

Estuve a punto de ladrar una carcajada por la cara que puso mi compañero.

—Sakura, estoy de acuerdo con la biblioteca, pero todavía no estoy tan desesperado para hacer lo demás.

—Yo solo te doy ideas.

—Lo aprecio —dicho esto, me miró con cariño y me acarició de nuevo la cabeza—. Por ahora, quiero centrarme en cuidar de Sasuke. Después, seguiré con la casa y me pondré las pilas con la nueva saga de novelas. Te llamaré para que vengas a verla cuando esté medianamente visible.

—Está bien, pero no tardes mucho o iré a verte sin avisar —le advirtió—. No dejaré que te ahogues en la miseria, ¿me oyes? Todavía pienso que te precipitaste un poco al huir de Tokio.

Naruto hizo una mueca.

—No podía quedarme llorando en tu casa para siempre, Sakura.

—Lo sé, pero solo estuviste dos semanas hasta que de repente me anunciaste que habías comprado una casa en Kioto. —Hizo una pequeña pausa. Su tono era un poco dubitativo—. Sé que querías esa casita en un lugar aislado del mundo donde pudieras escribir tranquilo, pero, aun así, fue demasiado rápido.

—Tuve suerte —replicó el doncel.

—Eso lo decidiré yo cuando vea la casa —dijo Sakura como si fuera su madre. Me hizo un poco de gracia—. En fin, te dejo con tu lobo. Procura que no te coma hasta que encuentres al semental caliente.

Esta vez, no pude evitar soltar un ladrido. Asusté un poco a Naruto y me sentí mal por ello, pero me había hecho gracia. Levanté la cabeza para lamerle la barbilla, haciéndole saber que todo iba bien. Él me abrazó otra vez con un brazo mientras reía.

—Creo que te ha oído.

Los dos se despidieron mientras yo seguía intentando lamer la cara de Naruto. El olor de su dolor y su rabia se había ido, y, en su lugar, reía mientras me abrazaba, repitiéndome que era demasiado cariñoso para ser un animal salvaje.

Si solo supiera lo cariñoso que quería ser con él realmente…

 

 

—Bueno, Sasuke, eso ha sido todo por hoy —me dijo Naruto mientras me ayudaba a acomodarme en mi cama.

Estaba más cansado de lo que creía que estaría, pero, después de estar un mes encerrado en una jaula en un hospital veterinario, supuse que era normal. Dicho esto, me sentía feliz, también. Había podido moverme y salir al bosque, y estar en un lugar mucho más cómodo y repleto del aroma de mi compañero.

Por no hablar de la comida. Naruto era mi salvador en ese y otros aspectos, y agradecía de corazón que no me hubiera dado más pienso ni paté, sino carne de verdad.

Después de la llamada de Sakura, me había puesto de cenar más cerdo poco hecho y, luego, me había sacado una segunda vez para hacer mis necesidades. Lamento decir que esta vez fue igual de vergonzosa que la primera, pero no me demoré mucho en hacerlo, sabía que no tenía más remedio que resignarme a que mi compañero tuviera esta visión de mí. Además, fuera seguía lloviendo y no quería que él enfermara por mi culpa.

Después, pasé el rato en el suelo de la cocina, viendo cómo cocinaba un tazón caliente de ramen mientras murmuraba acerca de su nueva saga de novelas, diciéndose que el muy imbécil de su ex no iba a impedir que siguiera escribiendo. Al parecer, hacía tiempo que quería hacerla, pero no había querido arriesgarse todavía a crear una serie larga de libros, y, en vez de eso, los había estado haciendo individuales, de dos partes o en trilogías. Ahora que tenía el éxito suficiente y, sobre todo, no tenía que preocuparse por el tiempo que le dedicaba a su relación, tenía ganas de empezar con la saga.

Cuando su ramen estuvo listo, puso la televisión y cenó en el sofá conmigo a los pies. Estuvo a punto de poner una comedia romántica, pero creo que debió de pensar en el comentario de Sakura acerca de que debía dejar de ver eso y buscó otra cosa. Cuando vio que estaban echando La Princesa Mononoke, me lo señaló con alegría, diciendo que ahí salía yo.

Fue un poco adorable, como si fuera un niño. Aunque, teniendo en cuenta el año de la película, probablemente fue algo que vio durante su infancia.

Yo no la había visto, pero, para mi sorpresa, me encontré a mí mismo disfrutando de la cinta. De cachorro, vi algo de Miyazaki, como la de Totoro, aunque era un recuerdo que casi había borrado de mi memoria, como todo lo que tuviera que ver con Taki. Sin embargo, mientras veía cómo Ashitaka cruzaba los dominios del Espíritu del Bosque siendo guiado por los kodamas, tuve un destello de mi pequeño hermano metido en un pijama que era una copia similar de Totoro.

Y, por primera vez en mi vida, pude recordar aquello con un sentimiento de ternura más que de dolor o tristeza.

Y me hizo feliz.

Por fin podía pensar en Taki sin partirme en dos. Podía pensar en que desearía que mis cachorros tuvieran esos mismos pijamas y que se divirtieran con ellos como lo hacía mi hermano.

Y pensé en que a él le habría encantado eso.

De haber estado en forma humana, habría llorado con total seguridad. Fue como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Casi me sentí como si me hubiera rencontrado con Taki después de tanto tiempo y él hubiera estado ahí, esperándome con una sonrisa y diciéndome que tenía ganas de volver a estar conmigo, aunque solo fuera un recuerdo.

Estuve tentado de hacer lo mismo con Ryota, para saber si también podía sentirme en paz con su memoria, pero, al final, lo evité. Demasiadas emociones en un mismo día y sobre muchas cosas diferentes. Me limité a disfrutar de la película con Naruto y, de algún modo, sintiendo como si Taki estuviera tumbado a mi lado, vestido con ese pijama de Totoro y la cabeza apoyada sobre sus manitas.

Decidí que quería disfrutar de ese sentimiento, que quería tener ese momento con su recuerdo.

Mañana siempre podía intentarlo con Ryota.

Una vez Naruto me acomodó, tomó mi cabeza entre sus manos y me rascó por debajo de la mandíbula.

—Puede que hoy haya sido un poco duro para ti —me dijo con su voz suave, mirándome con cariño—, pero ya verás cómo te acostumbras a estar aquí.

Estoy cómodo aquí, compañero. Me gusta estar contigo.

Me acarició la cabeza una vez y luego vi cómo se subía a la cama y se tapaba con las mantas.

Puede que fuera algo instintivo, pero no cerré los ojos ni agaché las orejas hasta que escuché que su respiración se relajaba hasta convertirse en suaves resoplidos que me hicieron un poco de gracia, y, a la vez, me parecieron adorables.

Solo entonces, me reacomodé usando mi cabeza y mis patas delanteras para ponerme de lado, hecho casi una bola, y cerré los párpados, pensando en que deseaba soñar de nuevo con Naruto y mis cachorros en su vientre.

Todavía me faltaba mucho recorrido por delante, pero, ahora que tenía un atisbo de la clase de vida que podía tener con el doncel, la anhelaba más que a nada.

Esa visión me acompañaría durante los siguientes meses, dándome la fuerza necesaria para hacer todo lo posible para alcanzarla: recuperarme, despedirme de mi manada, volver con Naruto y tratar de conquistarlo.

Esa noche, sin embargo, en vez de mi compañero y mis cachorros, soñé con una pequeña manita que me acariciaba la cabeza con afecto. Y, aunque no pude ver quién era, reconocí su voz.

Buenas noches, Arashi.

… Buenas noches, hermanito.


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