Mi compañero

 


Algo ha cambiado. Para bien y para mal.

La parte buena, la mejor de todas, la más sorprendente, era que el dolor por la pérdida de mi familia es más soportable.

Era consciente de que Naruto tenía mucho que ver con eso. Había cumplido su promesa de empezar a visitar Kioto y no dejaba de hacerme descripciones bastante precisas de los templos y paisajes que estaba visitando. Muchos ya los conocía, después de todo, había nacido aquí, pero, de algún modo, era hermoso verlo a través de sus ojos.

Darme cuenta de eso me hizo reflexionar, y mucho. La tragedia de Taki había impedido que disfrutara de muchas cosas, tan sumido había estado en la tristeza y el deseo de encontrar a Daiki que había hecho que contemplara el mundo a través de una lente opacada, oscura y sucia.

No supe disfrutar lo que me quedaba de infancia. No hacía más que pensar en que Taki no tendría que haber muerto, que, de estar allí, mi familia habría sido feliz y que habríamos hecho muchas cosas juntos de las que nos habríamos reído cuando fuéramos mayores.

De adolescente, fui un salvaje, simple y llanamente. Con mi lado animal desatado, fui rápido para la ira y el rencor, lento para la paciencia y el control. Al final, aprendí a conciliar al animal con el hombre, a diferencia de Daiki, pero también me perdí muchas cosas. Solo pensé en aprender a luchar y en follar cuando lo necesitaba. Nada más. No me permití tener una relación larga, no sentía el más mínimo interés. Tampoco tuve demasiadas amistades. Mi etapa irascible ahuyentó a muchos, mi carácter gruñón se ocupó del resto. Solo llegué a congeniar con unos pocos que supieron dejarme mi espacio y lidiar con mi forma de ser.

Como Cazador, fui implacable, siempre buscando a Daiki, obsesionado con hacerle pagar por lo que le hizo a Ryota, o a otros como él. Aprendí, por necesidad, a ver lo peor del mundo, tanto en el lado de los cambiantes como en el de los humanos, para sobrevivir y capturar a aquellos que eran un peligro. Es cierto que mi trabajo me enseñó una cierta sensibilidad, sobre todo por las víctimas, pero, al final, en lo mío es primordial estar alerta, buscar cualquier rastro de engaño, cualquier trapo sucio, cualquier gesto sospechoso.

Los momentos en los que fui realmente feliz los conocí con mi familia, con la llegada de los cachorros de Itachi. Unos pocos años de verdadera felicidad que me dieron tiempo para reflexionar y plantearme lo que deseaba de verdad; perdonar a Daiki por un error adolescente que llegó demasiado lejos e intentar que la familia volviera a unirse.

Por eso mismo, ver el mundo a través de los ojos de Naruto era refrescante y hermoso. Hizo que me diera cuenta de lo poco que había apreciado todo lo demás, todas las cosas que podría haber vivido si hubiese escuchado a Itachi y me hubiese permitido ver más allá del rencor y la rabia.

Por unos instantes, cuando él me hablaba de los paisajes que rodeaban los templos que visitaba, de cómo el rocío parecía darle un aura mística y fresca a los árboles, o cómo las hojas otoñales parecían realzar los tonos rojizos de las estructuras sagradas, sentía ganas de estar allí, de volver a verlos con mis propios ojos para experimentarlo.

Pero, entonces, cuando él se marchaba, recordaba que moriría tan pronto como me recuperara y el arrepentimiento se apoderaba de mí.

¿Por qué no hice las cosas de otro modo?

¿Por qué estuve tan ciego, odiando a Daiki tantos años, cuando podría haberlo convencido de volver a casa? Podría haber permitido que nuestras heridas sanaran juntas, haber intentado volver a ser una familia en vez de estar tan empeñado en consumir una venganza que, al final, probablemente, solo habría causado aún más dolor.

De haberlo hecho, tal vez habría tenido una vida mejor, todos nosotros. Itachi, al final, consiguió salir adelante gracias a Izumi, pero mis padres fueron desgraciados durante tantos años… Perdieron a Taki cuando no era más que un cachorro. Tuvieron que vivir cómo uno de sus hijos mataba al otro por accidente. Y, luego, yo iba a repetir esa misma historia con Daiki, solo que no habría sido un accidente.

Mi madre solía suplicarme que no lo hiciera. Defendía que Daiki no era más que un adolescente que no sabía lo que hacía.

Mi padre me repetía que jamás me libraría del dolor si lo cazaba. Que cargaría con ello el resto de mis días.

Los dos tenían razón, pero no me di cuenta hasta mucho más tarde.

Kurogane también me lo decía, que malgastaba demasiado de mi tiempo en cazar. Que, antes de darme cuenta, habría desperdiciado mi vida.

Itachi siempre tuvo la esperanza de que encontrara una compañera como había hecho él. Pensaba que, solo así, podría aliviar el dolor y la ira.

Yo lo había ignorado. No fue hasta la llegada de sus cachorros que vi que todos tenían razón.

Y, ahora, no tendría la oportunidad de repararlo.

Eso era lo peor ahora. La pérdida de mi familia tal vez ya no era tan insoportable como al principio, pero me arrepentía de no haber aprovechado mi vida, de no haber hecho las cosas de otra manera.

Cuando Naruto se marchaba y me quedaba solo con mis pensamientos, no hacía más que darle vueltas. ¿Y si hubiera perdonado a Daiki y lo hubiera convencido de volver a casa? ¿Y si nos hubiéramos dado todos la oportunidad de sanar? Habríamos podido disfrutar juntos del apareamiento de Itachi. Habría insistido en que mis padres hicieran un viaje para reconectar, como si se hubieran encontrado por primera vez. Habría estado más en casa, con Daiki, dejando que se burlara de mí por no haber encontrado un compañero todavía y haber sentado cabeza, y yo le habría dicho que, para eso, antes tenía que asegurarme de que mi tonto hermano pequeño se apareara, para quedarme yo tranquilo.

Entonces, habría podido encontrar mi propia familia. Tener una pareja y cachorros con ella.

Empezar de nuevo.

Esa idea me atormentaba cada vez más que mi pérdida.

Y hubo algo más preocupante que eso.

Dudé.

Dudé de mi decisión de acabar con todo una vez me recuperara. Me di cuenta de que, antes de eso, quería encontrar a los responsables del incendio y que quedaran presos. No cometería el mismo error de dejarme llevar por la rabia y la sed de venganza, ni siquiera iría a por ellos yo mismo, dejaría que Kurogane se encargara por mí. Tan solo quería esa justicia, nada más.

Quería enterrar a mi familia de la forma correcta y pedirles perdón por no haber hecho las cosas de otro modo.

Pero lo que más me sorprendía y me asustaba eran los pensamientos fugaces de vivir de nuevo. De hacer todas esas cosas que no había podido hacer y que me arrepentía de no haberlas hecho en su momento.

No podía ser.

Un lobo sin manada no es nada. Yo ya no tenía nada por lo que vivir. No tenía derecho a seguir vivo cuando ni siquiera los cachorros de mi hermano lo habían conseguido. No era justo.

Sin embargo, una pequeña parte de mí lo anhelaba. Una parte de mi ser no quería marcharse con tanto arrepentimiento.

La lucha interna era agotadora. Tanto que, cuando dormía, ya no tenía pesadillas sobre el incendio, lo cual era un alivio. El dolor por la pérdida se había convertido en duda. Seguía ahí, por supuesto, sabía que no sería tan fácil que se desvaneciera, pero ahora lo que más me atormentaba eran las dudas.

Era consciente de que otra manada de lobos me acogería si lo pidiera. Los Inuzuka eran los más cercanos y, si se enteraban de que estaba vivo, seguro que me contendrían y me vigilarían para impedir que fuera en busca de mi muerte, tratarían de convencerme de que podía tener una segunda oportunidad.

Me estremecía solo de pensar que había una probabilidad de que me dejara llevar por sus palabras. De vivir de nuevo. No estaba bien, aunque una parte de mí lo quisiera.

Seguía dándole vueltas al tema, por mucho que tratara de ignorarlo y reafirmarme en mi decisión de acabar con todo, cuando escuché la voz de Naruto al otro lado de la puerta.

Levanté las orejas y alcé la cabeza, moviendo la cola. ¡Por fin! Necesitaba una distracción con urgencia y él siempre hacía que me abstrajera escuchando sus andanzas por Kioto. ¿Qué habría visto hoy? ¿Museo, parque o templo? ¿Habría encontrado por fin las ganas para volver a escribir? ¿Habría olvidado de una vez al imbécil que lo engañó? Estaba ansioso por ver que superaba a ese gilipollas y seguía adelante. Cada vez me molestaba más lo estúpido que había sido al no saber apreciar al doncel.

Escuché que hablaba un momento con el tonto del veterinario, que seguía balbuceando siempre que estaba cerca de él.

Inútil. Con lo fácil que era simplemente invitarlo a un café.

Bueno, conociendo a Naruto, sería más efectivo un chocolate. Pocas cosas le gustaban más que una buena sesión de lectura o escritura con un chocolate caliente en esta época.

Ladré para hacerme oír, impaciente. No sé ni por qué se esfuerza ese idiota si no es capaz de pedirle salir, ¡debería dejarlo en paz, maldita sea! Era muy blandengue para estar con Naruto. Él tenía carácter y dudaba que aceptara estar con alguien que no tuviera el suyo, que no fuera más decidido o tuviera las ideas claras, como él.

Por fin, Naruto abrió la puerta y me sonrió. Llevaba en las manos un cuenco con el supuesto paté de cerdo, pero eso no impidió que moviera la cola con más fuerza.

—Hola, Sasuke, ¿me echabas de menos?

No sabes cuánto. Necesitaba escucharlo para dejar a un lado todas mis preocupaciones.

Naruto se sentó frente a mí y abrió la puerta de la jaula. Ahora me tenía confianza suficiente para acercar su mano y dejar que lo lamiera. Lo hice a modo de saludo mientras me acercaba el impostor del paté.

—¿Tenías ganas de verme o solo hambre?

¿Hambre, yo, por esta bazofia? Ni de broma. Lo único bueno de este lugar es tu compañía.

Él soltó una risilla mientras me tomaba mi tiempo para comer. Cada vez necesitaba más mentalización para comer esta mierda. Qué ganas tenía de devorar un buen filete, de cerdo de verdad.

Como era su costumbre, Naruto empezó a hablarme de lo que había hecho hoy, una visita al Jardín Botánico. Nunca había estado allí, así que fue, de nuevo, interesante escucharlo hablar sobre el lugar. Me encantaban sus precisas descripciones, visuales y sensitivas, como si pudiera sentir el frescor de unas pequeñas cascadas o la brisa que mecía las hojas sueltas de otoño. El olor a tierra húmeda, camelias y peonías, el espectáculo visual de las orquídeas y los invernaderos o incluso el tacto de la piedra y la hierba de los diferentes jardines.

Yo le prestaba toda mi atención mientras mi mente se imaginaba en el lugar, fantaseando sobre cómo sería estar allí, viendo a ese doncel disfrutar emocionado de la experiencia.

Mis ensoñaciones se detuvieron cuando lo vi sobresaltarse y coger el teléfono. Ladeé la cabeza, esperando que fuera Sakura o su familia.

Sin embargo, al ver el número, Naruto perdió todo el color de la cara.

Mi pelaje se erizó, alerta.

Naruto me miró. Había dolor en sus ojos.

—Es mi ex.

La ira apretó mi corazón. Ladré, dejando que un gruñido se formara en mi garganta.

No se lo cojas. No merece tu perdón. Es un bastardo infiel indigno de tu confianza.

El doncel apretó los labios, vi cómo la rabia se imponía en sus irises azules. Al final, le dio al botón de colgar y dejó el móvil en el suelo con un resoplido.

—No sé qué está haciendo. Le dejé muy claro que no quería hablar con él.

Esa es la actitud.

Naruto se cruzó de brazos con el ceño fruncido.

—No sé cómo espera que mantengamos una conversación. “Oye, siento mucho que me pillaras entre los muslos de tu prima, me tropecé con una hoja de plátano y me caí sobre ella” —resopló con fuerza, con las mejillas rojas de rabia—. Seguro que suelta una excusa tan estúpida como esa y, entonces, yo le diré de todo. Seguro, es que lo veo venir. Y discutir con idiotas no es lo mío, me exaspera, hace que quiera darle de hostias hasta quedarme a gusto y yo no soy una persona violenta, ¿verdad que no?

Sacudí la cabeza. No me imaginaba a Naruto siendo violento. Podía tener carácter, pero su corazón era tierno.

Sin embargo, yo podía ser violento. Si me lo pidiera, podía darle de hostias a ese gilipollas hasta que se quedara a gusto.

Naruto asintió, como si hubiera entendido que le había dado la razón.

—Exacto. Soy una buena persona, no me gusta que saquen lo peor de mí. No tengo que rebajarme por alguien como él.

Estoy de acuerdo, yo podía hacerlo en su lugar. Solo necesitaba recuperar la movilidad en mis patas traseras y su olor. Me sobraba para arrancarle los huevos. No sería agradable para mí, pero valía la pena con tal de hacer sufrir al miserable.

Entonces, escuché que el móvil de Naruto vibraba. Lo miré con un gruñido y él lo cogió.

—¿Un mensaje? ¿Qué demonios se cree? Diga lo que diga, no pienso cambiar de opinión.

Me sentí orgulloso de sus palabras, pensando que, tal vez, estaba cerca de superar a ese imbécil.

Sin embargo, ese bastardo aún podía hacerle daño. Pude olerlo apenas unos segundos después de que empezara a leer el maldito mensaje.

Cuando lo miré, había palidecido y me percaté de cómo se estremeció.

De repente, se levantó de un salto. Yo alcé la cabeza con un gemido, tratando de llamar su atención, pero me ignoró y salió de la estancia, cerrando la puerta tras él.

¿Qué ha pasado? ¿Qué le ha dicho? Fuera lo que fuera, estaba muerto. En cuanto mis patas funcionaran, le arrancaría las tripas. Era una muerte lenta y aún más dolorosa. Probablemente mi reacción era exagerada para una infidelidad, pero no me importaba.

Le había hecho daño a Naruto. Era un doncel dulce y de buen corazón, y, aun así, su dolor había hecho que me ardiera la nariz.

Era evidente que le había querido mucho. Y eso me molestaba.

Me molestaba que un cabrón como él le hubiera hecho daño de esa forma, que no hubiera sabido apreciar lo especial que era. En serio, ¿cuántas personas se arriesgarían a rescatar a un lobo y ocuparse de él hasta poder devolverlo al bosque? Él había venido todos los días a verme, a asegurarse de que comía y me recuperaba y a hacerme compañía. ¿Cuántas veces había alejado los fantasmas de mi familia solo con su voz? ¿Cuántas veces sus pequeñas historias habían apartado mi dolor? Gracias a él, hasta tenía dudas de si quería acabar con mi vida en cuanto me recuperara.

Alguien con esa capacidad es una persona preciosa.

Yo no tenía nada, absolutamente nada por lo que vivir. Un lobo sin manada es un lobo muerto.

Pero, por él, había empezado a tener objetivos. Justicia para mi familia. Un entierro digno para ellos. Poner sus asuntos en orden.

Reparar mis arrepentimientos. Ver el mundo a través de una lente más clara y brillante. Sin los fantasmas de Taki y Ryota. Sin la figura oscura de Daiki.

¿Cómo había podido ese bastardo renunciar a alguien así? Si Naruto hubiese sido mío, no habría pasado un día sin hacerle saber lo mucho que lo apreciaba, la persona tan especial que era.

Agucé el oído, esperando que Naruto volviera a entrar con la esperanza de poder arreglarlo. Mover la cola la otra vez funcionó, tal vez podía hacer alguna otra monería típica de perros, ponerme panza arriba o algo así. No me gustaba, pero era lo mejor que tenía ahora mismo. De haber podido adoptar forma humana, lo habría abrazado. Lo habría estrechado contra mí y le habría dicho que ese imbécil no merecía ni una sola de sus lágrimas y que era un idiota por haber renunciado a alguien tan maravilloso como él. Le habría dicho que cualquier hombre del que se enamorara debería sentirse honrado y apreciarlo, que yo jamás le habría hecho daño si me hubiera escogido, que habría renunciado a mi trabajo como cazador solo para estar cada segundo con él, para hacerle sentir especial, para hacerle tan feliz como merecía.

Si hubiera sido mío, yo…

De repente, me quedé en blanco.

Bueno, no del todo. No podía apartar la imagen de yo abrazando a Naruto en forma humana.

No, no me quedé en blanco, todo lo contrario. Mi cabeza se convirtió en un torbellino de ensoñaciones. Me imaginé dentro de la casa medio vacía por la mudanza del doncel, ayudándolo a llenarla con cosas de los dos. Pensé en cómo sería verlo en su escritorio, rompiéndose la cabeza buscando la palabra exacta para describir una emoción para su nueva novela. Lo vi gruñendo de gusto con un buen tazón de ramen en las manos en un día de invierno.

Me pregunté cómo sería tenerlo acurrucado contra mí mientras veíamos una película en el sofá. O qué se sentiría abrazarlo por las noches.

Algo dentro de mí se removió. Mi lado animal y humano se entremezclaron como nunca lo habían hecho antes, uniendo una misma emoción que casi me ahogó.

Anhelo. Deseaba ese futuro.

Incluso entendiendo lo que eso significaba, necesité unos minutos para asimilarlo y calmarme, tal vez más tiempo, mientras respiraba agitado al principio, luego, controlando mi respiración.

Naruto no regresó ese día y, durante un rato, me alegré de que fuera así. No sé cómo habría reaccionado a él después de descubrir lo que me estaba pasando.

Un compañero.

Fue difícil incluso pensar la palabra que daba sentido a todo.

Hacía mucho que no me veía a mí mismo siendo la pareja estable de nadie. Viendo mi pasado y mis demonios, me había resultado difícil imaginarme a mí mismo sentando cabeza. Sin embargo, en los últimos días, había parecido más fácil, algo a mi alcance, y me había arrepentido de no haber tomado antes esa senda.

Era por Naruto.

Tenía sentido, ahora, los extraños cambios que había estado experimentando, sobre todo las dudas de si seguir adelante o no. Ahora entendía por qué.

Fruncí el ceño mientras probaba otra vez la palabra en mi cabeza. Compañero. No sonaba tan impactante y hasta resultaba más sencillo asociarla a Naruto.

Tampoco era complicado imaginarme a su lado. De hecho, era casi natural. Tanto que empezaba a sorprenderme no haberme dado cuenta antes de lo mucho que significaba para mí.

Entonces, estaba hecho. Mi lado humano y animal se habían puesto de acuerdo, no sentía ninguna duda en un lado u otro. Naruto era mi compañero.

Por primera vez, sentí una calidez que no había experimentado desde que era niño, y el alivio me inundó.

Tenía una oportunidad. Podía empezar de cero, sin más arrepentimientos.

Me di cuenta de que esto lo cambiaba todo. Todo. Ya no podía irme con mi familia. Su pérdida todavía era un puñal en mi corazón, pero no lo bastante fuerte como para hacerme renunciar a mi compañero, no sin luchar por él. Puede que no hubiera tomado las mejores decisiones en mi vida, pero no soy una mala persona y sé darme cuenta de cuánto me he equivocado.

Con Naruto, no cometería los mismos errores. Daría mi mejor esfuerzo por él, se lo merecía. Merecía que intentara ser la mejor versión de mí mismo, mostrarle que podía ser un gran compañero para él.

Con un nuevo objetivo en mente, empecé a trazar un plan, inquieto e impaciente por ponerlo en marcha.

Lo primero era recuperarme. Eso escapaba a mi control. Estaba atrapado en el veterinario hasta entonces y, después, recordé, en casa de Naruto hasta que pudiera volver a valerme por mí mismo.

Alcé las orejas al pensar que estaría en su casa más pronto de lo que creía. Por un instante, sentí que estaba invadiendo su intimidad, pero lo cierto era que no dependía de mí. Naruto ya me había contado muchas cosas sobre él sin necesidad de que yo hiciera nada, salvo mantener mi forma de lobo. Revelarle ahora que no era un animal normal y corriente solo sería traumático para él y, además, dudaba ser capaz incluso de cambiar de forma en mi estado actual.

No tenía otras opciones, así que, por ahora, me centraría en demostrarle que no era peligroso para él, aunque fuera un lobo.

Por supuesto, si Naruto aceptaba ser mi compañero, tendría que compartir mis secretos con él, así que era importante, antes de revelarle nada, que no tuviera ninguna duda de que, a pesar de mi aspecto, mi tamaño, mis garras y colmillos, nunca le haría daño. Tal vez no fuera tan mala idea hacerle intuir incluso que lo entendía y sabía lo que quería decirme. Tendría que hacerlo con cuidado, para no asustarlo, pero me gustaría darle pistas, al menos.

Una vez estuviera recuperado… Yo…

Tenía que ocuparme de mi familia. No podía dejarlos de lado. Naruto era muy importante para mí y, si pudiera, preferiría no alejarme de él, pero tendría que hacerlo. Al menos, para pedir ayuda a Kurogane y enterrarlos. Podría ordenar sus asuntos mientras estaba con Naruto, tal vez. Ojalá pudiera disponer de su compañía mientras lo hacía, me ayudaría mucho.

Gemí y apoyé la cabeza sobre mis patas delanteras. No parecía una posibilidad, pero la tendría en mente. Fuera como fuera, tenía que asegurarme de que mi familia descansaba en paz.

Luego, ya pensaría en algo para Naruto.

Esperaba que mi tiempo de recuperación fuera suficiente para demostrarle que, como lobo, jamás le haría daño. Así, podría conocerme como hombre e intentaría conquistarlo.

Hice una mueca interna, gruñendo en voz alta. Mi pobre compañero sufría por otro macho, uno despreciable al que le arrancaría las pelotas como volviera a dirigirle la palabra a mi pequeño doncel.

Tendría que ser paciente y delicado con él durante un tiempo. Lo más importante, por encima de todo, era su bienestar. Podía ser su amigo y ayudarlo a sanar. Seguro que puedo hacerle ver que ese gilipollas no se lo merecía. Puede que hasta mi plan de impedir que se reprodujera le hiciera gracia y todo, Naruto podía tener un sentido del humor retorcido.

Sonreí al pensar en ello, imaginando lo que diría. Probablemente, él ya habría escrito esa escena en su cabeza con todo lujo de detalles escabrosos. Me encantaría oír lo que había pensado.

Ojalá pudiera hablar con él. Hay tantas cosas que me gustaría decirle…

Que la Gran Madre me ayudara. Quería que esto saliera bien.

No podía ser que hubiera sobrevivido a mi manada y encontrado a mi compañero si no era para tener una segunda oportunidad.

Una que ya esperaba con ansias.


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