Capítulo 3. La mejor noche
Katsuki
dejó que la información acabara de asentarse en su cabeza.
No
resultaba fácil. De hecho, le costaba pensar que el nerd entusiasmado y alegre
al que había conocido hacía más de tres horas y con el que había estado
hablando sin parar hubiera estado en un refugio de Omegas. ¿Hacía cuánto
tiempo? Parecía totalmente recuperado, aunque, en realidad, acababa de
conocerlo, ¿qué sabía realmente de su vida aparte de que amaba la música?
Arrugó
la frente mientras bajaba los ojos hacia su cerveza sin verla. Intentó
imaginarse a un Midoriya aterrorizado bajo la sombra de un Alfa hijo de puta
que le hacía daño.
Un
asomo de instinto protector le erizó la piel mientras contenía las ganas de
convertir las manos en puños.
Pero,
entonces, los gritos de los Omegas pidiendo otra canción interrumpieron sus
sombríos pensamientos y se irguió en su asiento. Ver a aquellos que en algún
momento fueron víctimas de abusos dar saltitos emocionados entre aplausos
pidiendo otra canción le arrancó una sonrisa. Y ver al nerd sonrojado,
rascándose la cabeza como si su interpretación no hubiera sido para tanto, pero
sonriendo a sus amigos por haber disfrutado del escenario, acabó por desterrar
aquella horrible sensación de su pecho.
En
ese instante, Midoriya lo buscó con los ojos rebosantes de expectación y cierto
nerviosismo. La sonrisa de Katsuki se ensanchó antes de alzar la cerveza en su
dirección e inclinar la cabeza como si estuviera haciendo una reverencia. Al
levantar la vista de nuevo, la cara del nerd no tenía precio. Su mirada
brillaba y su sonrojo se había acentuado un poco más.
Sus
amigos reclamaron su atención y Katsuki se giró para mirar a un inquieto
Togata.
—Oye,
tranquilo. No diré nada —le dijo—. No me va remover la mierda de los demás.
El
Alfa dejó escapar un suspiro.
—Estaba
convencido de que te lo habría contado, pero puede que cambiara de opinión. No
le gusta que los demás lo compadezcan.
Al
escuchar eso, Katsuki frunció el ceño y clavó sus ojos en Togata. No fue una
mirada agresiva, pero sí intensa y llena de seriedad.
—¿Y
por qué tendría yo que compadecerlo?
Togata
no entendió lo que quería decir, pero, antes de poder preguntar, Izuku se
acercó a ellos, todavía sonrojado y con cierta timidez.
—Bueno…
¿Qué tal?
Mirio
no lo pensó dos veces y le dijo entusiasmado:
—¡Ha
sido genial! Como esperaba de ti.
Katsuki,
en cambio, le dio un largo sorbo a su cerveza antes de saltar de su asiento y
acercarse con una sonrisa ladeada a Izuku.
—Me
siento engañado, nerd. ¿Para qué banda trabajas? O, mejor dicho, ¿por qué no
trabajas para mí?
Los
ojos del Omega se iluminaron como estrellas.
—¿Ha
estado bien? ¿De verdad?
—Eres
jodidamente bueno, aunque no debería esperar menos de mi fan número uno —dijo
pasando por su lado y haciéndole un gesto para que le siguiera—. Ahora, ven
aquí.
Izuku
obedeció sin pensarlo, flotando en una nube de felicidad, pese a que su fuero
interno era un auténtico revoltijo de emociones vibrantes, como si su lado fanboy
estuviera gritando a pleno pulmón mientras daba saltitos cual Omega
protagonista de una serie adolescente.
Y
eso estaba bien, jamás pensó que podría llegar a vivir algo como aquello. En
realidad, sus sueños no fueron más lejos de conseguir un poco de conversación
con Bakugo, ni de broma se le pasó por la cabeza que…
Sus
ensoñaciones se interrumpieron cuando vio al batería subir al escenario de un
salto. Ay, ¿iba a tocar en directo? ¿En serio? El fanboy de su interior
aulló de alegría. ¿Sesión privada de batería con Katsuki Bakugo? Era más de lo
que podía pedir.
Pero,
entonces, el Alfa le indicó con un dedo que se reuniera con él. Tenía una
enorme sonrisa divertida en los labios.
—Aquí,
nerd, no te vas a librar de cantar conmigo.
Izuku
se quedó con la boca abierta, aunque en realidad lo que quería hacer era justo
lo que estaban haciendo sus amigos.
—¡Chicos,
chicos, chicos! ¡Izuku va a cantar con Bakugo!
De
repente, todos estaban empujándolo para que subiera al escenario mientras el
batería reía. Subió con cierta torpeza, demasiadas emociones juntas como para
poder procesar lo que estaba pasando. Cuando se acercó a Bakugo, se llevó una
mano a la nuca, con las mejillas calientes.
—¿De
verdad? —Tenía que preguntarlo.
El
Alfa hizo un estiramiento de dedos con los labios curvados de expectación.
Parecía un lobo hambriento esperando con impaciencia a que su presa saltara
delante de él.
—Después
del espectáculo que has dado, no vas a dejarme con las ganas. Hasta te dejo que
elijas la canción.
Esta
vez, no pudo evitarlo. Izuku dio un saltito de la emoción que hizo reír al
batería y se apresuró a pedirle Where my demons hide, haciendo que los
ojos de Bakugo relucieran, como si aprobara su elección.
—Yo
te sigo, fanboy —le dijo mientras tiraba de él hacia el micro—, démoslo
todo.
Izuku
asintió con efusividad. Ya no había timidez, ni siquiera un gramo de tensión,
al contrario, su cuerpo vibraba por la emoción y, después de los halagos de
Bakugo, sentía que era capaz de hacer la interpretación de su vida.
Cuando
Mirio bajó las luces, esa sensación se acentuó, pero, al mismo tiempo, su mente
se relajó. La euforia del momento seguía ahí, simplemente, ya no era como agua
hirviendo, excitada sin control, sino que reposaba en su interior, a la espera
de fluir con su voz.
Era
un efecto que había logrado a base de años de práctica, aunque, al principio,
no fue consciente de lo que estaba haciendo. Durante el tiempo que estuvo
prisionero en aquella mansión, después de los días más duros, cantaba para huir
de allí. En aquel entonces, oscurecía la habitación y solo dejaba salir su voz,
centrándose únicamente en ella, en perfeccionarla hasta que sonara tal y como
quería. No fue más que una distracción, unos minutos en los que evadía por
completo la realidad. Le ayudó a soportarlo… La mayoría de las veces.
En
la oscuridad, pudo tener una falsa sensación de libertad.
Ahora
era real. A pesar de todo lo que tuvo que pasar, por fin tenía su propia vida.
Por eso, la calma era absoluta.
Se
acercó más al micro y, cuando su voz sonó a capella, fue como si
inundara la sala al completo.
Katsuki
sonrió al notarlo. De nuevo, el ambiente se volvió envolvente, como un abrazo
cálido que no te dejaba escapar hasta que la canción llegara a su fin. Eso era
genial, perfecto para un cantante.
Disfrutó
de su cadencia lenta y dulce, con un matiz amable incluso en el tono, al que le
dio una ligera fuerza dramática conforme él empezó a dar pequeños golpes
rítmicos a la caja para marcar el tempo. Y, entonces, cuando hizo sonar el
bombo con el pie, remarcó las frases y, después, ambos estallaron juntos.
Sus
voces se elevaron por encima de la batería, la de Midoriya resaltando sobre la
suya más grave. Él le daba fuerza, el Omega el punto exacto de dramatismo que
exigía la letra. Una que hablaba sobre los demonios internos que todos llevamos
dentro en forma de inseguridades, miedos y errores pasados que nos perseguían.
Cosas que nos hacían alejarnos de nuestros seres queridos o de aquellos que
tratan de ayudarnos. Hablaba del miedo a permitir que alguien viera lo peor de
nosotros mismos, o nuestras debilidades más profundas.
Sin
embargo, había un giro en la canción. Un instante de frustración, que Midoriya
reflejó a la perfección golpeando las sílabas como quien da puñetazos contra
una pared, deseando abrirse, pero frenado todavía por el miedo. Entonces,
volvía el estribillo, revelando esos demonios que todos escondemos, y, por fin,
las ocho frases en las que se les hace frente y los vence, con una voz tan
potente y sentida, lanzando la última palabra casi con un grito, que el corazón
de Katsuki se aceleró.
No
pudo evitar pensar en el significado que podría tener esa canción para el
Omega. Sabiendo lo que sabía ahora, se hacía una idea, aunque difusa, de lo
difícil que tuvo que ser para él hacer frente a su situación, fuera cual fuera:
una violación, un novio maltratador, padres abusivos. No importaba. Al final,
lo único que contaba era que había salido de ahí sano y salvo y que hoy, ahora,
estaba en ese escenario dándolo todo.
O
puede que solo estuviera viviendo al máximo ese momento, no podía saberlo, pero
fue así como lo sintió. Y su misión en ese instante era hacer justicia a esa
interpretación con todo lo que tenía.
El
estribillo final terminó con el resto de Omegas gritando y aplaudiendo. Katsuki
alternó rápidos y múltiples golpes entre los toms y los platillos para
enardecerlos. Rio cuando chillaron aún más alto.
Eran
un público cojonudo.
Cuando
vio a Midoriya aplaudiendo con ganas, se detuvo y fue directo hacia él.
—¿Qué
haces? Tienes que saludar al público —le dijo empujándolo hacia el borde del
escenario y obligándolo a hacer una reverencia. Sus amigos estallaron en
vítores y silbidos.
—¡Izuku
genio!
—¡Habéis
estado genial!
—¿Para
cuándo el próximo espectáculo?
—¡Zuzu,
toma mi ropa interior! —gritó el que había tocado la batería con él antes.
Los
ojos de Midoriya estuvieron a punto de saltar de sus cuencas al ver que el
Omega hacía amago de desabrocharse los pantalones.
—¡No,
Tomo! ¡Ni se te ocurra! —exclamó, saltando hacia él.
Katsuki
rio tanto que se agarró la tripa mientras Midoriya, chico responsable y la
chica de la coleta trataban de que se mantuviera dentro de su ropa. Mientras
tanto, Mirio le acercó una botellita de agua y las otras Omegas se acercaron a
felicitarlo y darle las gracias por acompañar a su amigo.
De
algún modo, acabó hablando y bebiendo con ellos mientras el dueño del bar dejó
puesta música rock. Midoriya se venía arriba de vez en cuando con alguna
canción y acababa cantando junto a él u otro de sus amigos, normalmente Ritsu,
una Omega de pelo morado que no dejó de pincharlo con que Jiro acabaría
pasándoles por encima tarde o temprano. En cambio, Yuma, el responsable, alabó
su obra musical y se interesó por su próximo trabajo, mientras que Toka, la de
la coleta, reafirmó el amor de Midoriya hacia él y su banda, provocando más
sonrojos y que refunfuñara de forma muy divertida.
Por
otro lado, Hinano, la que parecía ser la más joven con una melena color
zanahoria y ojos verdes, fue la que más salió a bailar junto a Hinata, una Omega
de pelo corto oscuro que se movía bastante bien y que se empeñó en hacerle
salir a bailar. Al principio, trató de resistirse, pero todos, el nerd traidor
incluido, se confabularon para empujarlo fuera de su silla.
—¡Vamos,
Bakugo! No seas tímido —dijo cogiéndolo de la mano e intentando darle una
vuelta.
No
fue posible. Ella era una enana y él un monstruo de metro ochenta. Sonrió con
satisfacción y fue él quien le hizo dar una vuelta sobre sí misma. Hinata hizo
un giro muy estético mientras reía.
—¿Algo
así? —se burló él.
Podía
permitirse seguirles el juego porque sabía que no había ninguna doble intención
tras su invitación. Ninguno de los Omegas que había allí le había hecho sentir
incómodo, al contrario, lo trataban como a una persona normal y lo cierto era
que estaba pasando un buen rato.
—¡Pero
muévete tú también! —le regañó Hinano, balanceándose a su lado—. Que se note
que eres algo más que un cuerpo bonito.
—¿Por
qué? Es lo que abre todas las puertas —rio haciendo girar a Hinata una vez más
antes de soltarla. Ella aprovechó la inercia para girar tres veces más como una
bailarina de ballet para después ponerse de puntillas al ritmo de un bajo. Fue
tan discordante como coordinado, arrancándole una carcajada.
—Seguro
que eso no te abrió camino como músico —le dijo la joven, picándolo.
—Además,
no estás tan bueno —se burló Tomo.
Katsuki
fingió lanzarle una mala mirada, aunque sonrió. El nivel de alcohol del Omega
había aumentado en la última hora, a juzgar por cómo arrastraba las palabras.
—Claro
que sí.
—Con
esa cara de malas pulgas, da gracias por ocupar el Top 5 de Alfas calientes
—declaró con una carcajada.
Ah,
cuidado. Empezaba a notar cierta condescendencia.
—¿Yo?
El Top 5 debería darme las gracias a mí por estar ahí y ocupar el primer puesto
porque ese top no existiría siquiera sin mí.
Tomo
movió un dedo a un lado y a otro.
—Nop.
Lo siento. Mejoras en persona, sobre todo cuando ríes, pero Kaminari es
guapísimo y Kirishima… Uf, lo que daría porque fuera soltero.
—¿Te
atreves a compararme con esos dos? —Podía aceptar que lo compararan con algunos
actores y atletas, pero ¿con miembros de su propia banda?
Y
una mierda.
Por
un instante, su mirada se desvió hacia Midoriya, que decidió que era un buen
momento para tratar de arrebatarle la bebida a Tomo. Katsuki sonrió lentamente
cuando una idea cojonuda se le pasó por la cabeza.
—¿Queréis
un Alfa caliente? Yo os lo enseñaré.
Como
por arte de magia, la música cambió a un rock más sugerente que realzaba la voz
y dejaba a los instrumentos como un acompañamiento más suave. El ambiente
perfecto para su gran interpretación.
—Togata,
necesito una mesa. Tengo que cumplir con mi otro trabajo —le dijo con malicia.
El
rostro del Alfa se iluminó y le hizo un gesto con la mano para que se sirviera.
—¡Ni
lo pienses! ¡Adelante! —y, dicho esto, subió el volumen a tope.
Ah,
ese sitio y su dueño eran la hostia por dejarle hacer eso. Iba a ser
divertidísimo.
Sin
pensarlo dos veces, se subió de a la mesa de al lado y empezó a bailar. Hinata
y Hinano gritaron emocionadas mientras que el resto aplaudía, hasta Tomo se
quedó un poco anonadado, aunque le costó poco unirse a las palmadas que seguían
el ritmo de la música y lo animaban a seguir.
En
algún momento, su mirada se cruzó con la del nerd. El pobre había abandonado su
intento de quitarle la bebida a Tomo y lo miraba con la boca abierta. Él rio
sin dejar de moverse y le guiñó un ojo. Por supuesto, Midoriya supo por qué y
fingió lanzarle una mirada de pocos amigos, aunque había cierta diversión en
ella.
Normalmente,
no haría gilipolleces así, pero, bah, ¿qué demonios? Estaba pasando una noche
genial, nadie intentaba captarlo con el móvil, ni siquiera Mirio, que era de
los que aplaudía más fuerte mientras gritaba que cogiera su dinero, haciéndole
reír. Además, los Omegas también se divertían. Era cierto que no los
compadecía, todo lo contrario, para él sería un insulto después de lo que
habían pasado, pero… Puede que esa fuera su forma de darles algo a cambio de
ese sufrimiento. Al igual que ellos le estaban regalando una de las mejores
noches como artista, él quería que se llevaran un buen recuerdo, la noche en la
que Katsuki Bakugo respondió a una provocación con un striptease.
Y
no sería un striptease si no se quitara la ropa, así que se quitó la
camiseta con un movimiento sugerente, sin dejar de girar las caderas y
provocando una salva de gritos, risas y golpes en la mesa. Que nadie pareciera
en absoluto escandalizado por los tatuajes que cubrían sus brazos, pecho y
espalda fue un maravilloso extra. Recordaba el escándalo que armó en televisión
y cómo muchos medios de comunicación empezaron a infundir rumores estúpidos
acerca de que había sido captado por la yakuza.
Gilipolleces.
Todo porque se hizo a Howitzer en la espalda para mostrar lo orgulloso que
estaba de su banda y de lo lejos que habían llegado.
Pero
a esos Omegas no les importaba lo más mínimo, ninguno de ellos retrocedió como
si fuera un delincuente. Siguieron aplaudiendo y hasta escuchó a Midoriya
gritando el nombre del dragón con emoción. Joder, se merecía un plus solo por
ser tan fan.
Con
una sonrisa divertida, terminó de sacarse la camiseta y, sin pensarlo dos
veces, se la lanzó. Apenas tres segundos después, tuvo que interrumpir el baile
para sujetarse la tripa por culpa de las fuertes carcajadas que se le
escaparon. No pudo evitarlo, y juraba que no era su intención burlarse del nerd,
pero es que aulló tan fuerte, levantando la camiseta en alto dando unos
graciosos saltitos dignos de un fanboy… Ay, casi podría mearse encima de
reírse tan fuerte.
Aun
así, podía poner las cosas aún más interesantes. Se acercó al borde de la mesa
y se sentó ahí, frente a Midoriya. Levantó la pierna derecha en su dirección
con una enorme sonrisa. El Omega le respondió frunciendo el ceño.
—Vamos,
nerd, quítame la bota.
—¿Qué?
¿Por qué?
—No
sabía que haría de stripper esta noche y no hay una jodida manera de
quitarme estas botas de forma sexy, así que te toca a ti.
Tal
y como esperaba, las mejillas de Midoriya enrojecieron.
—¡No
voy a hacerlo!
—Sé
que no es tan bueno como mis pantalones, pero, si lo haces bien, puede que te
deje ir más lejos —dijo levantando las cejas.
—¡Que
se las quite! ¡Que se las quite! —gritaron los demás, haciendo que soltara una
carcajada.
El
Omega le respondió lanzándole esa carita de gatito enfadado, a pesar de que
echaba humo por las orejas de pura vergüenza. Joder, mañana tendría agujetas en
los abdominales de tanto reír.
—¡No
me interesan tus pantalones ni lo que hay debajo!
—¡Uuuh!
¡Eso ha sido un golpe bajo, Zuzu! —exclamó Tomo riendo.
Katsuki
ni se inmutó. Se sentía especialmente juguetón.
—A
todos los Omegas les interesa. Esta noche me has salvado de unos cuantos,
aunque solo fuera para acabar en tus pequeñas garras.
—¡No
es verdad! —replicó dándole un manotazo en la pierna.
—Vaya,
nerd, no esperaba que te fueran esas cosas —dijo sonriendo con malicia—. Creía
que te iba el rollo de la poesía, follar bajo las estrellas y mierda romántica
así.
Vio
que apretaba los labios para contener una sonrisa.
—Como
si pudieras ser romántico.
Los
Omegas silbaron y soltaron alguna carcajada que Katsuki acompañó.
Ah,
con que él también quería jugar.
—Soy
músico y tu ídolo, eso me convierte en un cliché romántico.
Esta
vez, Midoriya no pudo contenerse y se rio como si “Katsuki Bakugo” y
“romanticismo” en una frase fuera algo hilarante.
—Además,
mira cómo te aferras a mi camiseta, no puedes negar lo que sientes por mí —siguió
jugando.
—Es
una camiseta de All Might, es sagrada —le dijo aferrándose a la prenda como si
quisiera quitársela.
Katsuki
le lanzó su mejor sonrisa de superioridad y exclamó:
—¡A
ver, público! ¿Quién es el músico favorito de Midoriya?
—¡Bakugo!
¡Bakugo! ¡Bakugo!
—¡No!
¡Se supone que estáis de mi lado! —les regañó el nerd, a pesar de que sonreía.
Hinano
puso una mano en su hombro y señaló al Alfa.
—Lo
siento, Zuzu, pero, ¿lo has visto bien? Con ese baile, acaba de subir al primer
puesto del Top 5.
—Sabía
que teníais buen gusto —se carcajeó Katsuki, levantando la pierna de nuevo—.
Vamos, Zuzu, acepta la derrota y quítame las botas.
Midoriya
trató de asesinarlo con la mirada otra vez, pero no era nada convincente cuando
sus labios se estaban curvando hacia arriba. Abrió la boca para decirle algo
cuando un enérgico ritmo de piano irrumpió en los altavoces.
Tanto
el Omega como el Alfa se miraron con los ojos brillantes. Se sonrieron.
—¡All
Might! —exclamaron al unísono.
Se
olvidaron de su pequeño pique y Katsuki saltó de la mesa para tomar a Izuku por
los brazos y dar vueltas con él a la vez que ambos cantaban a pleno pulmón. Los
dos parecieron olvidar que el Alfa estaba medio desnudo, y el resto de Omegas
también debieron de pasarlo por alto, porque abandonaron la mesa y sus bebidas
y se unieron en parejas o grupos de tres, todos entonando la alegre melodía de I’m
here!, como si no existiera nada más que ellos y la música.
—Adiós, Bakugo. Ha sido un placer.
—Si
aún estás por Sapporo, ¡vente otra noche!
—¡Top
1! ¡Top 1!
Katsuki
se despidió con la mano de Yuma, Hinata y Tomo, que fueron los últimos en salir
aparte del nerd y él. Se despidió desde la barra con una sonrisa y los vio
salir, riendo entre dientes cuando escuchó a Tomo tarareando I’m here! con
su voz borrachina.
Cuando
Izuku terminó de pagar a Mirio, se giró hacia él y estiró la mano.
—Bueno,
mi camiseta.
—Te
juro que no sé de qué me estás hablando —le dijo con absoluta seriedad a pesar
de que se la había enganchado a la cabeza usando el cuello. Se la había puesto
así en algún momento mientras bailaban para no perderla.
Katsuki
esbozó una sonrisa predadora.
—Cuidado,
nerd, sabes mejor que nadie, aparte de mí, lo que cuesta conseguir una. No me
obligues a quitártela.
Le
hizo gracia cómo el Omega se desprendió de ella con un gemidito casi dramático.
La miró como si se estuviera despidiendo de un objeto preciado que no volvería
a ver en su vida y se la entregó a regañadientes.
—Vaya,
no sabía que te gustaba tanto mi sudor —comentó sonriendo. No podía evitarlo,
Midoriya era tan gracioso cuando se molestaba.
En
efecto, el Omega le dio un manotazo en el brazo aprovechando que se estaba
poniendo la camiseta. Por supuesto, no le hizo daño, solo lo hacía para
manifestar su enfado infantil.
—Eres
insoportable —le dijo, también con los labios hacia arriba.
—Gilipolleces,
me adoras y esta ha sido la puta mejor noche de tu vida.
Esta
vez, su rostro se suavizó y le dedicó una mirada muy cálida.
—La
verdad es que ha sido genial.
Katsuki
podría haber seguido jugando, pero lo dejó pasar porque también había sido una
noche estupenda para él, la mejor de una gira desde hacía mucho tiempo.
Togata
apareció entonces tras Midoriya, ya vestido con un anorak y con su Omega
cogiéndolo del brazo.
—¿Necesitas
que te acompañemos a casa, Izuku?
—Estaré
bien, no te preocupes.
—Yo
lo acompaño —se ofreció Katsuki enseguida y, antes de que nadie pudiera
replicar, fue a por su chaqueta y toda la indumentaria que le había dejado Fat.
Eran
las cuatro y media de la mañana y aún estaba oscuro. Muchos locales habrían
cerrado ya o estaban a punto de hacerlo y, si quedaba alguien en la calle, las
probabilidades de que fuera un borracho, un asaltante o un pervertido eran
altas. No iba a permitir que Midoriya anduviera solo por ahí con ese panorama.
—Bakugo,
no es necesario. —El nerd se acercó a él con una arruga de preocupación entre
los ojos—. Esta noche tienes concierto, deberías volver al hotel y descansar…
—No
me cuesta nada. En las giras, nos toca estar hasta tarde, así que no hay
diferencia. Además, darás un paseo con tu amor platónico bajo las estrellas.
Eso es muy romántico —se burló.
Midoriya
puso los ojos en blanco, pero no rechistó.
—Está
bien, si insistes.
—Lo
hago —dicho esto, se dirigió a Togata y le ofreció la mano—. Gracias por
acogerme sin antelación. Lo aprecio mucho.
El
Alfa le dio un fuerte y entusiasta apretón.
—Si
necesitas algo mientras estés aquí, no dudes en llamar.
Katsuki
apreció la invitación tras sus palabras; “si quieres intimidad, puedes volver”.
Mierda, ojalá pudiera estar allí todas las noches durante esa semana en
Sapporo, pero sospechaba que no tendría tanta suerte como hoy. Kirishima le
había dejado marchar porque sabía lo raro que era que se fuera con un Omega
después de pasar dos años evitándolos como si tuvieran la peste, sin embargo,
la gira seguía y las fiestas eran parte del trabajo. La que menos le gustaba,
todo sea dicho, pero seguía siendo una responsabilidad que venía junto con la
fama.
Tal
vez podría escaparse la última noche, si sabía jugar bien sus cartas. Midoriya
y sus amigos no lo habían agobiado ni buscado nada más que pasarlo bien con él
y le gustaría repetirlo antes de volver a Tokio.
En
cuanto estuvo listo, salió junto al Omega y se despidieron de Togata con la
mano. En la calle había un silencio acogedor, acentuado por luces rojas,
violáceas y azules, como si anunciaran el alba.
Ninguno
de los dos habló mientras abandonaban la colorida Chuo y se adentraban en
caminos estrechos y con luces más tenues, dejando paso al cielo estrellado. Aun
así, la atmósfera a su alrededor era cómoda, simplemente, disfrutaron de la
compañía del otro. Izuku podría haberle hecho mil preguntas más, pero ya había
hablado mucho con él antes y, aunque no había tomado alcohol, había cantado,
jugueteado y bailado un montón con Bakugo, y todo eso después de un concierto
espectacular. No necesitaba más. De hecho, en cierto modo, terminar aquella
experiencia con esa aura tranquila era muy agradable.
Por
otro lado, Katsuki por fin había tenido un respiro de verdad y, más que
cansado, en realidad, se sentía renovado, como si hubiera cargado pilas después
de mucho tiempo. No quería esa sensación
se desvaneciera, si pudiera, alargaría esa noche invitando a Midoriya a un café
para hablar un poco más con él. Sin embargo, el Omega estaría cansado del
concierto y la fiesta que habían improvisado después y no quería molestarlo. No
sabía si él trabajaría ese día o si tenía cosas que hacer, así que lo dejaría
en casa tal y como había prometido.
Aunque
se resistía a que su encuentro terminara ahí. Hacía mucho que no conectaba con
un fan de esa forma y, encima, era músico y muy talentoso. Quería tocar con él
otra vez y se veía capaz de pasar un par de horas más hablando y provocándolo.
Se lo había pasado tan bien.
No
negaría que sentía curiosidad por cómo su música se relacionaba con su pasado,
pero era un tema que no tocaría a menos que Midoriya lo sacara.
Me
salvó la vida.
No dejaba de preguntarse cómo, pero no abriría el cajón de mierda de nadie y
menos el suyo, teniendo en cuenta lo que había.
Pasaron
una calle más y una amplia y enorme avenida se extendió ante ellos. El parque
Odori era un largo jardín bordeado de árboles en el que no faltaban los
arbustos florales, las fuentes y los caminos para pasear decorados con
esculturas. Era un lugar tranquilo para estar al aire libre y que no tenía nada
que ver con el ajetreo nocturno de Chuo, pero tampoco tenía nada que
envidiarle.
Katsuki
lamentó no tener tiempo suficiente para jugar al turista y explorarlo un poco.
Las pocas veces que había estado en Sapporo habían sido para giras o trabajo.
—Ya
hemos llegado.
El
Omega le señaló el local de la esquina en la que estaban, una cuca cafetería
con la fachada de color crema y cuyo letrero tenía letras doradas con un
sombreado de color chocolate. No pudo evitar sonreír al ver que se llamaba Phoenix.
—¿Es
tu cafetería? —preguntó con una gran sonrisa.
Midoriya
se rascó la nuca con timidez.
—Era
apropiado —dicho esto, señaló encima de la esquina—. Yo vivo justo arriba.
—Qué
cómodo.
Después
de eso, los dos se miraron un momento, sabiendo que había llegado el momento de
despedirse, pero resistiéndose a ello. Izuku fue el primero en dar un paso
hacia él para darle las gracias por todo: las firmas, que hablara y cantara con
él… Y por su vida.
Sin
embargo, Bakugo se le adelantó.
—Oye,
sé que es repentino, pero, ¿estás libre mañana?
Izuku
se quedó un poco parado, pero respondió:
—Sí,
me cogí el día para descansar del concierto.
—Bien
—dijo el batería mientras rebuscaba algo en su cartera. Le tendió una tarjeta—.
Ven mañana a mediodía a esta dirección.
La
aceptó y leyó lo que ponía. Era de un estudio de música que estaba muy cerca
del hotel en el que se alojaba Dynamight.
—¿Por
qué? —le preguntó, más curioso que desconcertado.
Bakugo
le lanzó esa media sonrisa divertida a la que se había acostumbrado esa noche.
—Valdrá
tu tiempo, te lo prometo —dicho esto, retrocedió y se despidió con la mano—.
Hasta mañana, nerd.
Izuku
se despidió devolviéndole el gesto y le echó otro vistazo a la tarjeta. Ahora
no podría dormir por estar dándole vueltas a lo que querría, porque no tenía la
más mínima idea. Katsuki Bakugo no era el tipo de persona que hacía las cosas
por ser correcto o aparentar amabilidad, así que, si quería que fuera allí,
tendría que haber un motivo. Aunque no se le ocurriera nada de nada.
Fuera
como fuera, no iba a descubrirlo en la calle a las cinco menos cuarto de la
mañana con ese frío, de modo que entró en el portal y subió las escaleras
mientras le escribía un mensaje rápido a Mirio de que había llegado sano y
salvo.
Al
entrar, fue recibido por una oleada de calefacción que le hizo suspirar del
gusto. Su piso no era grande, solo tenía un modesto salón, una cocina pequeña,
un baño y dos habitaciones, la más grande convertida en un estudio de música
que era donde más había invertido sus ganancias personales. No tenía nada que
ver con la monstruosidad en la que vivía antes, pero estaba muy contento; al
menos, la casa era suya y tenía todo lo que necesitaba. Para alguien como él,
era más que suficiente.
Guardó
el abrigo junto a la bufanda, los guantes y las orejeras, apretando su disco
firmado contra su pecho para atesorarlo en la vitrina de su habitación, donde
tenía un puesto especial. Después, se dejó caer de espaldas a la cama,
estirándose con una sonrisa.
Había
sido una noche genial, a pesar del susto en la azotea del hotel. Y aún le
quedaba el día siguiente. Aj, ¿cómo se suponía que dormiría ahora?
Se
sobresaltó cuando notó la vibración de su móvil. Vio el número y respondió.
—Hola,
Mirio. Estoy bien, en la cama.
—Lo
sé, he visto el mensaje. Ah… Te llamaba por otra cosa.
Frunció
el ceño al escuchar el tono incómodo de su voz.
—¿Ha
pasado algo?
—No
es nada, solo que… Bueno… Se me escapó frente a Bakugo que estuviste en un
refugio. —Izuku no necesitaba tenerlo delante para saber que estaba poniendo su
expresión de “la he cagado hasta el fondo” —. Lo siento mucho, en serio. Como
me contaste que querías decirle lo que significó esa canción para ti y luego
vinisteis al bar… Supuse que se lo habrías contado y hablé sin pensar. Lo
siento.
—Mirio,
no pasa nada —dijo Izuku con un suspiro—. La verdad es que me lo estaba pasando
tan bien que se me olvidó mencionarlo. He estado a punto de decírselo ahora,
cuando nos hemos despedido, pero me ha pedido que vaya mañana con él a un
sitio.
Por
unos segundos, no escuchó nada al otro lado de la línea.
—¿Mirio?
¿Me oyes?
—¡Así
que al final has ligado! —exclamó, reventándole el oído—. Yo creía que me
estaba volviendo loco, ¡pero estabais coqueteando!
—¡No
coqueteábamos! —replicó Izuku con las mejillas ardiendo—. Solo me estaba
provocando.
—Con
que provocándote, ¿eh?
—No
lo digas en ese tono. No se trata de eso. Se divertía a mi costa y yo le seguí
el juego, eso es todo. Fue divertido —admitió.
Era
la primera vez que hacía algo así con un Alfa. Es decir, la primera vez que lo
hacía porque él quería hacerlo, no porque estuviera bajo amenaza de…
Alejó
el recuerdo al instante. Esa era la mejor noche de su vida y no iba a permitir
que esos monstruos la ensuciaran, aunque fuera solo en su mente.
—Se
lo dijiste cuando yo subí a cantar, ¿no? —le preguntó a Mirio, pese a que era
consciente de que era el único momento en el que no habían estado juntos.
Sonrió—. Lo sabía y siguió tratándome como si nada. Eso está bien.
—Me
sorprendió, si te soy sincero. La mayoría de Alfas estarían demasiado asustados
de decir o hacer algo inapropiado —resopló.
Era
una conversación recurrente entre los Omegas que ya habían salido del refugio y
uno de los motivos por los que preferían ocultar esa parte de su vida. No es
que fuera un tema fácil de sacar, pero para eso eran las sesiones de grupo,
para aprender que no era algo de lo que avergonzarse y que la mayoría de la
gente no les daría de lado por ello. Sin embargo, cuando estaban preparados
para abrirse de ese modo a alguien, el resto los trataba como si estuvieran
hechos de cristal.
Era
irritante. No todos estaban rotos. Tenían cicatrices, cierto, pero sus vidas no
habían terminado. Algunos apenas estaban empezando a vivir de verdad.
Por
eso mismo, apreció aún más el trato de Bakugo. Fue honesto y fiel a sí mismo al
no darle un trato especial por su pasado. De hecho, ni siquiera lo mencionó.
—Creo
que mañana se lo contaré.
—Sabes
que no tienes que hacerlo si no quieres, ¿verdad?
—Lo
sé —sonrió mirando su disco firmado—, pero quiero darle las gracias. Sin su
canción, yo no estaría aquí.

Me ha encantado!!! Nunca terminaré de darte las gracias por hacer tan bella obre de Arte~
ResponderEliminarGracias a ti por leer ^^ Le tengo muchas ganas a este fanfic porque creo que puede quedar una cosa muy guay y, sí, ahora está empezando, pero lo que vendrá después... telita. Lo prometo ;)
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